Conferencia de Mercedes Navarro Puerto

Casa Nazaret, Buenos Aires

05/05/2015

EL PODER DE LAS EMOCIONES.

MUJERES, EMOCIONES, IDENTIDAD Y ESPIRITUALIDAD

Antes de nada, considero conveniente explicar el título a un público como el que tengo delante. La importancia de las emociones, como veremos, es mucho mayor de lo que pensamos. Cuando nuestro trabajo se desarrolla con personas cuyas emociones no solo están más a la vista que en el resto de los humanos, sino que son, particularmente, lenguaje y vehículo expresivo, la pertinencia del tema es evidente. Más todavía cuando el marco institucional es religioso, cristiano, de espiritualidad mercedaria que es decir liberadora y con pretensiones de restablecer la justicia y la compasión y misericordia allí donde sea necesario.

Las emociones, por tanto, son poderosas en todos los seres humanos, pero en los más débiles se convierte en un elemento de manipulación por quienes se saben y sienten más fuertes. Estoy, además, en un entorno de mujeres. Las mujeres son las destinatarias de vuestro trabajo, de vuestras relaciones y sois, casi en su totalidad, mujeres las que desempeñáis ese trabajo, sea cual sea su concreción, con ellas. De aquí que este día esté centrado directamente en las mujeres y mi discurso se refiera especialmente a ellas. La identidad y la espiritualidad tienen que ver con el marco, pero, sobre todo, con cada una de vosotras.

Por la mañana quiero tratar sobre las emociones. Primero las voy a situar en una perspectiva general y luego me voy a detener en dos emociones muy interesantes, el asco y la vergüenza originaria. Por la tarde me referiré a otras emociones muy vinculadas a la expansión de la propia espiritualidad, como son la soledad positiva, y la constelación que agrupa a la sorpresa, el asombro y la admiración.

Cada exposición durará en torno a una hora y después abriremos un coloquio de intercambio y participación.

 La realidad conectada

Loly, hija de una prima mía muy querida, de 25 años, es inteligente, llena de capacidades artísticas y humanas, guapa, atractiva, responsable y con don de gentes. Se ha graduado en enfermería con un excelente expediente académico, que le sirvió para encontrar un buen trabajo nada más acabar. Profesionalmente se siente bien, reconocida y valorada; su trabajo le encanta y su sueldo le permite comenzar una vida independiente de su familia. De hecho ha alquilado un piso amplio y vive en él desde hace un año. Deseaba, además, vivir con Tomás, su novio. Un hijo único, que comenzó ingeniería y abandonó por un trabajo bien pagado. El piso de Loli está cerca de la casa de su madre y por ello, dice él, no necesita irse a vivir con ella. Así, va y viene a su apetencia. Loly siente frustradas sus expectativas. Ha roto, en cierto sentido, con su familia y con sus creencias religiosas, muy marcadas por un movimiento cristiano conservador. Cuando llega Tomás a Loly todo le resulta poco. Si se esmera, piensa, él acabará compartiendo casa, algo que tras un año no ha ocurrido. Por el contrario, Tomás se ha ido volviendo más y más exigente con ella. La casa nunca está suficientemente limpia, la comida nunca es suficientemente buena, ella no es suficientemente complaciente, ni está cuando la necesita… La ceguera emocional de Loli le impide ver el déspota y maltratador que va apareciendo en Tomás. Si alguien desde fuera se atreve a indicarle algo se enfada y se encierra en sí misma. Sus emociones, inmaduras, bloquean su capacidad cognitiva y la llevan a tener comportamientos y actitudes de autoculpa y autohumillación.

Podríamos pensar que las emociones de Loly son irracionales, pero nos equivocamos. Están impregnadas de creencias, razones e ideas, intenciones e imperativos éticos: un mundo cognitivo individual y sociocultural a la vez, con raíces familiares y religiosas. Cierto: ha roto el mandato ético religioso y tiene relaciones con su novio sin casarse, pero las cosas más profundas están intactas. Por ejemplo, cree que lo que suceda en la pareja es responsabilidad de la mujer. La baja autoestima le hace creer que es ella quien falla. Creencias son el mandato cultural de la superioridad del varón, la prioridad de sus derechos sobre los de ella, permitirse ser cuidado por su madre y por su novia, la idea de que el amor está por encima del autocuidado, de la vida propia y sobre el cultivo del mundo interior. Loli ahora sólo vive para él. Cree que eso es amor. No advierte el estancamiento y retroceso interior en su propio desarrollo. Olvida los tres requisitos del amor: la igualdad, la reciprocidad y la autoexpansión individual.

Las emociones han sido percibidas tradicionalmente como elementos potentes y peligrosos y se han asociado a la irracionalidad, lo femenino, las mujeres, lo incontrolable e imprevisible.

Analizar lo que le sucede a Loli es adentrarse en las ideas que rigen e impulsan sus emociones y percibir la idea de amor que se esconde detrás y que cierta espiritualidad patriarcal ha reforzado, apoyándose en una teología misógina. Los estudios de género no han logrado modificar esto. Han incorporado las categorías de la experiencia, el cuerpo, la afectividad y la sexualidad, pero apenas se han ocupado críticamente de las emociones. Es hora de trabajar en esta dirección. Lo que sigue tiene de fondo a dos autoras, Nancy Chodorov y Martha Nussbaum. Una, psicoanalista, y otra, filósofa, a las que acomuna un pensamiento riguroso y transdiciplinar. También me apoyo en psicólogos como Donald Winnicott, Carl G. Jung, Melania Klein y Richard Tarnas.

En mi exposición voy a utilizar el término feminismo, a veces en singular y otras en plural, o la categoría de género y el término patriarcado. Quienes ya me habéis escuchado más veces seguramente sabéis que estas categorías no son excluyentes, sino inclusivas. Habréis notado que me valgo de ellas para analizar y evaluar la injusticia estructural de nuestro mundo, para sacar a la luz que por detrás de los pobres y explotados se encuentran las pobres y explotadas. Me valgo de ellas, por tanto, para hacer visible lo invisible y para proponer alternativas válidas para la humanidad completa. Es mi manera de abordar la injusticia.

 

EMOCIONES CONFIGURADORAS

Feminismo y emociones

 Debido a las inadecuadas vinculaciones descritas, es fácil entender que el feminismo se haya interesado por las emociones y las haya reivindicado. Es comprensible su cautela y recelo, consciente como era de con quiénes, teóricamente, se las tenía que ver. Algunas teóricas se han atrevido y lo han hecho, pero no es un tema al que se le haya dedicado todo el interés que merece.

Qué son las emociones: nociones generales

La primera pregunta al plantear el tema versa sobre la naturaleza de la emoción, qué es, cómo se define. Sin embargo la psicología no ha logrado todavía definir adecuadamente las emociones. Establece diferencias entre emoción y sentimiento a las que, generalmente, no se ajusta luego. Más bien toma por definiciones lo que son descripciones, efectos… y generalmente desde perspectivas reduccionistas, como es el caso de la psiquiatría y la psicología de corte más biologicista, que las entiende como respuestas a estímulos externos e internos, que se producen contemporáneamente en el cuerpo y en la mente. Para W. James, ya a finales del s. XIX (1880), los estímulos provocan cambios fisiológicos en el cuerpo cuyos resultados son las emociones. Con matices, la definición no ha cambiado gran cosa desde entonces.

Emoción es un término que proviene del latín emovere que significa agitar. No es tan sencillo definir qué es ni en qué consiste: se advierten sus efectos y se rastrean sus causas, pero no se conoce demasiado de sus procesos propiamente psíquicos. Podríamos decir que se trata de estados de ánimo y manifestaciones corporales producidas por estímulos internos o por la manera interna de percibir e interpretar ciertos estímulos externos. Es laa energía interna que impulsa a llevar a cabo un acto, en tanto dota a ese acto de una especie de “coloración” particular, aunque no todas las emociones conducen a la acción. En relación con las  acciones, sin embargo, la emoción es el aspecto cargado de energía de la acción, donde la energía es entendida implicando a la par cognición, afecto, evaluación, motivación y cuerpo. No sólo no están aisladas, o son preculturales o presociales, sino que las emociones son significados culturales y relaciones sociales que son inseparables. De este modo la emoción, que concierne especialmente al yo, no sólo es un rasgo psicológico, sino cultural. Las emociones reciben su sentido de la cultura y la cultura está emocionalmente impregnada. Se ve muy bien en los ritos, en la evaluación de las conductas, en las posibilidades o imposibilidades de expresión, etc. Lo veremos al tratar de emociones concretas.

