Conferencia de Mercedes Navarro Puerto

CONFAR, Capital Federal

30/05/2015

Fidelidad y vida religiosa

 

La palabra y el concepto “fidelidad” no tienen buena prensa hoy. En esta sociedad nuestra predomina un claro escepticismo sobre la posibilidad de los humanos para ser fieles. A primera vista parece más normal y cotidiana la frecuencia de la infidelidad cuando se habla de relaciones, sobre todo de relaciones de pareja, pero se extiende también a las de amistad e incluso al compañerismo. Está, además, en el fondo de esa incredulidad con la que miramos las fidelidades de los sujetos a ciertas instituciones, baste pensar en los partidos políticos, las asociaciones, las organizaciones altruistas, las iglesias y otras instituciones religiosas. No obstante, como diré más adelante, si horado la capa del escepticismo encuentro anhelos y deseos profundos que no encuentran todavía las palabras con que decirse, pero que apuntan en la dirección de la fidelidad. Tal vez no sea nada nuevo. Tal vez solo suceda que se han roto las bridas con las que conteníamos los deseos. Se han levantado las vedas de las normas y la rigidez y tenemos la impresión de que solo aparece lo que ya existía. La necesidad de ciertas instituciones de recuperar esas bridas y poner nuevos frenos o recuperar las rigideces de antaño parece confirmarlo. Lo confirma, aparentemente, el dato de que existen muchas personas aliviadas de tener que lidiar consigo mismas y están contentas con los muros de contención que les obliga, eso sí libremente, a ser fieles.

Sin embargo, las cosas no son tan simples. Por el contrario asistimos a un conflicto entre concepciones antropológicas diversas de talante pesimista y de colorido optimista que chocan entre sí, que conducen a elegir modos de vida con frecuencia opuestos.

En lo que sigue deseo presentar algunas reflexiones que nos ayuden a pensar, comenzando por describir, siquiera someramente, algunos rasgos de esta sociedad en la que parece haberse diluido todo asomo de permanencia, de durabilidad, de perseverancia, que aunque son términos que no equivalen a fidelidad tienen relación con ella.

El contexto actual de la VR femenina

Los datos sobre la VR de las mujeres hoy no parecen muy boyantes. Además de la drástica disminución de candidatas en la inmensa mayoría de las congregaciones, contamos con el goteo constante de las salidas que, en muchas ocasiones asociamos a la falta de fidelidad o la dificultad de fidelidad de las mujeres, sobre todo las más jóvenes. Estos datos, como cualquier dato de la realidad, pueden ser interpretados de diversos modos.

La primera observación que se deduce de su estado actual es, por tanto, la de su tamaño. La VR de las mujeres ha sido un estilo de vida que en el siglo XIX adquirió enormes dimensiones. No es este el lugar para explicar un fenómeno nuevo en la historia de la iglesia, pero hay que decir que tiene su razón de ser en el momento en que se crean tantas nuevas congregaciones de mujeres. A ese momento le sucedieron otros y, de unos años acá, las religiosas, en el nivel interno de percepción, y muchos otros miembros de la Iglesia y de la sociedad han tenido la impresión de que es un modo de vida que se termina. Muchas congregaciones desaparecen, otras viven una angustiosa agonía, algunas se unen a otras de espiritualidades similares… Los indicios de vitalidad renovada están ahí, aunque son pequeños y pasan inadvertidos a gran escala. Esta recuperación, sin embargo, lleva la marca del cambio de época.

La VR de las que todavía quedamos y de las mujeres que se van incorporando no será numerosa. Estamos en otro momento histórico social, pero además hablamos de un estilo de vida que no tiene por qué ser cuantitativamente numeroso. Es más, desde mi punto de vista, no debería serlo ya nunca más. Por su propia configuración, dentro y fuera de la Iglesia, es una forma de vida minoritaria. Su número seguirá bajando, pero no su expansión. El valor de su difusión por todo el mundo es significativo, entendiendo este rasgo en su dimensión teológica. Nunca como ahora advertimos el valor de la inclusividad y la universalidad que implica que tanto la VR activa de las mujeres, como la monástica y conventual se encuentren en todos los continentes y estén constituidas por mujeres de todas las razas y culturas. No es garantía de universalidad, pero sí un signo de ella. No significa que toda la vida religiosa sea universal, pero sí que en muchos casos y, siempre, puede llegar a serlo.

