Mercedes Navarro Puerto

MUJERES Y ESPIRITUALIDAD HOY

En nuestro momento social y cultural la espiritualidad se va desvinculando, cada vez más, de la fe religiosa, de una religión concreta, aunque eso no impide tener conciencia de que las religiones tienen su o sus propias espiritualidades. Es más, no impide aceptar, como un hecho incontestable, que las religiones han alojado, desde hace milenios, el tesoro de la dimensión espiritual humana. Este tesoro, aunque, repito, es un depósito humano en cuya creación y desarrollo han intervenido tantos los hombres como las mujeres, ha sido salvaguardado y ha evolucionado de manera notable gracias, especialmente, a la experiencia de las mujeres. No niego a los varones la capacidad ni la experiencia, pero mucho menos el protagonismo específico de las mujeres en esta dimensión humana.

La relación entre las mujeres y la espiritualidad puede estudiarse y comprenderse desde diferentes perspectivas, entre las cuales una de las más interesantes e ilustrativas es la histórica, pero, como reza el título, he preferido centrarme en el hoy. Las personas y los grupos humanos, en la actualidad, buscan de manera incesante y, a veces, sin orientación ni dirección, el desarrollo de la propia dimensión espiritual que, razones, en las que no voy a entretenerme, han dejado a la intemperie, abandonada, expuesta y vulnerable. Hay hambre y sed de espiritualidad. Basta con mirar los títulos de numerosas publicaciones, con ver los resultados de la búsqueda en internet de la misma palabra, con mirar los relatos escritos y audiovisuales, o programas de televisión, documentales… Ya no se acude a las religiones. Ahora es la ciencia la depositaria de la autoridad en esta materia, la física cuántica, la biología, la neurología y, desde luego, la psicología. Las religiones fomentan algunas facetas de la espiritualidad muchas de las cuales, por ejemplo en la religión católica, no tienen mucho que ver con la fe, sino con trasfondos psicoantropológicos de los humanos y necesidades no cubiertas y acríticas, especialmente del mundo emocional. Debería llamar la atención el poco caso que hace la teología, y la persistencia de sus prejuicios ante la espiritualidad, a la que desde hace mucho tiempo considera poco seria. Personalmente me parece peligroso.

Las grandes consumidoras de los productos del mercado espiritual son las mujeres. Más que las creadoras y líderes de los movimientos espirituales, que siguen siendo mayoritariamente varones, las mujeres son sus seguidoras. Solas y en grupo; en instituciones o en asociaciones de la más diversa índole. Ellas leen, escuchan, interiorizan, se ejercitan, afianzan sus creencias y se prestan a enseñar, transmitir y acompañar. Dentro de las religiones, aunque, cada vez más, fuera y al margen de ellas.

Quisiera esta tarde reflexionar sobre algunos puntos de conexión psicológica y, al final, teológica, de este fenómeno. La primera parte se centrará en la relación entre algunas emociones y la dimensión espiritual de las mujeres y la segunda, más breve, en una somera reflexión desde la perspectiva teológica.

Entiendo la espiritualidad, en este contexto, como la capacidad del ser humano para tomar contacto con lo más hondo de sí, con la vida y sus dinamismos, el cosmos y la historia, la capacidad para encontrar los elementos creativos y transformadores de este contacto, que le trasciende y evoca la divinidad. La espiritualidad así entendida no niega las emociones. Las saca a la luz. Permite que veamos su poder; por ejemplo, el impacto emotivo de ida y vuelta en la y de idea que tengamos de la divinidad: impasible y distante, o apasionada y cercana a lo humano; o el influjo de la concepción de lo sagrado en cada uno de los géneros y sus implicaciones sociopolíticas.

Al contrario de como suele entenderse, las emociones son cognitivas e intencionales y se encuentran en la base de decisiones importantes, en numerosas ocasiones, de modo inconsciente. Deciden estrategias políticas y, por supuesto, se esconden tras la rigidez de las instituciones religiosas y las manipulaciones de numerosos grupos de dudosa apuesta espiritual. Hoy las ciencias se rifan su monopolio, pero ellas, importantes y complejas, no pueden ni deben ser dominio exclusivo de ninguna ciencia, pues su complejidad requiere la observación y el estudio desde diversos ángulos, disciplinas y métodos.

Las emociones han sido percibidas tradicionalmente como elementos potentes y peligrosos, asociadas a la irracionalidad, lo femenino, las mujeres, lo incontrolable e imprevisible. Han sido asociadas a una espiritualidad popular y afectiva, descalificada y temida, en oposición a la teología, supuestamente racional, valiosa e importante. A mucha emoción correspondería poca cognición. A mucha razón poca emoción. Esta división, sumamente funesta, ha dañado a toda la humanidad, pero particularmente a las mujeres. Ha dañado, también, a las religiones, a la religión católica en concreto. Y ha dañado a la teología.

