Utopía

Tomás Moro, es bien sabido, acuñó la palabra a comienzos del siglo XVI sumando al prefijo negativo griego u la palabra topos, lugar. Es decir, utopía igual ningún lugar. Los que últimamente decretan el fin de la utopía paradójicamente niegan lo que afirman; si se ha terminado el “ningún lugar”, ese “ningún lugar” tiene hoy lugar. Claro que lo que anuncian esos profetas sin cartera es la imposibilidad de un mundo distinto al que vivimos. Concebir un proyecto de sociedad más justa es absurdo y aun inútil para ellos; nada cambiaría jamás. No hay espacio –piensan– para la dimensión fraternal que conlleva la utopía, y la soledad de cada quien se seguirá mirando, deformada y deformante, en la soledad de los demás. Tal posición deriva, desde luego, de intereses creados muy concretos y ejemplifica con el fracaso del “socialismo real”, única utopía que llegó a ser Estado, “lugar” para una cuarta parte de la humanidad. En los ámbitos intelectuales del Este circulaba antes de la disolución de la URSS la siguiente adivinanza: ¿qué diferencia hay entre ciencia, filosofía y marxismo?, es la pregunta; respuesta: “La ciencia es como la voluntad de agarrar a un gato negro muy chiquito en una habitación enorme totalmente a oscuras; la filosofía, la voluntad de agarrar a un gato negro muy chiquito en una habitación enorme totalmente a oscuras donde el gato no está; el marxismo, la voluntad de agarrar a un gato negro muy chiquito en una habitación enorme totalmente a oscuras donde el gato no está y pretender que se lo ha agarrado y que se sabe todo sobre él”. Pero ése era el marxismo del “socialismo real”. Marx mismo nunca tuvo la pretensión de describir la sociedad futura, de agarrar el gato negro que no está. Y el fracaso sovié- tico es el fin de una historia, no de la historia, y el comienzo de otra. El ser humano, siempre incómodo con la realidad, viene inventando utopías de toda clase desde el fondo de los siglos y nunca dejará de hacerlo. Pero ¿dónde queda la utopía? ¿No en un espacio sino en el tiempo, ya que es “cocina del futuro”, según dijera Italo Calvino? ¿No empieza acaso como autotopía, en el lugar de uno mismo desde el cual se desea la propia libertad, indisolublemente ligada a la libertad de los demás? Habría entonces que pensar en la utopía como causa, no como fin, como movimiento de búsqueda original (que parte del origen) que, si cristaliza, debería alimentarse de sus logros como nuevo origen de otras búsquedas. Cuando eso no ocurre, cuando lo imaginado o soñado se encoge frente al campo de lo posible, la utopía se burocratiza, se convierte en sistema, pretende que ya es futuro su presente congelado. Como utopía ha muerto. ¿Residirá en su fracaso la función de la utopía? Las revoluciones de los dos últimos siglos han inscripto en sus banderas los lemas de igualdad, libertad, fraternidad, justicia entre los hombres. Pero la Revolución Francesa desembocó en Napoleón, la estadounidense en Monroe y la rusa en Stalin. Tal vez porque “las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la vieja” (Trotski). Ese hecho explicaría muchos fracasos, pero nunca el fin de los intentos, aun cuando entre utopía y realidad suele producirse lo que Aristóteles llamó la tikhé, algo así como la buena fortuna del encuentro fallido. Que las utopías nacen y renacen, se ha visto hace poco en el sudeste mexicano, donde una fuerza guerrillera, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, declara que no busca la toma del poder y llama a la sociedad civil a construir “una suerte de espacio democrático de resolución de la confrontación entre diversas fuerzas políticas… (que) tendrá tres premisas fundamentales que son inseparables, ya, históricamente: democracia, libertad y justicia”. Esa utopía se ha encarnado en miles de indí- genas de la selva Lacandona, fácilmente aniquilables desde el punto de vista militar pero incancelables desde el punto de vista ideal. Los tzeltales, tzotziles, choles y tojolabales de Chiapas han querido que la “autotopía” pase al grado de utopía para convencer a la realidad de que debe ser otra. Para ellos la utopía no es mero amobla miento de una “buena conciencia”, sino el motor que los empuja a un adelante con doble movimiento, de logro y de fracaso. El ser humano, por hablante, es deseante y, por eso mis mo, utópico. Sabe que la palabra lo separa del objeto y que nombrar es alejar, no poseer. La utopía, como la palabra, sería incesante emulsión de dos pérdidas –lo deseado, lo obtenido–, una especie de paraíso jamás hallado que la humanidad busca y buscará eternamente. Creer que se lo ha encontrado es entrar en el reino de la muerte.

Juan Gelman

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25 de mayo 1810-2015