Se suele confundir la emoción con el sentimiento, decía, pero hay acuerdo al establecer que el sentimiento es la significación o la lectura que hacemos de determinadas emociones. Los sentimientos configuran un mapa interior más amplio y sofisticado que el de las emociones, a pesar de que unos y otras se entreveran habitualmente (una de las razones por las que se produce esa confusión)

El esquema que presento puede dar razón de su dinámica, aunque todavía, repito, las cosas no están todo lo claras que quisiéramos. Se parte de un suceso que actúa a modo de estímulo (interno o externo), al que se le da una interpretación primera y primaria (interviene la mente, el proceso secundario: peligro, por ejemplo, en un estímulo), le sigue una “emoción” o respuesta propiamente dicha, que culmina en algún tipo de acción (por comisión u omisión)

Las emociones se clasifican de diversas maneras. Sólo voy a nombrar un par de ellas para tenerlas como referencia. Una primera clasificación global las divide en esténicas y asténicas. Las emociones esténicas son aquellas en las que interviene el SN simpático; producen un acaloramiento. Por ejemplo, una respuesta de taquicardia a un estímulo. Las asténicas son aquellas en las que interviene el SN parasimpático; producen enfriamiento. Por ejemplo, una respuesta que empalidece a una persona (en las experiencias místicas abundan las asténicas sobre las esténicas). Otra clasificación las coloca en tres categorías: primarias, secundarias y derivadas. Las emociones primarias son aquellas vinculadas a los instintos de ataque y fuga. Las secundarias las que tienen carácter propio, como la vergüenza y la envidia, y las derivadas aquellas que guardan relación con unas condiciones dadas en un determinado momento (serían las emociones vinculadas a la religiosidad). Se manifiestan en actitudes y las leemos como sentimientos: alegría, pena…

Este carácter de implicación fisiológico corporal, que imprime una nota de inmediatez y espontaneidad a las respuestas emocionales, es una de las razones por las cuales se las tacha de irracionales. Las emociones son muy poderosas porque movilizan conductas sin que, muchas de ellas, pasen necesariamente por el proceso secundario (racional cognitivo). Este poder produce temor, especialmente si consideramos que no se pueden someter fácilmente al control. La elusividad de muchas de ellas y, particularmente, su expresión, las vuelve peligrosas a la percepción propia y ajena. El sistema patriarcal desde tiempos inmemoriales las ha heterodesignado polarmente a las mujeres y a lo femenino, hasta el punto de que en muchos momentos de la historia han llegado a superponerse y hacerse equivalentes. Cuando a esta manera de percibir y entender lo femenino se le añadía la experiencia y la práctica religiosa, imaginar los efectos no requiere demasiado esfuerzo imaginativo. De aquí que se haya subrayado su irracionalidad y se haya generalizado esta supuesta irracionalidad al género en el que el mismo sistema proyecta sus grandes temores, su sombra no reconocida, es decir, las mujeres.

Sin embargo ¿es verdad que las emociones son irracionales?, ¿es verdad que escapan al control y que éste ha de tenerlas sometidas para que no produzcan daño?… la respuesta, naturalmente, es negativa. Las emociones no son ni mucho menos irracionales, sino por el contrario, racionales. No sólo por las funciones que tienen sino también por sus relaciones directas con la mente, con el proceso secundario. Muchas veces pasan al proceso secundario a través de los sentimientos, pero a veces son las emociones mismas las que se relacionan con él directamente. Por ejemplo, el miedo, que es una de las emociones más primarias, es una fuente de información para la mente, que la pone sobreaviso de la existencia de un peligro ya sea real o imaginario; la aflicción, por su parte, nos habla de un dolor y de una pérdida, la alegría de un logro o una satisfacción… Informan sobre el propio bienestar. Las emociones, a decir de Chodorow, procuran alcanzar la racionalidad, es decir, adquieren sentido y se justifican a sí mismas a través de su significación inconsciente, de modo que cuando se llega a comprender las emociones el sujeto también comprende y puede conceptualizar la investidura personal del mundo.

El psicoanálisis cree que, a causa de la capacidad transferencial de la persona, responsable de los dinamismos proyectivos e introyectivos, la emoción está siempre entreverada con la cognición, la percepción, el lenguaje, la interacción y la experiencia de la realidad social, física y cultural.

Existe una constatación: cuando cambian las normas también cambian las emociones. Parece lógico, pero la cuestión es más compleja pues si es tan obvio ¿cómo se explica el caso de la hija de mi prima y el de tantas adolescentes y jóvenes que han nacido en un momento en el que de hecho las normas han están tan cambiadas con respecto a tan sólo dos o tres décadas? Veamos: Loli se ha independizado, un acto que supone la elaboración de la separación familiar. Vive de su trabajo, utiliza el dinero para sí y lo guarda para sus proyectos. Lo hace a sabiendas de que su familia necesita su colaboración, de modo que con su independencia rompe otro supuesto ético religioso. Mantiene relaciones sexuales con su novio, contra las normas de su educación religiosa. Hasta aquí parece claro que los cambios en las normas le impiden sentirse culpable por su autonomía, su libertad y su relación de pareja. Cambian las normas y sus emociones no entran en conflicto con el cambio.

Si miramos más a fondo, sin embargo, nos daremos cuenta de que estas rupturas enmascaran la pervivencia de otra norma que tiene que ver con su identidad y con mandatos de hondo calado recibidos en la familia, la sociedad y la religión. Esa norma afecta a una emoción que atraviesa todas las demás, que tiene que ver con su propia identidad y la mantiene estancada en niveles muy profundos de su propio desarrollo y autoexpansión. Supuestamente ella ama a Tomás y, supuestamente, por amor, aguanta su despotismo y maltrato psicológico. Supuestamente por ese amor se autoculpa y autodenigra, va detrás de él como un perrito faldero, baja hasta el suelo su autoestima, le perdona mil veces y cree que le puede llegar a cambiar porque piensa que ese cambio depende del cambio propio, solo que ese cambio adquiere una dimensión que, paradójicamente, refuerza el dominio de él sobre ella, su propia dependencia y desmiente la fuerza de las otras emociones que, supuestamente, ha cambiado, cambiando las normas. Si atendemos a la orientación de la emoción del amor de Loli, ¿dónde quedan su independencia, su libertad, su autonomía, su egoísmo incluso? Es difícil hablar de esta emoción en términos religiosos, pero no en los de la espiritualidad. Y no nos engañemos, esta forma de amor, que tan cercana se encuentra a la idea del amor romántico, está tirando por la borda muchas de las conquistas espirituales de las mujeres. Fijémonos en que Loli no piensa en sí misma más que “desde” Tomás.

El caso de Loli es paradigmático: muchas adolescentes y jóvenes aman de esta manera y generan en torno a sí una falsa idea y espiritualidad del amor. El día que Loli descubra su error tendrá ya un bagaje de sufrimiento que podría haberse evitado, que necesitará un profundo saneamiento si no quiere repetir la experiencia, que es lo que suele suceder. Loli no toma contacto consigo misma. En realidad reprime el espacio que necesita para sí, para su soledad e intimidad, reprime un espacio espiritual en el que vayan tomando cuerpo emociones que la expandan, la fortalezcan y la maduren emocionalmente.

Hay otro elemento de análisis que no debemos pasar por alto y es el relativo al manejo de la vulnerabilidad por parte de cada cual, de cada género. La emoción del amor está diciendo dónde se encuentra lo valioso del mundo para cada quién, emite un juicio de valor sobre el objeto al que se orienta. Por esta razón expresa las vulnerabilidades individuales en su haz y su envés. Loli manifiesta una dependencia vulnerable. Tomás percibe su indefensión, la acentúa y se la devuelve machacada. Este punto de sadismo en realidad es una defensa ante la propia vulnerabilidad e indefensión. Con su despotismo y maltrato oculta su miedo y su incapacidad para entrar en contacto con su dimensión más humana. Loli se muestra mortalmente humana: necesitada, limitada, indefensa por su dependencia… y Tomás se defiende de su propia necesidad, de su indefensión y de su fuerte dependencia materna. Se muestra ambivalente con su novia. Cuando la trata bien la percibe como a una persona humana. Cuando la trata mal esta percepción pasa al fondo y la humanidad, que se muestra en su condición de mortalidad, va desapareciendo. Cuanto menos humana la perciba más fácil le resultará maltratarla.

Estas emociones, las de ella y las de él, tienen una historia y cuentan una historia. Ser la cuarta de una familia de 8 personas marca, ser hijo único de su madre sin padre, también. Tener una madre agobiada, porque no llega a cumplir las exigencias afectivas de tantos hijos, se vive de manera individual y modela las emociones afectivas. Cuando el marco refuerza esta exigencia desde la perspectiva religiosa y social tradicional (patriarcal), todavía peor. La carencia emocional pasa factura, pero no se le pedirá a una mujer con la que muy probablemente no desea identificarse, sino a un hombre, puesto que la cultura sostiene y fomenta supuestos románticos de pareja cuyas exigencias pasionales y emotivas parecen no tener en cuenta la fragilidad, indefensión y vulnerabilidad de las personas. Este modelo, reforzado por una determinada teología de la perfección del amor sigue haciendo estragos, pues, aunque afecta a los dos géneros, se ceba en las mujeres, sobre todo en adolescentes y jóvenes, haciendo de ellas víctimas potenciales de abuso, maltrato y asesinato. Se trata de una emoción letal para las mujeres, que la teoría y la teología feminista no pueden dejar de analizar, poniendo así su grano de arena en el derribo y reconstrucción del amor y cuanto se genera en torno en las dimensiones individuales, sociales, políticas y religiosas.