Conviene distinguir algunos términos que, como decía, se prestan a confusión.

En una mirada amplia descubro que en los medios de la VR de las mujeres la palabra “fidelidad” suele intercambiarse frecuentemente por el término “perseverancia”. Se habla de perseverancia dando a entender fidelidad y se habla de fidelidad como sinónimo de perseverancia. Y en los casos en que se distinguen entre sí, se les relaciona de manera tan estrecha que difícilmente puede darse la una sin la otra. La fidelidad, en estos contextos, no se entiende sin la perseverancia. La perseverancia, por su parte, se percibe como el signo por excelencia de la fidelidad. Las celebraciones de los 50 años de Vida Religiosa, ahora tan frecuentes, hacen patente tanto la equivalencia de los términos como, en su caso, la relación entre ellos. La mayoría de las veces se habla de fidelidad cuando, de hecho, lo que se quiere decir es perseverancia.

Esta sinonimia no es inocua. El efecto de tal confusión sobre el sentido de la fidelidad es empobrecedor y reductor. La sinonimia ha sometido el concepto y el valor a un proceso de vaciamiento, de manera que, como aparece a menudo en el entorno en el que vivimos, resulta difícil entender su importancia. Este efecto no se reduce al área de la especulación dentro de la VR, sino que tiene repercusiones en la vida práctica. Una de las consecuencias de dicha reducción, por ejemplo, es que impide percibir fidelidad en actitudes y conductas que comprometen la perseverancia. Y, a la par, empaña la mirada y dificulta percibir en la mera perseverancia todo lo que hay de infidelidad. Son, por tanto, muy graves las consecuencias que se derivan de la equivalencia de los dos términos.

El efecto reductor y de vaciado de sentido también se nota en la comprensión estereotipada de la perseverancia. Esta no es un valor, como lo es la fidelidad, sino una actitud y el resultado de la acción de permanecer, independientemente de lo que ello signifique. De la palabra perseverancia, en este momento de la VR (y permítaseme generalizar), se han eliminado todas las connotaciones relativas al cambio, de manera que perseverar, que de por sí, hay que repetirlo, no habla de formas y modos, sino solo de duración temporal, se ha vuelto rígida y pobre. El reduccionismo a que ha sido sometida cada una de las palabras tiene un efecto sobre la otra. Como suele ocurrir con los términos desgastados, es difícil devolver a la fidelidad y a la perseverancia su peso y su importancia. A veces, las palabras desgastadas se pueden sustituir por otras, pero hay ocasiones en que no es posible sin arriesgarse a perder su rica semántica, su valor conceptual e, incluso, su importancia histórica. Dado que no encuentro un término capaz de sustituir a “fidelidad”, me propongo indagar sobre su sentido partiendo de su condición temporal.

El reduccionismo del que hablo, es necesario aclararlo, no es producto directo de los momentos más importantes de la historia reciente de la Vida Religiosa. Como vamos a ver, hace cincuenta años la fidelidad no estaba reñida con el cambio, sino todo lo contrario. Eso vino después.

En el contexto actual hay que incluir el uso que se viene haciendo desde hace cincuenta años de la fidelidad dentro de la reflexión y la teología de la VR. Ella, la fidelidad, fue el motor que dio impulso a los grandes desafíos del proceso de aggiornamento posterior al Concilio Vaticano II. El esfuerzo, el trabajo, la valentía con los que la inmensa mayoría de las congregaciones religiosas de mujeres de vida activa, así como la mayoría de los monasterios y conventos de clausura, afrontaron dicho aggiornamento merecen mucho respeto y producen una gran admiración. Las religiosas y las monjas se pusieron a la tarea de inmediato y enfrentaron los conflictos y las crisis que se fueron sucediendo en el período del postconcilio. No se puede hablar de fidelidad y VR de mujeres sin tener, como trasfondo, esta parte de su historia reciente. Aunque suele ser un lugar común contraponer fidelidad a cambio, en este proceso parecía fuera de lugar hacerlo. El postconcilio se hizo sobre la base de cambios que traducían el imperativo del cambio según los nuevos tiempos.

