«El fundamento en que se asienta un yo liberado de su Ego es que Dios necesita a los hombres, y no puede ser concebido como el ídolo del destino que hace y deshace como le parece. Esa colaboración entre Dios y el hombre liberado del Ego es una certeza fundamental de toda mística.» [Con palabras de D. Hammarskjöld]: «Yo soy el recipiente, la bebida es divina y Dios es el sediento.» (Dorothee SÖLLE, Mystik und Widerstand, p. 286)

Religiones y místicas

Si, a pesar de eso, se intenta buscar una base común a todas las religiones en la referencia a una Realidad última incondicionada y determinante, que es como la clave de toda la realidad que conocemos (J. Hick), será inevitable categorizar y tematizar esa Realidad como «Poder», dado que es clave y fuente de todo. Con ello se la vinculará al poder que domina a los hombres y las religiones intentarán ser maneras de apropiarse o manejar ese poder, dando lugar así a modos de pensar y de proceder, muy religiosos quizá, pero bastante contrarios a los evangelios cristianos, y que merecerían muchas veces la calificación de supersticiosos…
Si, por el contrario, intentamos categorizar esa realidad última como «Misterio», la historia humana parece testificar que es posible una experiencia de ese Misterio la cual es inmediata, pero atemática1. A esa experiencia se la ha llamado siempre “mística”. Ambas voces (misterio y mística) proceden del verbo griego myô (estar en silencio o con los ojos cerrados), con lo que se marca el carácter atemático, o no objetual, de dicha experiencia2.

Pero, por verdadero que sea ese contacto inmediato con el Misterio (o con Dios, para utilizar el lenguaje más habitual), se tratará siempre de un Dios contextualizado, parcializado y limitado por el sujeto de la experiencia: san Agustín ya lo comparaba al de un niño en la playa, que quiere meter todo el mar en su pozalito. Precisamente esos límites desfiguran las experiencias místicas cuando éstas se estructuran en verdades (o sistemas teológicos) y “religiones” (o sistemas de culto y convivencia). Tal estructuración es inevitable, dado que los humanos somos comunidad, y lo somos gracias al lenguaje, y dado que las experiencias espirituales no simplemente individuales, sino compartidas, han sido fuentes de gran creatividad en la historia religiosa de los seres humanos.

Experiencias universales, lenguajes particulares
Prescindiendo ahora de esa ulterior estructuración en “religiones”, nos queda el dato de que la experiencia mística es, a la vez, verdadera y falseada por su inevitable limitación (y digo esto refiriéndolo a las experiencias auténticas y prescindiendo de las mil falsas experiencias espirituales que, en realidad, son alucinaciones o proyecciones camufladas del propio ego)3. Abishiktananda, el benedictino francés pionero del actual movimiento interreligioso escribía en su diario con lucidez: «si el Espíritu es la presencia y la acción de Dios y del Señor en mí, es por naturaleza inapresable. Para captarlo con el pensamiento necesito darle nombre, objetivarlo y separarlo de mí. Pero si lo separo de mí… mi relación con Dios se desvanece…»4
Estas palabras afirman claramente, por un lado, la presencia universal del Espíritu de Dios más allá de las fronteras “religiosas” y, por otro lado, la inexpresabilidad de esa presencia (¡pese a que es necesario expresarla!) dada la parcialidad de toda experiencia del Espíritu, tanto en su realidad como en su formulación. Ello hace conveniente y enriquecedora la aproximación y la confrontación entre las diversas místicas. Pero esa aproximación y confrontación no podrá ser un mero diálogo de conceptos (por sublimes que éstos pue- dan parecer a cada tradición), sino una mistagogía cuidadosa que introduzca confiadamente en cada experiencia fontal, y genere desde ahí un esfuerzo respetuoso por entender, por comparar y por aprender.

Nuestro objetivo
En este Cuaderno intentamos acercarnos a la experiencia espiritual (o a “la mística”) que está en la base, o ha sido como la matriz de diversas religiones (no a todas, por incompetencia del autor), para tratar de completarlas y resituarlas por el contacto entre ellas. Soy consciente de que es una tarea muy difícil: pues hay que prescindir de muchos elementos teológicos o cosmovisionales y culturales que parecen centrales en las diversas corrientes religiosas y, sobre todo, porque la identificación de cada experiencia espiritual debería ser tarea no de una sola persona sino de muchas, para poder identificar mejor esa experiencia que, como hemos dicho, es en sí misma atemática, pero que busca tematizarse para poder ser comunicada y compartida. Ratzinger ha insistido con razón en que cualquier religión es inseparable de alguna cultura, aunque no se identifique con ella. Aquí, al intentar acercarnos a la experiencia mística originaria de las diversas religiones, para tratar de vivirla en otro contexto cultural y antropológico, intentamos acercarnos a esa siempre imposible separación, para facilitar el encuentro entre las diversas experiencias. Quisiera buscar lo que cada una de esas místicas dice de sí misma, no lo que a nosotros nos convendría que dijera para resolver de manera fácil el problema de las diversas religiones. Pero sin desconocer que soy cristiano y, por tanto, conozco mejor la experiencia cristiana y quizás ésta puede condicionar inconscientemente lo que intenta ser un esfuerzo de objetividad. Este Cuaderno necesitará por tanto ser completado, iniciando así el diálogo de experiencias que él propugna.
Y una última observación: cuando (desde mi óptica cristiana) hablo de «experiencia espiritual» como sinónimo de mística, no me refiero simplemente a una experiencia de lo «no material» sino a una experiencia dada por el Espíritu Santo de Dios, cuya acción es universal según los textos cristianos y que ha sido «derramado sobre toda carne».
Con eso queda suficientemente delimitado nuestro propósito: acercarnos a las diversas experiencias espirituales (y sólo a ellas) que son como las células madre de diversas religiones: hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo e islam, para ver cómo pueden (¡deberían!) purificarse y completarse por el contacto aceptado entre ellas que, por su misma naturaleza, se presentan simplemente como testimonios u ofertas. De entrada me parece que es posible dividirlas en dos grandes bloques, que coinciden con los términos geográficos de Oriente y Occidente y que pueden ser calificados como «místicas del ser» y «místicas de la fe».

1. Atemática: se refiere a una experiencia “pura”, sin “forma” ni contenido expreso, en un esta- do previo a su formulación, pues en ésta entra ya en juego la cultura y el contexto en los que vive el individuo.
2. Luego hablaremos con razón de mística de “ojos abiertos”. La alusión a los ojos cerrados no alude ahora a nuestra realidad sino al carácter indecible o inconceptuable de aquello que se experimenta.
3. Precisamente por eso, al menos en la tradición católica, la experiencia mística debe ser confrontada con referencias exteriores al sujeto para sortear el peligro de mil autoengaños fatales. Y la mera negativa a esa confrontación suele ser vista como señal de experiencia inauténtica.
4. ABISHIKTANANDA, La montée au fond du coeur, Paris 1986, p. 315. Quiero llamar la atención sobre la dialéctica del título: a lo más profundo del corazón no se baja sino que se sube.

(Fragmento del articulo Unicidad de Dios – pluralidad de Místicas – Cristianisme i Justícia nº 180 – Barcelona).