Identidad femenina y emociones

Las mujeres hemos ido construyendo nuestra identidad sobre la base de una impregnación emotiva presente en la comprensión de lo femenino. Recuerdo aquí que, en consonancia con los análisis de Mª Jesús Izquierdo, no superpongo necesariamente hembra-femenino-mujer. En esta construcción de la identidad, a mi juicio, hay varias emociones a revisar. Dos de ellas provienen de la configuración evolutiva de la infancia, y su rebrote en la adolescencia, profundamente impregnadas de género. Me refiero al asco y a la vergüenza originaria, ambas asociadas a dinámicas socioculturales y creencias religiosas. Las otras, el miedo y la empatía, tienen otro tipo de asociación con la identidad de género de mujeres y hombres.

 

El asco y sus peligros

El asco es una emoción especialmente visceral, que se produce reactivamente ante estímulos asociados, a menudo, con el cuerpo y cuya expresión corporal es el vómito.  Tiene un componente cognitivo complejo vinculado a lo contaminante y el contacto.  En principio es una emoción defensiva que, en ciertos niveles, compartimos con los animales y gracias a la cual sobrevivimos como raza, y evolucionamos. Esta vinculación estrechísima con las fronteras corporales, sin embargo, no se restringe a la función defensiva, sino que se amplía hasta lo simbólico y cultural, como bien sabemos. Percibimos asco no sobre la base de las características de un estímulo u objeto, sino sobre la base de las ideas que tenemos sobre ellos. Hay montones de ejemplos. Una amiga me invita a comer y me alaba la carne que me ha preparado, me dice que es jugosa y nutritiva; la pruebo y confirmo estos rasgos. Si cuando he terminado me dice que he comido una especie determinada de rata lo más seguro es que vaya inmediatamente a vomitar. El problema es que si me ha sabido bien y es un alimento nutritivo ¿a qué se debe la defensa física de mi reacción de vomitar? Si no ha sido provocada por las características del alimento ¿cuál es su causa? La razón es la información y la creencia de que las ratas son animales repugnantes y asquerosos, animales que no se comen ni se deben comer. Es decir, la reacción física se debe a la dimensión psicológica cognitiva de la emoción del asco. Hemos pasado al ámbito simbólico-cultural del cual el cuerpo se hace eco tanto como la mente. En este nivel advertimos lo fácil que resulta entender la relación entre el asco y el odio: basta manipular creencias que incidan en el asco, para provocar odio y repugnancia viscerales. De entre todas las actitudes individuales y sociales ligadas al odio visceral hay dos que tienen un mismo origen: la misoginia y la homofobia. De su misma naturaleza son la xenofobia y otras actitudes de rechazo visceral a personas, grupos, culturas y sociedades. Seguramente que en este Centro tenéis muchas experiencias que confirman esto que digo. Yo todavía recuerdo algunas de cuando estuve aquí y la conciencia social de la dignidad de estas mujeres era mucho más escasa, al menos teóricamente, de lo que es ahora.

El asco esconde la noción de peligro por contaminación, esconde una amenaza muy primitiva acerca de la animalidad, y a través de la animalidad, la mortalidad. Lo putrefacto, no humano, produce asco y el asco se maneja mediante la evitación, la huida o la eliminación del estímulo que lo provoca. Podríamos decir que es incompatible con lo humano. Cuanto más humano es un estímulo, menos asqueroso resulta, más lejano a lo mortal y animal. Pensemos al revés: si pretendemos crear un odio visceral hacia alguien o algo vinculado a un grupo, que nos permita manipularlo, segregarlo, eliminarlo, sin que la culpabilidad ética tenga apenas influencia, sólo tenemos que buscar el modo de convertir esa persona, comportamiento o grupo, en asqueroso. Es lo que han hecho los dictadores genocidas con los judíos, con las etnias de los Balcanes…, con los negros y con las mujeres. El proceso es sencillo: hay que incidir en las creencias profundas, hay que asociar lo no humano, lo mortal y contaminante, a esa persona o grupo. Si la deshumanizamos no podemos culparnos de odiarla, pues la emoción del odio no afecta a los animales, sino a los humanos. Hay sistemas democráticos en los que cabe este proceso. La pena de muerte, sin ir más lejos, maneja estos mecanismos de forma que no hay disonancia cognitiva en mucha gente que la acepta pues, una vez que se ha despojado al culpable de su humanidad, todo resulta muy sencillo. No es tan difícil matar a un animal dañino y peligroso, a un elemento contaminante de la sociedad. Lo que digo tiene mucha trascendencia en todos los niveles, incluyendo el individual. No es fácil, sin duda, analizar nuestro asco ni mantenerlo a raya. Una de las propiedades de la emoción del asco, como establecimiento de fronteras, es la exclusión. Una vez que algo o alguien es excluido y situado fuera de las propias fronteras la mente individual o colectiva se encarga de justificar la misma exclusión. O sea, se ordena el mundo de tal manera que el objeto que produce asco se coloca fuera, que es decir, debajo (jerarquización devaluativa), invisible, inexistente, degradado. Esto explica la idea (contenidos cognitivos impregnados emotivamente) patriarcal de que las mujeres y su sexo son sucias, que la sangre de la menstruación y el parto son impuras, que los negros son sucios, huelen mal, son asquerosos e inferiores, los homosexuales son seres degradados y sus actos repugnantes, etc. etc. Así, la misoginia, la xenofobia, la homofobia, son producto de una determinada manera de concebir la vida y la gente a partir del aprendizaje del asco.

El asco se rige por dos leyes: la ley del contagio, que acabo de mencionar, y la ley de la similitud que consiste en asociar una forma que produce asco con un contenido que es apreciado. Por ejemplo, el mejor chocolate en forma de heces de gato. Lo decisivo es la forma, que logra anular el contenido. Es lo que ocurre con la devaluación sistemática de todo lo femenino, la medicina, el derecho… todo lo que se feminiza (que adquiere “forma” femenina), es inmediatamente devaluado, contra toda razón objetiva. Es la regla de la similitud. La causa es la visceralidad del asco. Otros ejemplos que nos pueden servir son esos dibujos animados que han logrado el proceso contrario: eliminar la emoción de asco y miedo de percepciones ancestralmente repugnantes y percibidas como peligrosas, como, por ejemplo, los ogros. Hay animaciones que los han humanizado (ver Shrek) hasta tal punto, que ahora son apreciados por los niños, quienes llevan sus pegatinas, los imitan… Un caso interesante es el cuento de Bella y Bestia. Lo que elimina el asco de Bestia es el proceso de humanización del ogro que lleva a cabo Bella, hasta el punto de eliminar de él toda percepción repugnante, asquerosa y fea. Este cuento no sería misógino si tuviera su contrario similar. Rompiendo las dos leyes, la del contagio y la de la similitud, podemos tener a raya el asco y por tanto el odio y la exclusión.

La misoginia está anclada en el asco y en la vergüenza originaria. En nuestra época el asco está más oculto y da la impresión de que se ha desactivado. La vergüenza originaria, como veremos, se percibe mejor porque su dimensión es individual. El asco es tan individual como colectivo. En muchos grupos humanos forma parte de su propia identidad (por ejemplo los skin heads respecto a los negros y razas no “arias”). El asco aparece en la manera de tratar a las prostitutas dentro del sistema jurídico (no legal, sino actitudinalmente), que se asienta en ideas impregnadas de emociones. Mientras las prostitutas aparezcan ligadas a la degradación, habrá misoginia. De hecho, son los clientes los que se protegen de ellas, supuestas portadoras de contaminación y peligro. Su rehabilitación pasa por el proceso de humanizarlas y esto no es tan sencillo. Por ejemplo, una película como Moll Flanders, el coraje de una mujer, trata a la protagonista como un ser humano producto de circunstancias desgraciadas que la convierten en víctima y heroína y en la que juega un papel fundamental su condición de madre. Pero la diferencia entre este proceso y el de Bella y Bestia estriba en que Moll Flanders, marcada por su pasado y su apariencia (por la reversibilidad de la ley de similitud), no permite que quien lo conoce lo olvide, pues su propia belleza, en el imaginario colectivo, incluye supuestas posibilidades de prostitución o liberalidad sexual, mientras que la transformación de Bestia, tan humana, dificulta muchísimo podérselo imaginar deshumanizado. No en vano la misoginia permanece con una resistencia poderosísima. Por ello el proceso de asimilación de las mujeres a los hombres en el mundo político, laboral, social, es del todo insuficiente.