Las cosas, como bien sabemos, no fueron fáciles. Los nuevos aires sobre fidelidad y cambio, anclados en lo que entonces era la apertura a los signos de los tiempos, tuvo sus pensadores y estos, a su vez, tuvieron sus divulgadores, cuya casi totalidad fueron varones. A pesar del sesgo machista de dicha teología, las mujeres no siguieron el mandato a la letra y muchas, individual e institucionalmente, a la luz del feminismo, introdujeron cambios sorprendentes. La fidelidad de las religiosas, tanto de muchas instituciones, como de las mujeres concretas, las condujo a decisiones osadas y proféticas, decisiones que a muchas, en uno y otro nivel, les pasaron “factura”, es decir, decisiones que tuvieron consecuencias no esperadas por los estamentos eclesiástico-clericales, esos mismos estamentos que, incluso, las animaron a ello.

Pero, en seguida, la institución eclesiástica clerical puso freno a este impulso vitalista y creativo. Este freno incluye el intento de fallida renovación que acuñó la expresión “fidelidad creativa”. En realidad, la fórmula generó mucha literatura y poco cambio. Los procesos de cambio real que todavía seguían en curso ya habían sido iniciados y continuaban no por el supuesto impulso de la “fidelidad creativa” y las reflexiones en torno a ella, sino por esa fidelidad primera surgida del Vaticano II y por necesidad, porque los cambios sociales y el cambio de época que se ha introducido en poco tiempo y sin permiso piden urgentemente cambiar, adaptarse. En la mayoría de los casos, sin embargo, fidelidad se sigue vinculando con la permanencia de las religiosas en sus respectivas instituciones, con la perseverancia y con la santidad.

El término

Fidelidad proviene del latín fidelitas, que, según el diccionario de la RAE significa en su primera acepción “lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona”. Su relación con la fe es también relación con las creencias y con el grupo de creyentes. Así solemos entenderlo cuando para hablar de este último grupo decimos “los fieles” y, a veces, de forma redundante, “los fieles creyentes”, reforzando enfáticamente la dimensión de la fe. Existe, por tanto, una estrecha relación entre fidelidad y fe. La fidelidad se relaciona con el hecho de fiarse de alguien. Fiarse, tener(le) confianza. La fidelidad, por su relación con la fe, con la adhesión incondicional a alguien (también a algo), está unida a la confianza. Sin confianza no se entiende la fidelidad.

Las acepciones de la fidelidad nos llevan a distinguir dos niveles, al menos, que estando conectados entre sí no son reductibles el uno al otro. El primero es el nivel individual: quién es fiel y a qué o a quiénes. El segundo es el institucional: qué grupo, con qué ideología, sobre qué aspectos es fiel y exige fidelidad. La persona que profesa fidelidad o que jura fidelidad, puede hacerlo fuera, al margen o dentro de una institución. La institución, inconcebible sin sus miembros, es o puede ser la depositaria de la fidelidad de sus componentes, de una determinada ideología, de un sistema de creencias o, simplemente, de unas normas de conducta a las que se exige a sus miembros ser “fieles”.

La sociedad líquida

Nuestro tiempo vive bajo el signo de la “liquidez” y nuestro mundo, como apuntamos, es un “mundo líquido”, en el que todo es cambiante y fluido. La liquidez tiene que ver, especialmente, con su capacidad para tomar la forma del continente. Este rasgo centra la atención en quién crea el continente, para qué o con qué función lo crea, de qué forma lo crea y para qué fluido. Desarrollar aquí todos estos aspectos nos llevaría muy lejos.

Sin embargo, por lo que puedo observar, la experiencia de esa fluidez continuada tiene que ver con unas expectativas e incluso, con la creencia de que nada dura. Es una experiencia inducida en la que los intereses del mercado, del capitalismo neoliberal, son prioritarios. En realidad, estas expectativas se convierten en ansiedad anticipatoria y todo ello funciona como la profecía auto cumplida. En el momento en que se escarba un poco, descubrimos un trasfondo distinto, un trasfondo en el que existe una profunda necesidad de durar, de que algo dure, de que las cosas tengan consistencia y no se terminen en seguida, de que la propia identidad tenga elementos estables. Confundimos las sensaciones, que son puntuales y fugaces, con las emociones que tienden a durar. Por dentro, los seres humanos de nuestro mundo queremos que haya continuidad en el cambio.

