Si miramos la historia, las referencias al Centenario argentino se superponen con la formación de un proyecto de país bien definido: con su respectivo modelo productivo, su idea de democracia y su propuesta de Estado, sus ganadores y perdedores, sus intelectuales y dirigentes, sus incluidos y excluidos. La huella que se puede rescatar con cierta nitidez en libros, testimonios y viajes, fue fruto de intensas disputas entre actores e intereses muy concretos. Hoy, con distancias y continuidades para tener en cuenta, proyectos opuestos se vienen disputando con fuerte brío desde el llamado “conflicto del campo” hasta acá. Cerca del Bicentenario, está en pugna qué país verán quienes lean y vivan la historia dentro de 10, 50 u otros 100 años.

La prédica sobre los proyectos de país enfrentados puede ser muy esquiva a una gran parte de los argentinos. Tanto como la idea de celebrar con bombos y platillos los 200 años de la Revolución de Mayo. Indiferencia y rechazo pueden ser posturas válidas, comprensibles a la luz de nuestra historia reciente, pero que deben ser profundamente interrogadas. Sobre todo ahí donde hacen contacto con un sentido común muy extendido que niega lo colectivo y alimenta lo fragmentario, que deja en manos de unos pocos la política y los destinos del conjunto. Entonces, un desafío-pregunta para el 2010: Cómo hacer (con qué mediaciones, con qué acciones y símbolos, con qué “llegadas”) para que la referencia a proyectos-de-país-en-disputa vaya más allá –y más acá– de la retórica militante y del repertorio de argumentos para convencidos. Que signifique algo concreto y cotidiano para las grandes mayorías. Incluso para nuestras propias organizaciones y su acción, en donde lo general se diluye en consignas vacías, o lisa y llanamente es combatido y repulsado. Poder (re)construir una épica país, concreta, creíble y cercana, que valga la pena defender, vivir y soñar.

La disputa de proyectos colectivos atraviesa de hecho la vida cotidiana y se expresa en conflictos sociales que han cobrado amplia visibilidad en los últimos meses. No es menor que frente a ellos resurjan una y otra vez apologías al diálogo, la paz, la concordia y el consenso. Es la voz de los adalides de un orden para unos pocos. En esa línea va la cobertura que hacen los medios de comunicación y otros actores en torno a la cuestión de la inseguridad. Reciclando un clima de incitación a medidas de mano dura se pone fuera de cuadro el conflicto central: la injusta distribución de la riqueza en la sociedad y el impacto en la vida cotidiana. Los actores religiosos tienen y tenemos, como administradores de lo tolerable en la sociedad, una parte de responsabilidad sobre ese corrimiento que termina afectando a los más pobres.

Este fin de año, y camino al Bicentenario, tenemos la tarea de hacer un balance de las políticas públicas creadas en los últimos meses y su cercanía o no con los intereses de los sectores populares. La iniciativa estatal y gubernamental –parcial y perfectible– en torno a temas muy caros para quienes se identifican y convocan en/por/desde la opción por los pobres, traza unas nuevas fronteras para interrogar la propia práctica e involucramiento con lo público político. Avances que hay que celebrar (por supuesto que con mirada crítica, pero lejos de puritanismos que obturan construcciones, y defendiendo aquello que se quiere poner en discusión) y que nos plantean, sobre todo, el desafío de reconocer como propios logros que a veces son de otros. Hacer, también, de ese reconocimiento materia ávida para la transformación y el trabajo.

La aprobación de la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y el reciente nombramiento de Néstor Busso (Referente de la Coalición por una Radiodifusión Democrática, presidente del Foro Argentino de Radios Comunitarias y miembro del Centro Nueva Tierra) en la Presidencia del Consejo Federal de Comunicación Audiovisual es un logro que no puede faltar en el balance y proyección para el 2010. La asignación universal por hijo es otro. Hay que trabajar en sus límites, sí, pero también debe ser fuertemente celebrada. Las organizaciones sociales y los sectores religiosos tenemos un gran aporte para hacer en relación a la eficacia de esta medida. Ahí donde primó la demonización del clientelismo y condena de las políticas focalizadas ahora es tiempo de una intervención rigurosa y original. Y de una tarea simultánea muy difícil: reconocer como propios, también, los límites de los otros. Y hacer algo con eso.

Próximos a las fiestas y en los umbrales del Bicentenario, la celebración es tarea. Celebrar los logros e, incluso, las limitaciones. Siempre que haya decisión y condiciones, siempre que nos metamos en el barro, está abierta la invitación de la historia para protagonizar un adviento: la construcción del país del cual van a hablar aquellos que dentro de un siglo celebren el Tricentenario. Cuando Jesús envió a sus apóstoles por el mundo, les dijo: “Vayan anunciando que el Reino de Dios está cerca”. Y fueron, construyendo el proyecto que proclamaban. Hoy nos toca darle forma a lo que no vemos todavía, con las ganas y el deseo de que sea. Dando cuenta, en ese esfuerzo, de los principales logros y acumulados, de lo mucho pendiente, de las zonas críticas. Y de los nuevos límites.