Necesitamos operar una transformación cognitivo emotiva del asco subyacente en lo relativo a la hembra, lo femenino y las mujeres. No olvidemos que se trata de creencias, no de realidad empírica. No importa si las mujeres tenemos una espiritualidad más intensa y creativa, más comprometida y transformadora. No importa si somos, de hecho, las que llevamos adelante las religiones. Lo femenino, percibido en primer término como forma, degrada los contenidos y los coloca bajo sospecha. Lo femenino ha impregnado la espiritualidad de nuestro tiempo de algo vago y esotérico, de algo trivial y superficial que ha degradado la misma espiritualidad. Las mujeres, se nos dice, con nuestras protestas y reivindicaciones somos culpables del retroceso de la fuerza institucional de las religiones. Por tanto, no podemos infravalorar la asociación entre asco e identidad femenina. En esta cuestión nos queda muchísimo camino por andar. Las mismas mujeres nos encontramos incluidas en esta trampa del patriarcado.

 

Vergüenza originaria e identidad de mujeres

La vergüenza originaria pertenece al hecho de ser humano, pues deriva de la dependencia y de la conciencia de debilidad, experiencias muy fuertes en la infancia y sin las cuales no podríamos crecer ni madurar. Puesto que estas experiencias producen una gran ambivalencia, la tendencia humana ya temprana es la de esconderse de los ojos de quienes ven nuestras deficiencias, hasta el punto de que acaba siendo casi un acto reflejo. Al contrario de lo que puede parecer, la vergüenza originaria no es autodenigratoria, sino que se sustenta sobre la base de la autoapreciación y autovaloración. Es una experiencia universal. La consciencia de nuestra imperfección asociada a ese impulso temprano de curiosidad y exploración que desafía, incluso, el instinto de autoconservación, comienza a ser problemática cuando refuerza su demanda de perfección y aumenta la intolerancia ante la mínima merma en el control propio o ante cualquier imperfección. En este sentido es una forma de vergüenza asociada al narcisismo y omnipotencia infantiles que han de sufrir un proceso de maduración en el que se vaya equilibrando la valoración de sí con la expulsión del miedo a tomar contacto con la propia debilidad y eficiencia y a manifestarla de forma ponderada. Mucha de esta vergüenza originaria se canaliza a través del cuerpo y esta canalización está marcada por diferencias de género que tienen detrás un determinado juicio de valor. En las mujeres, se canaliza a través de la belleza física y de la sexualidad. En los hombres, a través de la fuerza física y la sexualidad. Las reacciones emotivas que suscita en los hombres la impotencia sexual conectan con la vergüenza originaria. Las alteraciones en la propia percepción corporal de la mayoría de las mujeres, también. El patriarcado, mediante sus diversas lentes culturales, ha utilizado esta vergüenza originaria para reforzar su sistema de control, pero a diferencia de la emoción del asco, ésta ha de ser tratada más de forma individual que social. A las pruebas me remito. Lo social puede canalizar, interferir, apoyar… pero no sustituye ni puede sustituir el trabajo individual.

Generalmente la sociedad manipula esta emoción universal mediante la humillación. Lo que más duele en el trato a los prisioneros es su degradación mediante la humillación. No es preciso que recordemos el caso de Guantánamo, para los hombres, y para las mujeres las infinitas y terribles variedades de la violación de guerra mediante las cuales son degradadas y humilladas públicamente. En las mujeres violadas, la sensación de suciedad y asco que las lleva a lavarse compulsivamente, aparece como una reacción universal, y lo mismo podemos decir de la marca de humillación que les queda, asociada a su identidad de hembra, es decir al hecho de tener vagina. La vulnerabilidad de su abertura se extiende al cuerpo completo y a la autoimagen. Es muy difícil superar esto. Cuando se produce en niñas el daño es incalculable.

 

 

EMOCIONES Y EXPANSIÓN ESPIRITUAL

Si entendemos la espiritualidad, en su sentido más amplio, como la capacidad del ser humano para tomar contacto con lo más hondo de sí, con la vida y sus dinamismos, con el cosmos y con la historia. Si la entendemos como la capacidad para encontrar los elementos creativos y transformadores de este contacto, que supera a cada individuo y evoca la divinidad, no es difícil establecer relaciones. Por ejemplo, el impacto emotivo de una idea de la divinidad impasible o, por el contrario, apasionada. Los influjos de la concepción de lo sagrado en relación con los géneros y sus implicaciones sociopolíticas. La relación entre la conciencia de la propia dignidad, las ideas que impregnan las creencias religiosas y su influencia en la visibilidad de las mujeres y el valor otorgado a cuanto viene de ellas…

Problemas específicos en la metodología del estudio de las emociones en perspectiva feminista

En el análisis precedente se perciben algunos problemas metodológicos. El primero, a mi juicio, es la escasa percepción de la importancia de las emociones como objeto de estudio en la teoría feminista. Lo considero un problema de visibilidad. Tan presente, que nadie lo ve. No goza del interés de objetos como la influencia de las ideas en las mujeres, la sexualidad, las cuestiones generales de identidad, las relaciones de género, la violencia, el poder, la dimensión política… y mucho me temo que no se encuentra en la agenda concreta de los temas que abraza la igualdad y eso me preocupa. Me preocupa porque las emociones son muy poderosas, son cognitivas e intencionales, deciden inconscientemente, como, por ejemplo, en el aumento de los embarazos no deseados de adolescentes y jóvenes, en el síndrome de la maltratada y en la manera en que se maneja individual, social y jurídicamente la violencia machista, deciden también sobre estrategias políticas y, por supuesto, se esconden tras la rigidez de las instituciones religiosas y las manipulaciones de numerosos grupos de más que dudosa apuesta espiritual. Es un tema transversal en los libros y cursos de autoayuda, por tanto con una devaluada percepción. La visibilidad incluye nombrar. Nombrar las emociones las altera, para bien o para mal. En nuestro caso no se trata solamente de nombrar tales o cuales emociones, sino de hacer visible, con la palabra, este inmenso mundo. Problema, resumiendo, de visibilidad, percepción y nominación.

El segundo, es de naturaleza disciplinar. Las emociones, debido a su importancia y complejidad, no pueden ni deben ser dominio exclusivo de ninguna ciencia: ni la psicología ni la psiquiatría ni la filosofía ni la medicina ni la sociología ni la biología ni la etología, por citar algunas, pueden reclamarla como exclusiva, pues debido a su complejidad necesita ser observada y estudiada desde diversos ángulos, distintas disciplinas y distintos métodos que encuentren sus puntos de convergencia y ayuden a entendernos mejor a mujeres y hombres en un aspecto tan importante como este. Por lo que he podido comprobar, los estudios realizados se abordan oscilando de punta a punta, es decir, o se trata sólo desde su dimensión individual, o sólo desde su dimensión social, cultural y colectiva. La mayoría de tales estudios son de autoría masculina. Por tanto, el segundo problema metodológico es la necesidad de multidisciplinariedad sistémica en su abordaje y la falta de programas que se ocupen de él.

El tercero, en el contexto que nos ocupa, se refiere a su estrechísima vinculación con las creencias. Creencias de todo tipo, pero concretamente creencias espirituales y religiosas, tan reacias a un buen análisis. La sospecha de sensiblería, por una parte, y de irracionalidad, por otra, refuerza la dificultad. Se requiere madurez para revisar las propias creencias, las que subyacen a esos juicios de valor que manifiestan nuestras emociones. Se requiere madurez para entrar en contacto con las dimensiones más vulnerables de nuestra persona, de nuestra cultura, de nuestros prejuicios, de nuestras reacciones supuestamente más primarias. Se requiere madurez para entrar con serenidad en aquellos aspectos decisivos de nuestra persona porque podemos descubrir, por ejemplo, que somos más machistas de lo que creemos, que nuestra historia emocional ha dado bandazos y es ambivalente. Porque podemos descubrir que no somos tan creyentes o, por el contrario, más de lo que queremos dar a entender, porque guardamos dentro creencias que nunca diríamos a nadie y que, sin embargo, están decidiendo determinadas conductas. Loli se cree una chica emancipada pero sus niveles de dependencia no consciente le pueden costar muy caros. Ha asumido el cambio de ciertas normas, pero interiormente parece inflexible respecto a otras en las que su libertad profunda, su identidad personal y de mujer, están encadenadas al modo en que se ve a sí misma, es decir, a través de Tomás, al que sobrevalora y se somete. Problemas, por tanto, en la elusividad de la propia experiencia.

¿Cómo se pueden solucionar estos problemas? En su misma descripción subyace la respuesta. El problema de invisibilidad, se resuelve nombrándolo y suscitando el interés y la necesidad del abordaje de las emociones en perspectiva feminista. Su visibilidad hará más fácil la percepción de la necesidad de su abordaje complejo y multidisciplinar. El tercer problema es el más difícil, pues para encontrar vías de resolución no basta resolver el primero ni el segundo, aunque pueden favorecerlo. Desde mi punto de vista echo en falta, desde hace muchos años, mujeres que acompañen a mujeres, especialmente a las adolescentes y jóvenes. Sé por experiencia el valor de una joven que tiene el coraje de dejarse acompañar, y sé los beneficios que le reporta y que reporta al entorno. Sé, también los miedos y recelos que suscita y las dificultades a las que debe enfrentarse.