Lo cierto es que todo lo humano queda bajo las diferentes dimensiones que lo configuran: la dimensión racional, y todo el proceso secundario, y la emocional, con todo el proceso primario. La consciencia y el inconsciente. La espiritualidad, dentro o fuera de las religiones, no puede abandonar una dimensión por la otra. No puede convertirse en ese marco irracional y fanático de las creencias movidas solo por lo emocional. Tampoco puede atarse a lo racional despreciando lo emotivo, porque se vuelve rígida y carente de libertad. Además, cada una de las polaridades ha sido asignada a uno de los géneros. La espiritualidad movida por el predominio de lo emocional, sin fundamentos racionales, ha sido vinculada a las mujeres y a lo femenino, mientras que la espiritualidad predominantemente racional y controlada, sin chispa, y sospechosa ante el mundo de los afectos, ha sido vinculada a los varones. Es hora de romper los estereotipos. De hecho, la espiritualidad actual no religiosa, lo intenta.

Mi perspectiva ante las emociones y la espiritualidad es feminista. La espiritualidad feminista, por su parte, es holística: abarca el conjunto de toda la persona, individuo, intimidad, política, ética y relación con el cosmos. Su capacidad constructiva y transformadora no es nueva: puede rastrearse en la historia. Para que la espiritualidad feminista actual continúe esa historia ha de tener en cuenta explícitamente las emociones subyacentes, todas, pero algunas en particular, lo que daría consistencia a la experiencia de muchas mujeres y hombres y a las instituciones religiosas de quienes se encuentren en ellas.

EMOCIONES, MUJERES Y ESPIRITUALIDAD

He elegido solo algunas emociones, que considero más ligadas a la espiritualidad: el asco y la vergüenza, por una parte y la soledad,  admiración y sorpresa, por otro. Las primeras las quiero analizar desde una perspectiva de denuncia. Las segundas, como propuesta constructiva.

El asco es una emoción visceral, reacción ante estímulos asociados con el cuerpo. Su expresión física es el vómito. Tiene un componente cognitivo complejo vinculado al contacto contaminante. La compartimos con los animales para la defensa y la supervivencia. Su estrecha vinculación con las fronteras corporales, se amplía a lo simbólico y cultural. Percibimos asco sobre la base de las ideas que tenemos sobre los estímulos. Me invitan a comer y alaban la carne preparada; la pruebo y me gusta. Luego me dicen que es carne de rata. Seguro que vomito. Claro que, si me ha sabido y sentado bien ¿por qué vomitar? Por la información y la creencia de que las ratas, en general, son repugnantes y asquerosas. Es decir, por la dimensión psicológica cognitiva de la emoción del asco. Es fácil entender la relación entre asco y odio: basta manipular creencias. Sucede con emociones como la misoginia y la homofobia, la xenofobia y actitudes de rechazo visceral a personas, grupos, culturas y sociedades.

El asco es incompatible con lo humano. Cuanto más humano es un estímulo, menos asqueroso, más lejano a lo mortal y animal. Para crear odio visceral sólo hay que convertir la persona, comportamiento o grupo, en asqueroso, como saben los genocidas y misóginos. Se incide en las creencias profundas, se asocia lo no humano, mortal y contaminante, se deshumaniza y elimina la culpabilidad de odiarla. La pena de muerte, en sistemas democráticos incluso, maneja estos mecanismos eliminando la disonancia cognitiva. Una vez que el culpable es despojado de su humanidad, todo resulta muy sencillo. Esto es sumamente importante. No es nada fácil analizar nuestro asco ni mantenerlo a raya. Ordenamos el mundo de tal manera que colocamos fuera el objeto que produce asco, que es decir, debajo (jerarquización devaluativa), invisible, inexistente, degradado. Esto explica la idea (contenidos cognitivos emotivamente impregnados) patriarcal de que las mujeres y su sexo son sucias, que la sangre de la menstruación y el parto es impura. Explica su expulsión de una cierta idea (o sea, creencias cognitivas impregnadas de emociones) de lo sagrado, lo religioso, lo espiritual. Por ello, la misoginia, la xenofobia, la homofobia, son producto de una determinada manera de concebir la vida y la gente a partir del aprendizaje del asco.

Las leyes que rigen el mecanismo del asco son el contagio y la similitud, consistente esta última en asociar una forma que produce asco, con un contenido que produce agrado. Por ejemplo, un excelente chocolate en forma de heces. La forma anula el contenido. Sucede con la devaluación sistemática de lo femenino. Lo feminizado, lo que tiene “forma femenina” o la ha adquirido, como la medicina, el derecho…, es inmediatamente devaluado. Un caso interesante es el cuento de Bella y Bestia. El proceso de humanización de Bella sobre Bestia elimina el asco y todo lo repugnante y feo de Bestia. Este cuento sería feminista si tuviera su recíproco. Rompiendo la ley del contagio y de la similitud, podemos controlar el asco y por tanto el odio y la exclusión.