A pesar de que en ciertos ambientes la fidelidad está devaluada y privada de sentido, a pesar de que se la contrapone a una cierta manera de entender la libertad, observamos que, por regla general, la sensación de infidelidad está vinculada a la sensación de fracaso. Tal vez no podamos hablar de sentimiento de culpa, pues la sociedad permite e, incluso, aplaude la infidelidad, pero sí de otros sentimientos y de actitudes que dan que pensar.

Uno de estos sentimientos es el de una especie de fatalismo o de inevitabilidad. Llega a decirse, incluso, que la fidelidad no es propia del ser humano. Detrás de esta afirmación suele esconderse una cierta dosis de resignación: somos así, no podemos ser de otro modo. Negamos al ser humano su capacidad de cambio evolutivo, el cambio que no es de usar y tirar, que se puede transmitir a las generaciones futuras. Y de esta manera, pensando que es humano equivocarse y errar y es más humano cambiar y reemprender la vida, ya sea en el ámbito de las relaciones (afectivas, de pareja, de amistad), de la política (cambiar de partido, de ideología…), de la cosmovisión (religiosa, atea, filosófica…) incluso, intentamos justificar la dificultad para ser fieles. El fatalismo o ese cierto determinismo son la cara negativa, el fracaso de una tendencia. Esta tendencia no lograda a la que hay que resignarse y que es preciso justificar va en la dirección contraria. “Yo quería, pero no he podido”. “Eso sería lo ideal, pero es imposible”, dando a entender que la fidelidad está reñida con el error, el cambio, la renovación.

El fatalismo, la resignación, el determinismo interesado esconden, bajo capas y capas de excusas, repito, un profundo sentimiento de fracaso. Dar la cara, hacerle frente requiere coraje, valor, decidirse a correr riesgos. En la fidelidad late una profunda y humana condición ética, pues una de sus tentaciones es la seducción, y resistirse a la seducción es un valor que tiene un coste, no un coste por el que no merecería la pena resistirse, pero sí un esfuerzo en esta sociedad seductora. No se trata solo de resistirse a la seducción de la carne, a la tendencia a la promiscuidad, por ejemplo, como podría entenderse desde fuera, cuando se menciona la fidelidad como un valor cristiano. La seducción va mucho más allá. Resistirse a ella es más complejo y global. Implica resistirse al tener y al poder, a la corrupción. En la corrupción se traspasa la línea de la fidelidad de tal manera que se vive en un estado continuo de infidelidad. Infidelidad a los valores, a los demás, al bien común, a los propios ideales enterrados en el trasfondo del alma. Infidelidad, sí, a uno/a mismo/a, y para quien se dice creyente, al evangelio y a D*s.

Resistir y resistirse implica atención a los mecanismos seductores de fuera y de dentro. Los mecanismos seductores externos, los sociales y culturales, sostienen hoy el sistema patriarcal capitalista neoliberal. Sin ellos no habría mercado ni su concomitante consumismo. Podemos decir con toda contundencia que la infidelidad es producto de esta forma sofisticada y sutil de patriarcado, en la cual solo parecen tener vida y reconocimiento (visibilidad) quienes entran en este juego y se prestan a la paradoja de la fidelidad a la infidelidad. La paradoja de ser constantes en la inconstancia y permanecer en la cresta de la ola, en la pantalla, en la conciencia de otros, a fuerza de inconstancia, inconsistencia, sucesión de momentos fugaces cuyo lazo de unión es, repito, ser fieles a la infidelidad.

Si estos mecanismos seductores son los que sostienen hoy el patriarcado capitalista neoliberal, el sistema, a su vez, se presta como cauce a la seducción y a su eficacia, a su producto final o, mejor, a su productividad.