 Espiritualidad y emociones

Las emociones en la espiritualidad feminista

La espiritualidad feminista, lo hemos dicho numerosas veces, es holística: abarca el conjunto de toda la persona, desde su dimensión más individual e íntima, hasta la dimensión política y ética y la relación con el cosmos. Su dimensión constructiva y transformadora, como es bien sabido, no se acaba de inventar, sino que, por el contrario, puede rastrearse hacia atrás, dándonos muchas y gratas sorpresas.

Hay un par de emociones que podríamos explorar a modo de ejemplo. Una de ellas es egocéntrica (que no hay que confundir con egoísta) o eudemonística en términos filosóficos, y otra egocífuga o no eudemonística principalmente. La primera la recorreremos a través de una de sus vías, la imaginación, decantando así uno de sus tipos. La segunda la abordaré desde su proceso dinámico. Soledad, la primera, asombro y admiración, la segunda.

Si entendemos las emociones como las hemos definido y descrito al comienzo, no es difícil incluir entre ellas la soledad. Generalmente la soledad es entendida como un estado de la persona y casi siempre de manera negativa para ella, como una situación identificada con el aislamiento. No es así como la entiendo yo, que llevo trabajando en ella, personal y teóricamente, desde hace décadas.

Volvamos a Loli. La situación descrita respecto a su pareja nos remite a ella misma y a creencias profundamente arraigadas a través de su biografía y de su contexto familiar, social y cultural. Loli no parece soportar bien la soledad. Seguramente cree que la soledad no es buena ni adecuada para una mujer joven. Es más: si deja de tener pareja se siente emocionalmente confusa respecto a sí misma y a su valor individual, introyectando las valoraciones del sistema que consideran que mujer y relaciones explícitas de amor romántico, amor de madre, amor de cuidadora, van en el mismo paquete. Cuando vuelve de trabajar a su piso echa de menos a su pareja, lo llama, quiere quedar con él, se enfada si él no puede, y no sabe qué hacer. Como sucedáneo se busca otras compañías: decide ir a ver a su familia, llama a alguna amiga, invita a un compañero… Para ella la soledad es la ausencia de su pareja, tanto, que nadie puede suplirla y el padecimiento emocional de la soledad la acompaña más que la familia, la amiga o el compañero. Si aparece de pronto su pareja, la emoción desaparece y el padecimiento se convierte en alivio, alegría e incluso sensación de victoria. Podríamos decir que todo esto se debe al amor que siente por Tomás, de forma que la emoción experimentada por ella como soledad, nos remite a la emoción del amor. A poco que nos asomemos, en nuestro balcón externo, lo que vemos nos lleva a sospechar de la naturaleza de ese amor y su positividad para ella. Está claro que Loli no está mejor sola que mal acompañada…

La hermosa y humana soledad de las mujeres espirituales

Si Loli quiere cultivar su dimensión espiritual no puede eludir un replanteamiento de su soledad. La espiritualidad requiere el valor de entrar en la propia intimidad y sólo se pude entrar en el propio santuario si cultivamos la beneficiosa soledad. No me refiero, claro está, a ese tiempo que una mujer decide pasar en un monasterio o en un lugar apartado, para encontrarse consigo misma. La soledad de la que hablo es aquella que la niña ha aprendido en la misma presencia silenciosa de su madre con apenas un año de vida, ese estar sola en presencia de su madre, de la que habla el psicólogo Winnicott. Es decir, esa experiencia en la que la niña se ocupa de sus propios proyectos y no demanda la atención continua y protectora de su madre. Se refiere a la capacidad, abierta por la imaginación, de permanecer en una soledad habitada, acompañada. La espiritualidad implica esta capacidad humana universal. De hecho es la experiencia que nos llega de multitud de mujeres que a lo largo de la historia, y en el presente, han cultivado su espiritualidad religiosa: estar en soledad ante una presencia positiva que les permite autoexpandirse, crecer individualmente y ejercer una influencia creativa y benéfica en su entorno, de muy diferentes maneras. Ciertamente, una madre y/o un padre invasivos dificultan sobremanera el aprendizaje del mundo interior, pero siempre hay oportunidades y, de hecho, todo ser humano aprende algo. El mundo interior se configura en la confluencia de varios elementos que no es pertinente describir aquí. En ese mundo interior, normal y sanamente estructurado, se abre un espacio para la confianza que, paradójicamente, cuando se interioriza es de naturaleza expansiva egocífuga o externa. Por ejemplo, la ausencia física de la madre no provoca miedo en la niña. Su madre está con ella y en ella, primero físicamente y luego en su imaginación, como parte de su mundo interior, y esa presencia interna es portadora de confianza y de protección, entre otras cosas. Cuando la madre aparece, la niña siente verificada su experiencia y paradójicamente refuerza su emoción de soledad. Hay condiciones en que la ausencia es portadora de aflicción y de miedo, la otra cara de la soledad, pero la ausencia implica una experiencia de presencia en la sucesión temporal. Winnicott indica que este aprendizaje va unido al de un mundo incierto, a la incertidumbre en su doble cara de temor y de impulso a la exploración y el descubrimiento. De lo bien o mal estructurada que esté la soledad primigenia, de la capacidad que vaya creando en sí misma para un mundo interior rico y poblado, de la fuerza y creatividad de la imaginación en todo este proceso, dependerá en gran medida el tipo de emoción de soledad que predomine. Un mundo interior amplio y rico es impulsado continuamente a expandirse mediante la curiosidad, el impulso de descubrimiento y la salida de sí hacia fuera. A mayor capacidad de soledad mayor capacidad y riqueza emocional.

La espiritualidad de las mujeres habla de su mundo interior, de su riqueza o pobreza, de sus temores y de sus condiciones para la vivencia de la soledad positiva. El mundo espiritual puede pasar por un período de vacío y oscuridad, pero normalmente es un mundo poblado y ancho, en el que se aprende a traspasar todo tipo de barreras, porque la imaginación no conoce límites y la mente y el alma se nutren de ella. Es esa bendita “loca de la casa”.

Cualquier institución religiosa que limite el mundo interior de las mujeres está limitando el poder de su espiritualidad. La historia habla abundantemente de este intento de limitación como mecanismo de control sobre las mujeres. Las instituciones han tenido miedo de las mujeres solas, de aquellas que se sumen en su mundo y disfrutan de él, administrando la entrada y salida desde sí mismas y no permitiendo el control de nadie. La buena soledad de las mujeres es una emoción potentísima. Es su vientre mental, el útero de su alma, que gesta mundos vivos. La psicología de la religión, estudiando las sectas del pasado y del presente, ha identificado la eliminación a toda costa del mundo interior propio y singular de sus miembros como una de las técnicas de manipulación y sometimiento. Por citar algunas: a los neófitos y neófitas se les impide estar en silencio y a solas, se le mantiene continuamente activos, son interrogados y despojados de su pasado y de las personas afectivamente significativas a través de la descalificación y el aislamiento, se les restringe el alimento (sano) y el sueño cansándoles hasta la extenuación, premiando las relaciones con los miembros de la nueva comunidad, penalizando las relaciones con miembros de fuera de ella; mediante  la cita repetitiva de sus eslóganes, sin preguntas ni cuestionamientos. Modifican su mente eliminado o reprimiendo los contenidos de su mundo interior, y repoblándolo con ideas de otros, personajes nuevos que a partir de ahora constituyen su nuevo entorno comunitario o su nueva familia y, especialmente, el líder al que debe obediencia ciega y culto. Modifican los contenidos cognitivos, pero sobre todo las emociones y convierten la soledad y la imaginación en enemigos propios y ajenos. Seguramente que la descripción de estas tácticas recuerda algunas de las empleadas por los maltratadores con sus víctimas, pues hay mecanismos compartidos. ¿Puede extrañarnos, también, que haya una fuerte demanda de espiritualidad en esta sociedad nuestra que nos somete condenando la soledad y el cultivo del mundo interior y es reacia a la singularidad a pesar de que el modelo antropológico se orienta a ella?, ¿nos extraña que sean las mujeres las que mayoritariamente expresen esta demanda?. ¿No resulta coherente que en muchos sectores se opongan religión institucional y espiritualidad, cuando las instituciones reprimen y descalifican los logros emancipadores de las mujeres que, en cambio, parece potenciar el descubrimiento de la espiritualidad? Tal vez por ello tenemos la impresión de que a menos religión más espiritualidad y al revés. No porque se opongan, sino por el talante de las instituciones religiosas ante la espiritualidad.