El asco es tan individual como colectivo. Por ejemplo, el trato a las prostitutas en la actitud del sistema jurídico. Mientras aparezcan ligadas a la degradación, habrá misoginia. De hecho, son los clientes los que se protegen de ellas, supuestas portadoras de contaminación y peligro. Su rehabilitación pasa por la percepción social de su humanidad. En la película Moll Flanders, la protagonista aparece como un ser humano víctima de circunstancias desgraciadas; su condición de madre es decisiva para convertirla en heroína. El proceso de asimilación de las mujeres a los hombres en el mundo político, laboral, social, es del todo insuficiente. Necesitamos operar una transformación cognitivo emotiva del asco subyacente en lo relativo a la hembra, lo femenino y las mujeres. No olvidemos que esto va de creencias, no de realidad empírica. Lo femenino, percibido primero como forma, degrada los contenidos y los coloca bajo sospecha. Lo femenino ha impregnado la espiritualidad de nuestro tiempo de algo vago, esotérico, trivial, degradando supuestamente la  espiritualidad. Las mujeres, con nuestras protestas y reivindicaciones, se nos dice, somos culpables del retroceso de la fuerza institucional de las religiones. Por lo tanto, no debemos infravalorar la asociación entre asco e identidad femenina y entre todo ello y la espiritualidad. Nos queda muchísimo que hacer. Las mismas mujeres nos encontramos dentro de esta trampa del patriarcado. En la religión católica el sacerdocio de mujeres puede o no ser una meta, pero sí debería serlo desactivar los fundamentos misóginos de asco en los que se sigue basando la exclusión.

La vergüenza originaria pertenece a la condición humana, pues deriva de la dependencia y la conciencia de debilidad de la infancia, experiencias muy ambivalentes, que explican la tendencia de esconderse de los ojos de quienes ven nuestras deficiencias. La vergüenza originaria, universal, se sustenta sobre la base del autoaprecio y autovaloración. La consciencia de nuestra imperfección asociada al impulso de curiosidad y exploración infantil, se vuelve problemática cuando refuerza su demanda de perfección y aumenta la intolerancia por la más mínima merma en el control propio o en cualquier imperfección. Es una vergüenza asociada al narcisismo y omnipotencia infantiles, que han de ir madurando. Mucha de esta vergüenza originaria se canaliza a través del cuerpo, marcada por diferencias de género que esconden juicios de valor. En las mujeres, se canaliza a través de la belleza física y la sexualidad. En los hombres a través de la fuerza física y la sexualidad. Las reacciones emotivas de los hombres ante la impotencia sexual conectan con la vergüenza originaria. Las alteraciones en la propia percepción corporal de la mayoría de las mujeres, también. El patriarcado, mediante sus diversas lentes culturales, ha utilizado esta vergüenza originaria para su sistema de control, pero a diferencia del asco, la vergüenza debe ser tratada más individual que socialmente. Lo social canaliza, interfiere, apoya… pero no sustituye el trabajo individual. Generalmente la sociedad manipula esta emoción mediante la humillación. Lo que más duele del trato a los prisioneros es su degradación mediante la humillación, recordemos Guantánamo, para los hombres, y, para las mujeres, las terribles variedades de violación de guerra que las degradan y humillan públicamente. El análisis de esta emoción exige revisar algunos supuestos de la espiritualidad, en concreto, de la religión católica, muy adherida a la humillación y a una comprensión negativa y manipuladora de la vulnerabilidad, de la vergüenza originaria, pues ha logrado darle la vuelta a su valor. Una emoción que nace y se desarrolla de manera positiva y orientada hacia el crecimiento de la autoestima, ha llegado a ser algo negativo que se debe negar o que se presta a la manipulación de otros para daño nuestro. El patriarcado, bien lo sabemos, ha rentabilizado la emoción de la vergüenza en el sometimiento de las mujeres. La espiritualidad que desarrolla y hace crecer lo humano no puede estar sustentada en la manipulación de emociones a las que se carga de creencias negativas y autodepreciativas. El contexto de cuaresma nos daría buenos argumentos.

Hay otras emociones a las que la espiritualidad feminista presta atención porque son creativas y potenciadoras para las mujeres. Una, egocéntrica (no confundir con egoísta) y otra, egocífuga. La primera, la soledad, la vincularemos a la imaginación. La segunda, el asombro y admiración, a su dinamismo.

Generalmente la soledad es entendida como un estado de la persona y, casi siempre de manera negativa, identificada con el aislamiento. Para mí es más compleja. La idea que circula sobre las mujeres implica que ellas no pueden soportar la soledad, pues creen que no es buena. Han de tener siempre una pareja, mejor si es heterosexual, y parientes, sobre todo hijos, que le den su lugar en el mundo. Las mujeres, así, son definidas como “los seres para”, sobre todo para otros. El patriarcado considera que mujer y relaciones explícitas de amor romántico, de madre y cuidadora, van en el mismo paquete. Soledad suele ser equivalente a la ausencia de pareja. Esta falsa idea sobre la soledad hace estragos en las adolescentes y mujeres jóvenes hoy. La devaluación de la soledad influye negativamente en el desarrollo de la espiritualidad más sana y profunda.

