No es fácil intervenir en esta coyuntura. Cualquier palabra que se pone en juego, es capturada por un río de expresiones y se encauza en una escena que tiene como horizonte justamente esto: impedir toda significación.

Aun así, y siendo que también el silencio está capturado, poner una palabra sigue siendo un desafío. Quizás un modo posible es decir una palabra decidida y definidamente limitada, poco óptima, en sus alcances y en su tema incluso. Allí donde el hablar “para todos” está tomado en gran medida por esa pedagogía de embrutecimiento que el periodismo lidera pero en la que tiene compañía -y no sólo del lado de las derechas-, decir algo que quizás no llegue a todos, pero sí a algunos, incluso unos pocos, puede ser un camino a explorar.

 

Polvo al polvo: política a la política, democracia a la democracia

Es miércoles de ceniza. Día religioso, que toma un aspecto de la religión con poco rating: la penitencia. Ese lado oscuro de la religión con el que nadie simpatiza. El discurso, los temas y los actores religiosos gozan en este tiempo, sin embargo, de cierto raro prestigio o adhesión en la opinión pública argentina, y en los corrillos políticos. Ya sea por su influencia en algunos sectores de la población, ya sea por su peso en círculos de poder, ya sea porque un Papa argentino lo ha vuelto vistoso. Aun así, el discurso religioso o bien tiene poco que decir, o lo que dice es reaccionario, de hecho o de derecho.

Es miércoles de ceniza. Termina el carnaval. Inicia el período de cuaresma. ¿A quién le dice algo? A priori, poco le dice a pocos. Sin distanciarse de este “doble poco”, quizás sea posible hacerle decir algo al día, a la “fiesta”, poco, a pocos, pero quizás otras pocas cosas, a otros pocos.

El día recuerda centralmente la limitación, la finitud. Polvo al polvo, ceniza a las cenizas. Puesta en escena de lo poco que somos. De lo que somos. Tierra que anda, diría Yupanqui.

Hoy hay una marcha. Los que marchan son tan limitados, tan polvo y cenizas como nosotros. Ni idealizarlos como si fueran la esencia de la ciudadanía, ni demonizarlos como si fueran la maldad personificada. Hombres y mujeres. La respuesta a su acción política, la que hace el polvo cuando se plasma en seres hablantes, debe ser política. Ni descalificar ni temer. Enfrentar a la altura. Asumiendo la propia capacidad-limitación, y asumiendo a que se enfrenta también como sujeto con todas las letras. Una invitación a no dejar que se quite del plano propiamente político el enfrentamiento.

 

Los tiempos decisivos y los caminos que definen un pueblo

La marcha sucede en el inicio del último año de gestión de un gobierno que ha puesto a todo un pueblo en marcha. O en el inicio de un periodo donde ese pueblo que somos ha de recapitular un camino constitutivo (contar los años de democracia, contar los años desde el 2001 o desde el 2003: la historia de un pueblo tiene siempre más de un comienzo). La sociedad compleja que intentamos limitadamente – de la única manera posible – politizar y mejorar, y nuestra propia experiencia de compromiso y militancia, nos deja frente al alba de los tiempos decisivos, de las definiciones y de la trascendencia de lo andado.

Ver de frente nuestra limitación, ver a los otros como sujetos políticos, responder ética y políticamente desde este reconocimiento como iguales, como actitud político fundamental, como única manera realista de ir por más, puede ser un  buen ejercicio. Vamos con lo que somos, y somos nuestra capacidad de andar.

Está puesto en el inicio de una secuencia de cuarenta días. Los últimos días, en la historia de referencia. Los días en que el protagonista, y sus compañeros, se acercan al tiempo decisivo, a los días de la pasión y la consumación del camino. A los días santos, los días definitorios, los que cambiaran la historia. Pero esos días centrales, tienen una previa. Una preparación. Un camino.

Los cuarenta días recuerdan también cuarenta años. La errancia por el desierto de un pueblo, antes de llegar a su tierra. El camino largo, sinuoso, acaso desesperante, pero sendero de aprendizaje, hecho de desvíos y tentaciones, de nostalgias de volver a lo pasado –a la tranquilidad de la opresión, pero tranquilidad al fin. Cuarenta años que son figura del largo tiempo de constitución de un pueblo.

Tres figuras en torno a los cuarenta días, de penitencia: “ayuno, oración, limosna”.  Impresiona el modo en que la palabras no sólo han dejado de transmitir algo con cierta potencia, sino como, además, transmiten otra cosa, triste, insípida, alienante. Y sin embargo, detrás de estas tristes palabras, a potencia de la significación está disponible para quien quiera volver a traducir.

  •  Ayuno: no incorporar nada en exceso, prescindir del alimento que hace “que todo marche”. Rutinas. Repetición. Noticias. Lo que se incorpora cada día. Prescindir de eso, concentrándose en la propia disciplina y el propio cuerpo. Conciencia del hambre y la sed. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra…”
  • Donde dice oración, acaso: comunicación auténtica, lejanía del ruido y las habladurías, búsquedas de la palabra vertical, constitutiva  y del silencio que hace la significación.
  • Limosna: horrible nombre hoy, hecho de lastima. Digamos mejor: cercanía con las víctimas, con los que sufren. Práctica concreta de justicia. Distribución. No solo de riqueza. También de la palabra y de la cercanía de los cuerpos. Los más postergados, no sólo puestos en el centro, sino cerca de uno, de todos. En la práctica corporal, en la acción colectiva.

Es difícil hacer hablar a estas viejas historias en este cotidiano nuestro. No es fácil tampoco hacerse el tiempo para escucharlas. Pero ante el inespesor de las palabras, ante las manipulaciones del silencio, acaso otros registros y memorias nos provean de sentidos y señales para actuar a la altura del tiempo.