Esto nos lleva de la mano a una característica de la espiritualidad que choca con las instituciones religiosas. Me refiero a que la espiritualidad, por su propia naturaleza, es democrática, en el sentido de compartida y accesible a cualquiera. Al ser una instancia antropológica universal, al tener una expresión plural, al implicar al individuo, su mundo interior, su imaginación y su libertad, choca con las instituciones religiosas configuradas sobre la estratificación jerárquica y el control. Sin embargo la historia de las religiones nos informa, también, de que son un correctivo necesario a tales instituciones, que han logrado un cierto saneamiento de sectores amplios y han logrado que éstas vuelvan sus ojos hacia sus originales y mejores principios. Por eso no pueden oponerse, sin más, espiritualidad e institución religiosa. En muchos momentos, además, la institución ha sido el cauce de expresión y expansión de una cierta espiritualidad. Pensemos en la espiritualidad franciscana, por ejemplo. Los problemas provienen de los intentos de control que reaparecen continuamente y, desde luego, del choque entre espiritualidad femenina y de mujeres y patriarcado institucional. No es un tema que pueda zanjarse en un sí o en un no. Es más complejo.

 La sorpresa, la admiración y el asombro en la espiritualidad feminista

De lo anterior, aunque se desprenden muchas preguntas, sólo formulo dos: la primera: ¿cómo no engañarnos al sumirnos en nuestro mundo interior?, ¿cómo saber si no estaremos cediendo al estereotipo que dice que somos subjetivas e irracionales? Y la segunda: ¿hay en este mundo interno cabida a lo trascendente, al mundo externo, al cultivo de la dimensión política, social, cultural, al compromiso y la transformación?

Se trata de cuestionamientos más que legítimos, si consideramos que siguen existiendo en nuestro entorno, pero en realidad el hecho mismo de planteárselo supone seguir en el marco patriarcal. Cierto, se trata de riesgos de los cuales nos informa la historia (que, de todos modos, debería ser repensada con otras categorías, como se va haciendo, por ejemplo, ante el diagnóstico de locura o trastorno mental), pero, repito, metodológicamente nos encontramos dentro del sistema patriarcal que divide y separa, pues así se refuerza la sospecha. Si, por el contrario, las y los feministas tenemos claro que la espiritualidad incluye la realidad plural y compleja de dentro y de fuera, si nuestras ideas y emociones asumen que no hay espiritualidad sólo hacia dentro ni sólo hacia fuera, que no es espiritualidad aquella que no incorpora los grandes valores humanos y una cosmovisión en la que entra toda la realidad en espacio (cosmos) y tiempo (continuo pasad-presente-futuro, rupturas y discontinuidades temporales…). Si todo esto va formando parte de nuestro concepto y experiencia feminista de la espiritualidad, el discernimiento nos acompañará ante determinadas formas de vida interior y exterior. Aprenderemos qué espiritualidad es auténtica y cual falsa, la superficial y la profunda, la feminista y la patriarcal…

No obstante, asumir esta espiritualidad requiere desarrollos y formulaciones, por lo cual hacemos caso a los cuestionamientos patriarcales para fundamentar en qué consiste esta espiritualidad feminista de la que hablamos.

En la perspectiva que hemos aprendido, en efecto, no se da una relación de continuidad y retroalimentación entre el cultivo del mundo externo, con sus valores y sus causas, y el del mundo interno, de corte subjetivo y, supuestamente egocéntrico. Existen dos emociones, estrechamente ligadas entre sí, que posibilitan el flujo y la retroalimentación dentro-fuera. Me refiero a la sorpresa y la admiración. No son sinónimas. La sorpresa se refiere al impacto que alguien recibe ante un hecho inesperado, que puede provenir de dentro, aunque la mayor parte de las veces llega de fuera. La emoción de la sorpresa parece espontánea, pero, no nos engañemos, tiene su estructura. La aprendemos en la infancia gracias a la curiosidad que desarrollamos ante el entorno que nos rodea. Cuando aprendemos a distinguir entre lo de fuera y nosotros/as mismos/as creamos poco a poco un espacio psicológico interno para el descubrimiento y su correlativa sorpresa. La sorpresa es la emoción que impregna el descubrimiento de una realidad no esperada. Supone en el ser humano una grieta para lo imprevisto y lo incierto, supone confianza en lugar de temor, supone superar el control. Es un conjunto de dinamismos que sacan de sí al sujeto y cuyo mensaje predominante es que el mundo es positivo y merece la pena, que lo son las personas y el cosmos, que hay una realidad externa autónoma que demanda una relación ajena al propio control.

En la primera infancia la relación con los elementos sorprendentes de la realidad externa se manifiesta de forma animista, que es una manera de proyectar la propia vida en aquello que nos sorprende. Generalmente el animismo se supera en las fases propias del desarrollo y maduración, y la sorpresa recupera su condición gratuita. Queda, sin embargo, la experiencia de un mundo animado que de adulto el ser humano puede manejar de diferentes modos: mediante el intento de control, mediante la represión por la dificultad de soportar la incertidumbre, estableciendo una capa defensiva que le convierte en escéptico y se sitúa por encima en la creencia de que nada puede ya sorprenderle… O, por el contrario, puede manejarla como impulso abierto a la curiosidad, como apertura al descubrimiento, como concepción de un mundo ajeno, al que respeta pero con el que se puede comunicar. La sorpresa, por tanto, es un factor positivo y transformador en alguien que cultiva su mundo interior y que le permite ser llamado desde fuera, ser tocado e impactado desde fuera. Esta persona tiene estructurada su capacidad para la alteridad a la que no pone límites mentales, a la que no se niega sólo porque no pueda controlarla empíricamente.

La sorpresa es una emoción puente que pone en relación abierta la realidad de fuera y la de dentro. Se caracteriza por su actitud abierta e incierta, debido a que su objeto es lo que puede acontecer, pero no se sabe si acontecerá ni cuál será su condición. La admiración se caracteriza por el impacto que recibe alguien de un objeto externo a sí, algo o alguien, con o sin sorpresa. Generalmente, después o contemporáneamente a la sorpresa. Es un juicio de valor positivo ante una realidad externa. La admiración puede sacar de sí al sujeto, pero es ambivalente. Podemos admirar simplemente proyectando algo propio. En ese caso, el sujeto sale de sí creyendo descubrir algo no propio. Cuando la admiración persiste a pesar de haber superado la fase proyectiva, se convierte en una emoción transformadora para el objeto admirado que, dependiendo de su naturaleza, reacciona en un proceso de retroalimentación positiva. La admiración conecta con la actitud gratuita ante la vida, lo pequeño y lo inmenso.

Loli se sorprende una vez y otra ante la respuesta de su pareja, y lo que podría parecer admiración no es más que sobrevaloración inmadura, ya que no es beneficiosa para sí misma. Loli necesita reconocer totalmente la condición diferente y separada de Tomás, su alteridad, para admirarlo de manera constructiva, pero, sobre todo, necesita reconocer que ella es un ser distinto a Tomás y no un mero apéndice de él. Ha de recoger primero sus proyecciones.

Una espiritualidad que impregna el propio mundo interno está abierta a lo exterior, abre su espacio a la sorpresa que le hará reaccionar. Si le sorprende la injusticia, la moverá a conductas justas o a la lucha por la justicia. Si le sorprende la bondad y generosidad de los pobres, quedará impactada y su juicio positivo de valor reforzará los valores propios de la bondad y la generosidad y dará un mensaje con su actitud respecto a las personas concretas que la han sorprendido y al mundo de los pobres. La raya que separa la emoción de la sorpresa de la ingenuidad puede ser delgada, pero sólo en el caso de que  la espiritualidad de la persona sea débil y superficial.

Una espiritualidad cualificada por la admiración aprende un modo nuevo de discernimiento, más ponderado y sereno, ante la realidad. La admiración puede convertirse en un camino a la contemplación. Es una espiritualidad positiva, constructiva, de cualidad mística. El reconocimiento del otro o lo otro por sí supone distancia y esta distancia es la que puede provocar la admiración. El objeto de la emoción puede ser una obra de arte, un manuscrito antiguo, un acontecimiento de la historia, un personaje, un rasgo de una persona, un discurso, una obra terminada, un pueblo, la acción divina…

De nuevo, las mujeres con una espiritualidad admirada podemos ser objeto de descalificación por parte de quienes siguen viendo esa fina línea que separa esta emoción de la ingenuidad. No nos engañemos. La historia y nuestra propia biografía nos muestran cumplidamente la capacidad de admiración de las mujeres. De hecho los varones han necesitado, como el pan, de la admiración de las mujeres, sus madres, sus esposas, sus hijas, sus amigas y sus compañeras de trabajo. La creatividad y la seguridad que han mostrado la mayoría de ellos han estado alimentadas de la admiración de las mujeres. Nosotras no tenemos la misma historia. Ellos han admirado en las mujeres la belleza a partir de un canon predefinido por el sistema patriarcal, y han admirado la maternidad y la capacidad de cuidado. Algunas mujeres, excepcionales, han sido admiradas por un círculo de hombres y han florecido. La pregunta es ¿cuántas de las mujeres hemos crecido y madurado impulsadas por la admiración de otras mujeres, que no se haya reducido a rasgos supuestamente propios del género, como la belleza, la gracia o la habilidad para seducir…?