Por eso, aunque he comenzado apelando a la conciencia crítica de caca cual, como sujeto que experimenta no solo la dificultad de la fidelidad, sino la sensación de fracaso ante las propias infidelidades, y como quien anhela por debajo de todo la solidez y la duración, continúo con el nivel gracias al cual se ha hecho posible la creencia de que la fidelidad es imposible y, lo más seguro, ni siquiera es propia de lo humano.

La fidelidad como amenaza al patriarcado capitalista neoliberal

Estos mecanismos de la seducción que tientan a los humanos hoy no son ni mucho menos casuales. Hace mucho que están, aunque en la última época podrían rastrearse desde la era industrial. En este momento son más sofisticados y, sin duda, globales, pero no son nuevos. Se asientan en los dos pilares que con tanto acierto pone de relieve Zygmunt Bauman: la vulnerabilidad y la incertidumbre. Los seres humanos somos frágiles y vivimos en un continuo biográfico temporal. La consciencia de una y otra cosa la da el mismo hecho de vivir, pero hay consciencia y consciencia. La que proviene de la pura y diaria realidad en la que constatamos nuestras necesidades de supervivencia, esas necesidades de las que el cuerpo es el primer recordatorio, reclama otro tipo de consciencia para que la primera, si encuentra dificultades, no convierta a nadie en un ser resentido, frustrado y amargado, no lo vuelva, en definitiva, un esclavo. La fragilidad que proviene de la experiencia corporal en un primer momento se convierte en incertidumbre cuando se extiende en el tiempo, en esa mirada que se echa sobre el más allá del presente. La previsión en seguida quiere ser seguridad y esta necesita asentarse en algo más que la mera previsibilidad.

El patriarcado capitalista neoliberal juega descarada y cruelmente con estos dos rasgos tan humanos. Sus estrategias los hace pedazos y la sociedad se defiende.

Nos defendemos socialmente de la fragilidad de muchas y variadas maneras, entre ellas mediante la negación, la ignorancia semiconsciente, la superficialidad, la banalización de la existencia de los mismos seres humanos, el desentendimiento de la pervivencia de la tierra, y de la muerte, y, por consiguiente, nos defendemos, paradójicamente, de la vida. Estas defensas atacan la fidelidad de frente, creando en torno a ella una atmósfera de inferioridad que se basa en que está desfasada y promoviendo una infravaloración mediante la descalificación sistemática. La fidelidad es un valor de antes que, en realidad, ha dejado de ser un valor. Quienes se siguen manteniendo fieles no forman parte de este mundo eléctrico y vivaz, sino que pertenecen a los museos y, tal vez, haya quienes gusten de pasearse por ellos, por pura diversión, a valorar su importancia. El patriarcado capitalista neoliberal ha sacado a la fidelidad de la circulación. La fidelidad, sin embargo, no niega la fragilidad, pero no la usa, no la desprecia, no juega con ella.

¿Por qué este sistema ataca de manera tan virulenta la fidelidad en relación con la fragilidad? Porque la fidelidad tiene que ver con los compromisos, con una determinada manera de entenderlos. Es decir, porque los compromisos suponen apoyo mutuo, acuerdos y pactos que descansan en la vulnerabilidad humana, porque son una forma respetuosa de tenernos en cuenta unos a otros. Porque los compromisos cuentan con la vulnerabilidad, pero se alían con ella para hacerla paradójicamente fuerte. Este sistema actual, en cambio, ha destrozado la capacidad humana para el compromiso, porque se apoya en una palabra y un acuerdo cuyo valor no llega más allá del momento en que se pronuncia. El compromiso y el acuerdo, tal como se entienden hoy, contienen una cláusula de caducidad. Nuestra sociedad ha creado una mentalidad en la que se unen compromiso y fragilidad de tal manera, que esta última queda reforzada en su aspecto más débil. Esta sociedad ha eliminado el “para siempre” y lo ha sustituido por el “mientras dure”. Más aún: en ella, los compromisos que valen, los que generan más confianza son, paradójicamente, aquellos que explicitan la fecha final. Dado que se está utilizando la necesidad de seguridad, el sistema les da a sus usuarios pequeños plazos, pero plazos, a fin de cuentas, con principio y fin. El ejemplo más patente es el laboral. Este sistema se basa y se sostiene sobre la fragilidad de cualquier acuerdo que afecte a otros que no sean aquellos pocos, casi siempre hombres, que manejan los hilos siempre en función de sus intereses lucrativos y codiciosos.