La espiritualidad, en efecto, requiere el valor de entrar en la propia intimidad, sólo posible con el cultivo de la beneficiosa soledad, que no es ese tiempo que una mujer decide pasar en un monasterio o en un lugar apartado, para encontrarse consigo misma, sino aquella que la niña ha aprendido en la presencia silenciosa de su madre con apenas un año de vida, ese estar sola en presencia de su madre, como dice el psicólogo Donald Winnicott. Es decir, esa experiencia en la que la niña se ocupa de sus propios proyectos y no demanda la atención continua y protectora de su madre. Se refiere a la capacidad, abierta por la imaginación, de permanecer en una soledad habitada, acompañada. La espiritualidad implica esta capacidad humana universal. De hecho es la experiencia recibida de multitud de mujeres que, en el pasado y en el presente, han cultivado su espiritualidad religiosa: estar en soledad ante una presencia positiva que les permite autoexpandirse, crecer individualmente y ejercer una influencia, diversificada, creativa y benéfica en su entorno. Ciertamente, una madre y/o un padre invasivos dificultan sobremanera el aprendizaje del mundo interior, pero siempre hay nuevas oportunidades. En ese mundo interior, normal y sanamente estructurado, se abre un espacio para la confianza que paradójicamente cuando se interioriza es de naturaleza expansiva, egocífuga o externa. La ausencia empírica de la madre no provoca miedo en la niña. Su madre está con ella y en ella, primero físicamente y luego en su imaginación, como parte de su mundo interior, y esa presencia interna es, entre otras cosas, portadora de confianza y de protección. Cuando la madre aparece, la niña siente verificada su experiencia y paradójicamente refuerza su emoción de soledad. Hay condiciones en que la ausencia es portadora de aflicción y de miedo, la otra cara de la soledad, pero la ausencia implica una experiencia de presencia en la sucesión temporal. Winnicott indica que este aprendizaje va unido al de la incertidumbre en su doble cara de temor y de impulso a la exploración y el descubrimiento. De lo bien o mal estructurada que esté la soledad primigenia, de la capacidad que vaya creando en sí misma para un mundo interior rico y poblado, de la fuerza y creatividad de la imaginación en todo este proceso, dependerá en gran medida el tipo de emoción de soledad que predomine. A mayor capacidad de soledad mayor capacidad y riqueza emocional. No es preciso descender a las implicaciones de esta emoción que crea un estado y abre un territorio interior, en la espiritualidad habitada por la presente ausencia de la divinidad.

La espiritualidad de las mujeres habla de su mundo interior, de su riqueza o pobreza, de sus temores y sus condiciones para la vivencia de la soledad positiva. El mundo espiritual puede pasar por un período de vacío y oscuridad, pero normalmente es un mundo poblado y ancho, en el que se aprende a traspasar todo tipo de barreras, porque la imaginación no conoce límites y la mente y el alma se nutren de ella.

Cualquier institución religiosa que limite el mundo interior de las mujeres está limitando el poder de su espiritualidad. Las instituciones han tenido miedo de las mujeres solas, de aquellas que se sumen en su mundo y disfrutan de él sin control externo. La buena soledad de las mujeres es una emoción potentísima. Su vientre mental, el útero de su alma que gesta mundos vivos. La psicología de la religión, estudiando las sectas del pasado y del presente, describe la eliminación del mundo interior propio y singular de sus miembros como una técnica de manipulación y sometimiento, al impedirles el silencio y la soledad, al mantenerlos continuamente activos, al interrogarlos y despojarlos de su pasado y las personas afectivamente significativas, premiando las relaciones con los miembros de la nueva comunidad y la cita repetitiva de sus eslóganes, sin derecho a preguntas ni cuestionamientos. Modifican su mente eliminado o reprimiendo los contenidos de su mundo interior, y repoblándolo con ideas ajenas, personajes nuevos, nueva comunidad o familia y, especialmente, el líder al que debe culto y obediencia ciega. Modifican los contenidos cognitivos, pero sobre todo las emociones y convierten la soledad y la imaginación en enemigos propios y ajenos. Seguramente la descripción de estas tácticas recuerda algunas empleadas por los maltratadores con sus víctimas. ¿Puede extrañarnos que exista una fuerte demanda de espiritualidad, en una sociedad que nos somete condenando la soledad y el cultivo del mundo interior y es reacia a la singularidad a pesar de que el modelo antropológico se orienta a ella?, ¿nos extraña que sean las mujeres las que mayoritariamente expresen esta demanda?, ¿no resulta coherente que en muchos sectores se opongan religión institucional y espiritualidad, cuando las instituciones reprimen y descalifican los logros emancipadores de las mujeres que, en cambio, parecen potenciar el descubrimiento de la espiritualidad? Tal vez por ello tenemos la impresión de que a menos religión más espiritualidad y al revés. Es debido a la actitud institucional religiosa ante la espiritualidad.