 La emoción del asombro

La emoción del asombro sí es una emoción gratuita, es la que de verdad saca de sí al sujeto yendo un paso más allá de la sorpresa y cualificando una posible admiración contemplativa unida, a menudo, a una mayor o menor exultación. El asombro en un primer momento suspende el juicio y luego lo expande sin medida. Martha Nussbaum cree que el asombro ayuda a traer objetos distantes hasta el ámbito del esquema de objetivos de una persona y ve una estrecha relación entre este impulso y la habilidad empática, pues mediante la empatía una persona abandona su mundo, en cierto modo, para colocarse en el de otro, y está comprobado que las mujeres hemos desarrollado más capacidad empática que los hombres. Esta correlación apunta a que el cultivo de la empatía favorece el cultivo del asombro, y viceversa. Es, además, la emoción que mejor le va a la espiritualidad religiosa, tanto a la que cree en una divinidad personal como a la que no. El asombro tiene la capacidad de suscitar interrogantes acerca del objeto por el que se siente tal emoción. El asombro, como emoción religiosa, acompaña en los evangelios, por ejemplo, a los milagros, pero los narradores lo centran mucho más en la persona y autoridad de Jesús, o en otra persona, como puede ser su fe, que en el acontecimiento mismo. Según lo veo, es una emoción orientada hacia las mediaciones, es decir, hacia aquellas personas y acontecimientos que pueden o no poner al sujeto en contacto con la divinidad. Esto me lleva a aceptar la distinción que hace Nussbaum entre el asombro y el temor reverencial, que es una emoción religiosa dirigida específicamente a lo sagrado. Ella, relacionando emoción y reacción corporal dice que el asombro pone de pie y el temor reverencial pone de rodillas. En los evangelios, curiosamente, aparece mucho más la emoción del asombro que la del temor reverencial. La condición indirecta del asombro en lo religioso y espiritual está en consonancia con el espíritu de libertad e inteligencia que recorre los evangelios, con la idea de la fe que se desprende de ellos. El asombro deja la puerta del alma abierta a lo espiritual y a lo religioso, pero no lo impone. Según los evangelios, para que sea un canal de comunicación con la divinidad necesita de la fe y la fe sin la libertad es una creencia peligrosa. En más de un pasaje evangélico el asombro sigue un proceso que va del hecho a la persona y desde la persona remite a la divinidad a la que se considera la fuente de lo acontecido.

En nuestro momento histórico esta emoción del asombro, hablando de nuevo en términos generales, se encuentra con una dificultad: el desencantamiento del mundo, percibido como opuesto a la individualidad o a la conquista del yo, la separación radical entre ambos, que se ha jerarquizado en un intento absoluto y muchas veces destructivo de control, en el que el asombro sólo cabe en el paradigma de los descubrimientos científicos, como si la lógica de la ciencia estuviera despojada de las emociones y sus creencias y como si en ella hubiéramos domesticado el asombro. Éste, sin embargo, puede tener una de las llaves con las que abrir una manera nueva de integrar la conciencia del yo individual con la conciencia del mundo, de la naturaleza, de la historia y del cosmos. Aceptamos que la historia resuena en la cultura y ésta en la biografía individual. Aceptamos que el cosmos influye en el entorno (ahora el cambio climático) y puede modificar múltiples cosas de nuestras vidas, pero nos resistimos a ampliar la conciencia fuera de nuestro yo. Si esto es así, debemos aceptar que el mundo externo es ciego e irracional, cuando la misma ciencia desmiente estas creencias. Hay grupos, todavía minoritarios, que trabajan en la expansión de la conciencia como una manera de abrir el espacio espiritual, y aunque en ellos se encuentran muchas mujeres, los que adquieren prestigio están liderados por hombres. A mí esto de vez en cuando me causa malestar y preocupación. Dice Richard Tarnas que la sabiduría humana y humanista requiere tener en la conciencia múltiples realidades a la vez, aceptar que, como ya decía Jung, hay verdades opuestas que siguen siendo verdades y cuya conjunción puede dar origen a una verdad superior, es decir, aceptar la existencia de verdades paradójicas y no sólo lineales y excluyentes.

La espiritualidad y la inteligencia emocional

La espiritualidad feminista madura y creativa requiere de una buena dosis de inteligencia emocional y no sólo de emociones cargadas cognitiva e intencionalmente. La inteligencia emocional, según lo veo, está relacionada con la felicidad y con el amor. Para no hablar en abstracto de un valor cuya nominación es tan polivalente, me sumo, como punto de partida, a la descripción o definición de Spinoza cuando dice que el amor es la conciencia de que los otros promueven nuestro esfuerzo por vivir, a lo que añadiría los rasgos que Martha Nussbaum asocia a esta emoción en ámbito feminista y extensa a la dimensión social y política: la reciprocidad, la compasión y la individualidad. Esta descripción del amor es eudemonística o autorreferencial, es cognitiva, por la importancia que adquiere el tener conciencia, es positiva en tanto favorece el impulso vital, pero no egoísta, pues alberga en su seno esa capacidad nunca colmada de gratitud. La inteligencia emocional se refiere, en términos generales, al desarrollo humano holístico orientado a la adquisición de una calidad de vida personal que nunca se acaba de conseguir, es decir, que permanece como un proyecto abierto. El amor es una emoción básica de este desarrollo y no puede quedar fuera del ámbito de la espiritualidad, ya sea religiosa o no. Podríamos pensar que las mujeres nos hemos caracterizado por una espiritualidad impregnada de amor, pero ya sabemos que ningún término es tan ambiguo y polivalente como este. Los conceptos y experiencias de amor de las mujeres son muy diversos, pero algunos se encuentran muy bien estructurados por el patriarcado. Sería complicado y largo detenerse aquí, pero es preciso tenerlo presente. Estoy convencida de que las mujeres verdaderamente espirituales, aquellas que han dejado huella en la historia y la cultura, estaban impregnadas de un amor como el que postula Spinoza, es decir, experimentaban conscientemente que un Otro u Otra trascendente estaba ahí promoviendo sus esfuerzos por vivir. Experimentaban la expansión de esta consciencia a la realidad externa, muchas de ellas al cosmos entero, a las personas, si bien lejos de la ingenuidad, y al mundo de la materia. Así, se sentían amadas por la divinidad, por las personas (por unas más que otras, claro), por la naturaleza, por el entorno, y esta experiencia amorosa, esta consciencia de sostén e impulso, desarrollaba esa emoción de gratitud que puede manifestarse de tan distintas maneras, muchas veces contemporáneamente: a través de la autoexpansión, de la creatividad, de la lucha, de una respuesta de cuidado, e incluso de donación libre y voluntaria a alguien o a una causa. Este amor cualifica la vida impregnándolo de positividad, incluso en los momentos más duros y en los conflictos más fuertes.

La espiritualidad de estas mujeres no puede ser calificada inmediatamente, de espiritualidad feminista, pero encierra rasgos de autonomía, libertad, independencia, consciencia crítica, sabiduría y fortalezas, que han sido recogidos de distinto modo por las mejores corrientes feministas.

 Teología, espiritualidad y emociones bajo la perspectiva metodológica

He dedicado la mayor parte de mi reflexión hasta aquí a la relación entre emociones y espiritualidad. He traído la experiencia de Loli para iluminar o para que sea iluminada por tales desarrollos, pero apenas si he tocado expresamente la teología. Se trata de una estrategia consciente, dado que la TF se apoya sobre la experiencia.

Deseo explicitar el método seguido. Primero, el caso de Loli, un caso que me afecta personalmente y me deja perpleja, preocupada y en muchos momentos indignada. Un caso que veo repetirse en numerosas jóvenes, en cuyo devenir algunas resultan asesinadas. Mi mente y mi persona reaccionan y soy consciente de la diversidad de emociones que se mueven en mí. Algunas de ellas retornan a mi mente promoviendo una reflexión que, en principio, es psicológica, pero que, en mi contexto, se inserta en la demanda de espiritualidad propia y de tantas mujeres. La reflexión crítica sobre la espiritualidad echa mano de los instrumentos psicológicos y del análisis de género para hacerse camino y, al final, es la reflexión misma la que se convierte en punto de partida experiencial para mi discurso teológico, una lente que implica un paso más al introducir mi fe cristiana, vivida críticamente dentro de un contexto religioso institucional en el cual me encuentro a menudo profundamente incómoda, pero al que no renuncio porque en su historia se encuentra mi patrimonio humano y espiritual, un patrimonio y una herencia que no deseo de ninguna manera dejar al patriarcado eclesiástico.

