Por Oscar Campana

En agosto de 1984 el Centro Nazaret realizaba su primer “Seminario de análisis de la realidad 1973-1976”. Participé de él, como en tantas cosas de los primeros años de la democracia, con esa sensación única de descubrimiento e inauguración.
En ese encuentro conocí al gran Orlando Yorio, a quien le escuché utilizar una expresión inaugural para mí y para muchos, que luego oiría hasta el cansancio: “La dictadura destruyó el tejido social. Ahora se trata de reconstruirlo”. Y faltaba, aún, la impiedad de los ’90…
Más de 27 años después, el 23 de octubre de 2011, en la Plaza de Mayo, escuché a Cristina decir: “… es necesario reconstruir el entramado social en todo el país para defender a los más desprotegidos y para que nadie les arrebate lo que hemos conseguido”.
La expresión me impactó, me emocionó, me devolvió perspectiva histórica. Me transporté a los años más duros de la crisis social, donde la destrucción de aquel tejido/entramado era tan palpable que dolía. Volví a escuchar el silencio sepulcral de los barrios antes industriales del Gran Buenos Aires. Volví a palpar la pena echa rostro y gesto en tantas y tantos, como en aquel domingo en Florencio Varela, en un Día de la Biblia, cuando una mujer/madre/abuela de pueblo me preguntó si no me daba miedo decir las cosas que decía. Y yo le respondí que sí, pero que más miedo me daba que todo siguiera igual. Y la gente no dejó que terminara la frase, con un aplauso lleno de bronca y de tristeza.
Era el año 2000. Por esos tiempos, aquí y allá, donde me llamaran y donde no, solía repetir un razonamiento que ayudara a dimensionar la crisis en la que estábamos metidos: “Si de pronto hubiera en Argentina el mejor de los gobiernos posibles… Si el Estado volviera de su ausencia, recuperara su rol y tuviéramos el mejor de los estados posibles… Aún así necesitaríamos al menos dos generaciones para recuperar lo perdido y reconstruir lo devastado. Y una multitud de docentes y de trabajadores sociales, de médicos, enfermeros y psicólogos, de artistas y comunicadores, de técnicos y científicos…”.
No éramos desesperanzados cuando creíamos que todo ello sería difícil de llevar a cabo. Pero la realidad no daba muchos indicios de un por-venir más venturoso. ¡Y aún no había ocurrido el 2001!
Lo demás es historia conocida. No sólo Néstor/Cristina no dejaron sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada, sino que nos provocaron a todos a poner en juego las nuestras para hacer y rehacer una casa para todos, cada vez más grande, en la que aún queda mucho por hacer. Y que quizás recién ahora podamos comenzar a dimensionar el camino recorrido, entre lo perdido de ayer, lo recuperado de hoy y la lista inmensa de pendientes…
En todo ello pensaba en la Plaza de Mayo la otra noche. En esa Plaza tan única, tan nuestra, tan pueblo. En esa Plaza que vuelve a ser la que es cuando la alegría del pueblo la atraviesa. Y tal vez, como nunca, me sentí parte de la historia. De esta historia. Y que quizá, como tantos y tantas, yo tenía algo que ver en ella. Y que la alegría de estar allí, con mis hijos, era única, nadie podía quitármela y que la posta estaba en marcha.
Y recordé el verso del salmista: “Los que siembran entre lágrimas, cantando cosecharán”. Y canté entre lágrimas. Y el pueblo a través del canto, medio en lunfardo, en una mujer invitaba a la patria, morocha ella, a seguir avanzando.