Esto nos lleva a subrayar la naturaleza democrática de la espiritualidad. Al ser una instancia antropológica universal, tener una expresión plural, implicar al mundo interior, imaginativo y libre del individuo, choca con las instituciones religiosas configuradas sobre la estratificación jerárquica y el control. Sin embargo la historia de las religiones nos informa, también, de que es para ellas un correctivo necesario, un saneamiento de sectores amplios que vuelven sus ojos hacia sus mejores orígenes. Por eso no pueden oponerse espiritualidad e institución religiosa. En muchos momentos, la institución ha sido el cauce de expresión y expansión de una cierta espiritualidad. Los problemas provienen de los intentos de control que reaparecen continuamente y del choque entre espiritualidad de mujeres y patriarcado institucional.

¿En qué afecta esta manera de comprensión de la espiritualidad a la teología feminista? La espiritualidad dota de amplitud y hondura cognitivo emotiva a la teología. Ésta ajusta y reajusta esos contenidos, los formula, ordena, amplía y fundamenta, así, en una tradición religiosa determinada, la espiritualidad que la atraviesa. No puedo entender una teología ajena a las emociones humanas, las de quienes pensamos y escribimos teología y las de quienes la aprenden, reciben y la hacen suya críticamente o simplemente se sirven de ella como punto de partida para el desarrollo del propio pensamiento y de la propia experiencia espiritual y religiosa.

En la perspectiva que hemos aprendido, no se da una relación de continuidad y retroalimentación entre el cultivo del mundo externo, con sus valores y sus causas, y el del mundo interno, de corte subjetivo y, supuestamente egocéntrico. Existen dos emociones, la sorpresa y la admiración, estrechamente ligadas entre sí, que posibilitan el flujo y la retroalimentación dentro-fuera, pero que se diferencian del asombro. [No son sinónimas. La sorpresa se refiere al impacto que alguien recibe ante un hecho inesperado, que puede provenir de dentro, aunque la mayor parte de las veces llega de fuera. La emoción de la sorpresa parece espontánea, pero tiene su estructura. La aprendemos en la infancia gracias a la curiosidad ante el entorno que nos rodea. Cuando aprendemos a distinguir entre lo de fuera y nosotros/as mismos/as creamos poco a poco un espacio psicológico interno para el descubrimiento y su correlativa sorpresa. La sorpresa es la emoción que impregna el descubrimiento de una realidad no esperada. Supone en el ser humano una grieta para lo imprevisto y lo incierto, confianza en lugar de temor, supone superar el control. Es un conjunto de dinamismos que sacan de sí al sujeto y cuyo mensaje predominante es que el mundo es positivo y merece la pena, que lo son las personas y el cosmos, que hay una realidad externa autónoma que demanda una relación ajena al propio control.

En la primera infancia, la relación con los elementos sorprendentes de la realidad externa se manifiesta de forma animista, que es una manera de proyectar la propia vida en aquello que nos sorprende. Generalmente el animismo se supera en las fases propias del desarrollo y maduración, y la sorpresa recupera su condición gratuita. Queda, sin embargo, la experiencia de un mundo animado que el ser humano adulto puede manejar de diferentes modos: mediante el intento de control, mediante la represión ante la dificultad de soportar la incertidumbre, estableciendo la capa defensiva del escepticismo, colocándole por encima, en la creencia de que nada puede ya sorprenderle… O por el contrario, puede manejarla como impulso abierto a la curiosidad, apertura al descubrimiento, la concepción de un mundo ajeno, al que respeta pero con el que se puede comunicar. La sorpresa, por tanto, es un factor positivo y transformador para quien cultiva su mundo interior y le permite ser llamado, tocado o impactado desde fuera. Esta persona tiene estructurada su capacidad para la alteridad sin límites mentales ni negaciones por escaparse al control empírico.

La sorpresa es una emoción puente que conecta la realidad de fuera y la de dentro. Se caracteriza por su actitud abierta e incierta. La admiración se caracteriza por el impacto que recibe alguien de un objeto externo a sí, algo o alguien, con o sin sorpresa. Generalmente después o contemporáneamente a la sorpresa. Es un juicio de valor positivo ante una realidad externa a sí. La admiración puede sacar de sí al sujeto, pero es ambivalente. Podemos admirar, proyectando algo propio. Cuando la admiración persiste tras haber superado la fase proyectiva, se convierte en una emoción transformadora para el objeto admirado que, dependiendo de su naturaleza, reacciona en un proceso de retroalimentación positiva. La admiración conecta con la actitud gratuita ante la vida, lo pequeño y lo inmenso.

Una espiritualidad que impregna el propio mundo interno está abierta a lo exterior, abre su espacio a la sorpresa que estimulará sus propias reacciones. Si le sorprende la injusticia, la energía emotiva de la sorpresa impulsará conductas justas o la lucha por la justicia. Si le sorprende la bondad y generosidad de los pobres, quedará impactada y su juicio positivo de valor reforzará los valores propios de la bondad y la generosidad y expresará un mensaje con su actitud respecto a las personas concretas que la han sorprendido y al mundo de los pobres. La raya que separa la emoción de la sorpresa, de la ingenuidad puede ser delgada, pero sólo en el caso de que  la espiritualidad de la persona sea débil y superficial.