 La fe razonada y sentida: la experiencia, de nuevo

Parto, por tanto, de una experiencia propia y ajena, individual pero también colectiva. Soy consciente, de nuevo, de que lo personal es político y de que debo pensar globalmente y actuar localmente. Loli está apartada del contexto religioso familiar en el que se ha criado, un contexto de trazos muy fuertes al vivir dentro de un potente movimiento conservador. No sé si cree en Dios, pero me resultaría más interesante conocer mejor el Dios en el que ha creído. Su madre me contó las razones que ella aducía para abandonar el movimiento y casi todas se referían al control moral. La situación en la que se encuentra no muestra un trasfondo ni espiritual ni religioso liberador. Sus años de compromiso no parecen haberle ayudado a crecer, ni las ideas y sentimientos religiosos han impulsado una buena travesía del túnel crítico evolutivo. Esto, que por otro lado es tan común en la experiencia de chicas cristianas, estimula interrogantes teológicos acerca de la experiencia espiritual o de la ausencia de la misma que ha tenido lugar en estas mujeres jóvenes. Mi preocupación queda formulada en algunos interrogantes: ¿cómo crear un corpus teológico en el que ellas estén tan presentes como lo está el resto de mi público?, ¿cómo lograr que llegue a ellas y mueva sus emociones, les dé un buen fundamento cognitivo razonado y les abra las puertas de su mundo interior dentro de una tradición tan rica, por muy ambivalente que sea, como es la tradición cristiana?, ¿cómo lograr que esta teología, que no puede menos que ser feminista, incida en su vida y en la vida social y política en la que está inmersa? No tengo respuestas, la verdad. Sé que esta preocupación se encuentra en el fondo de mi reflexión, aunque aparezca indirectamente.

 Emociones sin teología, teología sin emociones: sus múltiples riesgos

Estoy segura de que Loli y tantas como ella han vivido su fe emocionalmente durante una serie de años cruciales, hasta la orilla misma de la adolescencia. Su movimiento estimula la experiencia emotiva, que me lleva a preguntarme por las ideas subyacentes y por la estructura cognitiva de las creencias religiosas que han impregnado sus emociones. Por lo que conozco, lo emotivo se encuentra mucho más desarrollado  que lo cognitivo, que no sólo es raquítico (sus procesos de formación son reiterativos y  dogmáticamente cerrados), sino incapaz de acompañar un proceso evolutivo de crecimiento espiritual y de fe. La teología del movimiento es rígida y esa rigidez es mayor para con las mujeres, misógina, para hablar con propiedad. Esta teología presenta a un Dios controlador del que, sin embargo, se predica constantemente su misericordia y su bondad. La dimensión controladora, como suele ser habitual, se canaliza a través de las personas dirigentes y se exterioriza en la exposición de la debilidad y la indefensión, de la vergüenza, sobre una antropología pesimista. No es mi tarea aquí exponer ni siquiera el mapa teológico de este movimiento. Subrayo estos rasgos porque se anteponen de tal manera al resto de características, que apenas permiten que afloren otros elementos teológicos ricos y llenos de posibilidades. Son rasgos que impregnan las emociones con su hipertrofia y atrofian la teología de fondo. Se convierte en una espiritualidad emocional prácticamente sin teología, de manera que el riesgo de fundamentalismo es altísimo y la propensión al fanatismo es grande. ¿Loli se ha librado de esto al apartarse del movimiento? Su situación no parece confirmarlo. Su relación con Tomás, ambivalente y con trazos autodestructivos, casan con la misoginia, la dependencia que crea la exposición de la propia indefensión, y la antropología negativa. También casa con el predominio de las emociones sin teología, o con esa teología que no impulsa su esfuerzo por vivir.

Fuera del ámbito cristiano no es raro encontrar movimientos de mujeres, autodenominados feministas, incluso, en los que abunda lo opuesto, es decir, las emociones sin teología, sin un esquema cognitivo de creencias coherente y fundado, ni siquiera cuando se intenta apoyar en la tradición. Desgraciadamente las emociones sin teología abundan en los movimientos cristianos de mujeres, en los grupos alternativos de otras religiones o no religiosos. No extraña que en estos casos, la tendencia al fundamentalismo y fanatismo se canalice a partir de la clausura de los grupos, mediante la creación de una frontera entre las de dentro y las de fuera, pero el riesgo mayor me parece que se encuentra en la misma exaltación emotiva acrítica, en la separación e incluso rechazo de la reflexión, o en una reflexión superficial. Sería importante sentarse a pensar en el corpus cognitivo de tales grupos, de tales corrientes espirituales feministas dentro de un contexto crítico.

En otros casos, incluso dentro de la misma Teología Feminista, se produce el riesgo contrario, la elaboración de un corpus teórico sólido en el que no entran las emociones. No es un caso corriente, pero tampoco es raro. La teología es siempre un discurso abierto, sin terminar. En el momento en que se cierra, aunque sea un discurso progresista, ahuyenta la posibilidad de expansión creativa.

Espiritualidad, democracia y política

La espiritualidad es demandada por numerosas personas, mujeres en su mayoría, porque, a diferencia de las religiones, posee un carácter democrático inherente. De ahí uno de sus grandes conflictos, en la historia y en el presente, con las instituciones religiosas, jerárquicas y antidemocráticas, características que hacen derivar de la teología en la que se sostienen, es decir, en un Dios representado como el Padre de los padres, generador de una realidad de representaciones propias jerarquizadas y, por ello, de un sistema de mediaciones cargado de interferencias. No me detengo aquí porque es un tema ampliamente estudiado. Quiero referirme, especialmente, a las implicaciones políticas (y se entiende que me refiero con “políticas” a un concepto amplio y en un contexto comprehensivo democrático, como punto de partida) de la espiritualidad.

En primer lugar la espiritualidad que abre y cultiva un espacio interior convierte a las mujeres en ciudadanas más sólidas, maduras y humanistas. La cualidad de sus perfiles y de su acción sobrepasa con mucho lo meramente individual para afectar a la familia, pareja, trabajo, proyectos, ocio…

En segundo lugar, la conquista de su soledad positiva y creativa las va configurando como sujetos difícilmente manipulables y como sujetos con posibilidades creativas que pueden crear, cambiar, modificar mundos. No importa el lugar que ocupen en la escala social o laboral. Su influencia será notoria.

En tercer lugar el cultivo de la espiritualidad irá horadando la capa de positivismo empirista que nos envuelve dejando a la luz las mentiras que nos han contado. No sólo existe aquello que se ve y se toca como el patriarcado dice que se ve y se toca. Lo que existe sigue siendo una incógnita y no es reductible a ningún método con el que abordarlo. Muchas mujeres tenemos claves metodológicas y epistemológicas más eficaces que las que son presentadas al público general, e incluso al especializado. El desafío está en la manera en que esto se va realizando y en la manera en que lo presentamos para que vaya calando, todo ello en el respeto más verdadero, en la sugerencia más que en el direccionismo…

Sólo con estas tres cosas mencionadas podríamos hablar largo y tendido de sus dificultades y posibilidades políticas. No hay más que empezar a pensar en instituciones y áreas: salud, educación, investigación, ámbito laboral, políticas sociales…

Breves conclusiones  

De la mañana  a la tarde he realizado un recorrido que va de la psicología y el feminismo a la espiritualidad y de esta a la teología para volver a integrar las dos primeras en la reflexión de la fe. Seguramente muchas de vosotras no sois creyentes, pero el Centro es un marco de trabajo y convivencia señalado por una teología, por una espiritualidad cristiana mercedaria. Quien os habla es una mercedaria, psicóloga y teóloga, feminista que todavía recuerda su paso de 5 años por esta casa, sobre todo por la relación con las mujeres discapacitadas.

La historia de Loli, la hija de mi prima, me ha servido para anclar la reflexión en la vida. Os preguntaréis la razón por la que elijo un caso que no es el de cualquiera de las mujeres que viven aquí y a las que tratáis todos los días. Permitidme que os lo explique a modo de conclusión:

  1. He centrado mi reflexión en la persona que cuida, no en la persona a la que se cuida. Con ello intento que cada cual se haga preguntas personales, se implique en lo que le afecta
  2. Esto significa que me interesa cada individuo, pues sé que donde se encuentre una persona que se toma en serio a sí misma, se forma, se cuida y se propone crecer, todo su entorno cambia positivamente
  3. Prefiero trabajar de dentro afuera, sin negar la importancia de lo que viene de fuera. Con esto quiero decir que si hay personas motivadas, lo de fuera (formación, preparación, especialización, aprendizaje…) se interioriza y funciona desde el interior. Nadie cambia por imposición, nadie crece por obligación. Es como el árbol: siembras la semilla lanzándola desde fuera, pero esa semilla sólo va a fructificar si se hace una con la tierra, o sea, creciendo primero de forma latente, sin que nadie lo vea; luego, de forma patente, a la vista de todos, y, al final, expandiéndose para volver al interior en las nuevas semillas de sus frutos.