Una espiritualidad cualificada por la admiración aprende un modo nuevo de discernimiento, más ponderado y sereno, ante la realidad. La admiración puede convertirse en un camino hacia la contemplación. Es una espiritualidad positiva, constructiva, de cualidad mística. El reconocimiento del otro o lo otro por sí supone esa distancia que puede provocar admiración. El objeto de la emoción puede ser una obra de arte, un manuscrito antiguo, un acontecimiento de la historia, un personaje, un rasgo de una persona, un discurso, una obra terminada, un pueblo, la acción divina, D*s mismo…

Las mujeres con una espiritualidad admirada pueden ser descalificadas por parte de quienes siguen viendo esa fina línea que separa esta emoción de la ingenuidad. No nos engañemos. La historia y nuestra propia biografía nos muestran cumplidamente la capacidad de admiración de las mujeres. De hecho los varones han necesitado hasta hoy la admiración de las mujeres, sus madres, esposas, hijas, amigas y colegas para reforzar su propia identidad, algo que es sumamente problemático, pues la deuda inconsciente se convierte en resentimiento contra ellas y el resentimiento tiene muchas y destructivas formas de expresión, unas abiertas y explícitas, y otras, las más, sutiles e implícitas. La creatividad y la seguridad de la mayoría de los varones han estado alimentadas por la admiración de las mujeres, que, por desgracia, no tenemos la misma historia. Ellos han admirado en las mujeres la belleza a partir de un canon predefinido por el sistema patriarcal, y han admirado la maternidad y la capacidad de cuidado. Algunas mujeres, excepcionales, han sido admiradas por un círculo de hombres y han florecido. La pregunta es ¿cuántas mujeres hemos crecido y madurado impulsadas por la admiración de otras mujeres, sin que se haya reducido a rasgos supuestamente propios del género, como la belleza, la gracia o la habilidad para seducir…?

La emoción del asombro es una emoción gratuita, saca de sí al sujeto, un paso por delante de la sorpresa y cualificando una posible admiración contemplativa unida, a menudo, a una mayor o menor exultación. El asombro en un primer momento suspende el juicio y luego lo expande sin medida. La filósofa Martha Nussbaum cree que el asombro ayuda a traer objetos distantes hasta el ámbito del esquema de objetivos de una persona y ve una estrecha relación entre este impulso y la habilidad empática, pues mediante la empatía una persona abandona su mundo, en cierto modo, para colocarse en el de otro, y está comprobado que las mujeres hemos desarrollado más capacidad empática que los hombres. Esta correlación apunta a que el cultivo de la empatía favorece el asombro, y viceversa.

Es la emoción que mejor le va a la espiritualidad religiosa, tanto a la que cree en una divinidad personal, como a la que no. Tiene la capacidad de suscitar interrogantes acerca del objeto por el que se siente tal emoción. El asombro como emoción religiosa acompaña en los evangelios, por ejemplo, a los milagros, pero los narradores lo centran mucho más en la persona y autoridad de Jesús, o en otra persona, que en el acontecimiento mismo. Según lo veo, es una emoción orientada hacia las mediaciones, es decir, hacia aquellas personas y acontecimientos que pueden o no poner al sujeto en contacto con la divinidad. Esto me lleva a aceptar la distinción que hace Nussbaum entre el asombro y el temor reverencial, que es una emoción religiosa, dirigida específicamente a lo sagrado. Ella, relacionando emoción y reacción corporal, dice que el asombro pone de pie y el temor reverencial de rodillas. En los evangelios, curiosamente, aparece mucho más la emoción del asombro que la del temor reverencial. La condición indirecta del asombro en lo religioso y espiritual está en consonancia con el espíritu de libertad e inteligencia que recorre los evangelios, con la idea de la fe que se desprende de ellos. El asombro deja la puerta del alma abierta a lo espiritual y a lo religioso, pero no lo impone. Según los evangelios para que sea un canal de comunicación con la divinidad necesita de la fe y la fe sin la libertad es una creencia peligrosa. En más de un pasaje evangélico el asombro sigue un proceso que va del hecho a la persona y desde ésta remite a la divinidad considerada fuente de lo acontecido.

En nuestro momento histórico esta emoción del asombro, en términos generales, se encuentra con una dificultad: el desencantamiento del mundo, percibido como opuesto a la individualidad o conquista del yo, la separación radical entre ambos, jerarquizada en un intento absoluto y muchas veces destructivo de control, en el que el asombro sólo cabe en los descubrimientos científicos, como si la lógica de la ciencia estuviera despojada de las emociones y sus creencias y como si en ella hubiéramos domesticado el asombro. Éste, sin embargo, puede tener una de las llaves con las que abrir una manera nueva de integrar la conciencia del yo individual con la conciencia del mundo, de la naturaleza, de la historia y del cosmos. Aceptamos que la historia resuena en la cultura y ésta en la biografía individual. Aceptamos que el cosmos influye en el entorno (ahora el cambio climático) y puede modificar múltiples cosas de nuestras vidas, pero nos resistimos a ampliar la conciencia fuera de nuestro yo. Si esto es así, debemos aceptar que el mundo externo es ciego e irracional. La misma ciencia desmiente estas creencias. Hay grupos, todavía minoritarios, que trabajan en la expansión de la conciencia como una manera de abrir el espacio espiritual, y aunque en ellos se encuentran muchas mujeres, los más prestigiosos están liderados por hombres. Dice Richard Tarnas que la sabiduría humana y humanista requiere tener en la conciencia múltiples realidades a la vez, aceptar que, como ya decía Jung, hay verdades opuestas que siguen siendo verdades y cuya conjunción puede originar una verdad superior. Aceptar la existencia de verdades paradójicas y no sólo lineales y excluyentes.

Teología, espiritualidad y emociones bajo la perspectiva metodológica

En los movimientos conservadores del catolicismo, por lo que conozco, lo emotivo se encuentra mucho más desarrollado que lo cognitivo, que no sólo es raquítico (sus procesos de formación son reiterativos y dogmáticamente cerrados), sino incapaz de acompañar un proceso evolutivo de crecimiento espiritual y de fe. La teología de estos movimientos es rígida, y más con las mujeres. Presentan una imagen de un Dios controlador, del que sin embargo, se predica constantemente su misericordia y bondad. La dimensión controladora, se canaliza a través de sus dirigentes y se exterioriza en la exposición de la debilidad, la indefensión, y la vergüenza, sobre un fondo de antropología pesimista. Son rasgos que hipertrofian las emociones y atrofian la teología de fondo. Es esta una espiritualidad emocional, prácticamente sin teología, con un alto riesgo de fundamentalismo y fanatismo.

Fuera del ámbito cristiano no es raro encontrar movimientos de mujeres, autodenominados feministas, incluso, en los que abunda lo opuesto, es decir, las emociones sin teología, sin un esquema cognitivo de creencias coherente y fundado, ni siquiera cuando hay un intento de fundamentarse en la tradición. Desgraciadamente, las emociones sin teología abundan en los movimientos cristianos de mujeres, en los grupos alternativos de otras religiones o en los que no son religiosos. No extraña que en estos casos, la tendencia al fundamentalismo y fanatismo se canalice a partir de la clausura de los grupos, mediante la creación de una frontera entre las de dentro y las de fuera. El riesgo mayor se encuentra en la misma la exaltación emotiva acrítica, en la separación e incluso rechazo de la reflexión, o en una reflexión superficial.

En otros casos, incluso en la TF, se produce el riesgo contrario, la elaboración de un corpus teórico sólido en el que no entran las emociones. La teología es siempre un discurso abierto, sin terminar. En el momento en que se cierra, aunque sea un discurso progresista, ahuyenta la posibilidad de expansión creativa. En la TF el punto de partida de la experiencia es un correctivo a su clausura. Las teólogas feministas, por lo general, somos teólogas apasionadas, lo que no garantiza la calidad de la reflexión, sino su condición respecto a la propia persona, la vida y el resto de la realidad. La pasión canaliza la debilidad humana y la indefensión, revistiéndola de fuerza y creatividad.

La espiritualidad es demandada por numerosas personas, mujeres en su mayoría, porque, a diferencia de las religiones, posee un carácter democrático inherente. De ahí uno de sus grandes conflictos, en la historia y en el presente, con las instituciones religiosas, jerárquicas y antidemocráticas, características que hacen derivar de la teología en la que se sostienen, es decir, en un Dios representado como el Padre de los padres, generador de una realidad de representaciones propias jerarquizadas y, por ello, de un sistema de mediaciones cargado de interferencias. No me detengo aquí porque es un tema ampliamente estudiado. Quiero referirme, especialmente, a las implicaciones políticas (y se entiende que me refiero con “políticas” a un concepto amplio y en un contexto comprehensivo democrático, como punto de partida) de la espiritualidad.

En primer lugar, la espiritualidad que abre y cultiva un espacio interior convierte a las mujeres en ciudadanas más sólidas, maduras y humanistas. La cualidad de sus perfiles y de su acción sobrepasa con mucho lo meramente individual para afectar a la familia, pareja, trabajo, proyectos, ocio…

En segundo lugar, la conquista de su soledad positiva y creativa las va configurando como sujetos difícilmente manipulables y como sujetos con posibilidades creativas que pueden crear, cambiar, modificar mundos. No importa el lugar que ocupen en la escala social o laboral. Su influencia será notoria.

En tercer lugar el cultivo de la espiritualidad irá horadando la capa de positivismo empirista que nos envuelve dejando a la luz sus mentiras. No sólo existe aquello que se ve y se toca como el patriarcado dice que se ve y se toca. Lo que existe sigue siendo una incógnita y no es reductible a ningún método con el que abordarlo. Muchas mujeres tenemos claves metodológicas y epistemológicas más eficaces que las que son presentadas al público general, e incluso al especializado. El desafío está en la manera en que esto se va realizando y en la manera en que lo presentamos para que vaya calando, todo ello en el respeto más verdadero, en la sugerencia más que en el direccionismo…

El tipo de emociones implicadas en la espiritualidad y la teología, es el de las expansivas del yo. Recupero aquí las emociones del asombro, el amor y la gratitud. El ámbito de la soledad positiva para las mujeres, la necesidad de contenido cognitivo en las emociones que impregnan la espiritualidad y derivados o resultados como la curiosidad y la creatividad.

El asombro puede ser una respuesta emotiva a una realidad que sobreviene y sobrepasa al sujeto, sin necesidad de que sea empíricamente demostrable. Al sacarle de sí, expande su persona y tras una primera acogida de esa realidad, que con frecuencia supone la implicación corporal del impacto (pensemos en experiencias místicas, por ejemplo, o en alteraciones ante un determinado descubrimiento), el sujeto puede decidir entrar en contacto con ella. Si esto se produce pueden ocurrir muchas cosas. Una TF que dé cabida al asombro es, por definición, una teología abierta y con capacidad expansiva, una teología que parte de la realidad y está en ella pero a la que los árboles no impiden ver el bosque. Una teología autocrítica y buscadora por definición. Aquí me encuentro con una dificultad que no sé resolver. Mi teología, dado que se inscribe en un contexto secular, busca la secularidad en la tradición cristiana y en sus fuentes. Mis trabajos exegéticos con textos de la BH y de los evangelios me han reportado no sólo descubrimientos puntuales en este sentido, sino el hallazgo de una línea de secularidad que atraviesa de la primera a la última página de las Escrituras. Junto a ella, exceptuando algunos evangelios, se encuentra la otra línea transversal de lo sagrado. Lo mismo que encuentro ahora. Sólo quiero nombrarlo. Lo secular y lo sagrado son pilares ambos antropológicos y a mi me cuesta casarlos. Mi tendencia se orienta a descubrir más la transversalidad de la secularidad, pues ella conecta mejor con las grandes conquistas de las mujeres, porque en ella late la libertad, la indirección, la importancia del sujeto como agente de sí y de su búsqueda, porque en ella tiene lugar la fe opuesta a la evidencia, porque encuentro el inmenso valor de la autonomía de la realidad y tras ello una divinidad en la que el mundo y el cosmos pueden “jugar e imaginar en soledad positiva en presencia de su madre”. No obstante, soy de las personas que se emocionan con la sensualidad específica de lo sagrado: el olor, el sonido, el ritmo, el rito, la música, el espacio, la estética… y que no se permite la nostalgia porque cree en la posibilidad, no sé si inmediata, de una recreación distinta por parte de las mujeres. No creo que debamos caer en el mismo error en que cayó la teología de la liberación al ignorar la necesidad de espiritualidad y de ritos celebrativos del pueblo. No sé cómo hay que hacerlo, pero hay mucha demanda que las instituciones religiosas (iglesia católica, anglicana, budismo tibetano, por ejemplo) están aprovechando, y que no debemos descuidar.

La TF presenta desde hace décadas una imagen y representación de la divinidad, de Dios o de su Ruah como Alguien vulnerable y emotivo. Las Escrituras lo presentan como un personaje complejo difícilmente clasificable. Un Dios que se indigna, airado y furioso muchas veces con su pueblo y con los considerados enemigos. Un Dios, también, capaz de asombrarse, de exultar ante determinados logros, una divinidad que sabe de la complacencia y el placer, que sufre celos y es tierno y compasivo… El Dios de Jesús y Jesús mismo es emotivo casi siempre con emociones positivas, en una selección de las representaciones de las imágenes de la religión judía.

Por tanto, y concluyendo:

Una teología básicamente secular, crítico-constructiva y humanista. Una teología feminista de cuyas características he hablado en muchos momentos y no considero necesario repetir.

Una espiritualidad individual, autoexpansiva, a la conquista de una soledad positiva y un rico mundo interior, una espiritualidad democrática y de implicaciones políticas, una espiritualidad holística que abarque cuanto sea posible el conjunto de la realidad, una espiritualidad vitalista, inclusiva e igualitaria, una espiritualidad fundada en cimientos sólidos, de carácter liberador y transformadora.

Unas emociones impregnadas de contenidos cognitivos sometidos a la crítica constructiva, de unas creencias no dadas por supuestas. Unas emociones autoexpansivas y liberadoras, que, en lo que se refiere a la espiritualidad y la teología se concretan en el asombro, el amor y la gratitud, específicamente, pero que integra la aflicción y tiene a raya el asco y la vergüenza originaria, que es decir, el odio, la exclusión y la humillación. Una espiritualidad digna y humana que dignifica y humaniza.