Es inevitable no traer a la memoria el tiempo de formación de las religiosas y las monjas en el que se pronuncian los votos “temporales”, es decir, por un tiempo determinado y fijo. Las religiosas, por regla general, tienen entre 6 y 9 años de votos temporales, de duración anual y, por ende, de renovación anual, si la religiosa desea seguir. Cuando termina el tiempo de votos temporales, la religiosa ha de decidir si quiere continuar. En caso afirmativo profesará los votos “perpetuos”, es decir, se comprometerá para siempre. Mientras, su compromiso se establece “a plazos”. La temporalidad, en este caso, es el tiempo de prueba, el tiempo necesario para que la mujer se prepare, experimente y viva cotidianamente un estilo concreto de estar, de vivir, convivir y trabajar. Y es un tiempo para que los miembros de la institución a la que quiere pertenecer puedan experimentar, por su parte, la idoneidad de la candidata. La limitación temporal, en este caso, tiene como objetivo que la religiosa candidata pueda fortalecer la decisión de adoptar este tipo de vida como propio y habitual. Es cierto que siempre queda la posibilidad de cambiar, de dejar este estilo de vida y emprender uno nuevo. El CDC regula esta opción, pues ni siquiera después de haber profesado para siempre se cierra la puerta a la posibilidad y la libertad de cambiar. La imprevisibilidad de la vida, el itinerario de las personas, circunstancias concretas y, en definitiva, la propia libertad pueden llevar a romper unos compromisos que, cuando se hicieron, quisieron ser para siempre.

Esta posibilidad que contempla el CDC, por la que la religiosa es dispensada del cumplimiento de sus votos y, por ello, queda liberada de los lazos que la ataban a una forma de vida determinada, no es ni legal ni teológicamente idéntico al de la dispensa del celibato de los presbíteros, y de sus funciones ministeriales. Popularmente estos dos casos se suelen identificar hasta tal punto que, cuando se pide el celibato opcional para los presbíteros, se suele incluir a la VR. Son muchas las religiosas a las que sus mismas comunidades cristianas les preguntan cuándo les van a dejar casarse. Con ello, identifican el estilo de vida presbiteral como el religioso. Una de las razones es el solapamiento de presbiterado y votos religiosos en los hombres, pues la mayoría de las órdenes y congregaciones religiosas de varones son presbiterales. Pero la razón principal es la identificación entre vida religiosa y clero. Sobre esta superposición conviene decir que tiene un punto a su favor y otro en contra.

En contra, tiene que la institución eclesiástica clerical no solo ha clericalizado, propiamente hablando, la vida religiosa de los varones, sino que al formular la ordenación presbiteral como un sacramento que imprime carácter, lo ha diferenciado de la profesión religiosa no solo jurídicamente, sino también teológicamente. Esta diferencia se suele interpretar, incluso en los ambientes de especialistas, como una diferencia jerárquica. Los presbíteros se encuentran en el escalón superior de la jerarquía con respecto a la VR. Los religiosos que, además, son presbíteros han subido ese peldaño jerárquico, mientras que las religiosas no podrán acceder porque, según ha sido decidido, el hecho de ser hembras las vuelve incapaces. Esto tiene efectos sobre la ruptura de los compromisos de unos y otras. La dispensa de los votos de la VR libera a las mujeres de ese estilo de vida del todo, es decir, no solo jurídicamente, sino también teológicamente. Esto puede interpretarse como una infravaloración de los compromisos, pues, a diferencia de la ordenación presbiteral, los votos no imprimen carácter, que es como decir que no comprometen tan fuertemente, que no tienen, en definitiva, el mismo valor teológico.

El punto a favor es justamente la fuerza de la vinculación institucional. La presbiteral necesita estar amarrada incluso teológicamente, mientras que la de la VR es más laxa y, por ello, más libre. A la postre, tiene mayor valor aquella que permanece más libre. La libertad, aunque a primera vista parezca inferior en la escala jerárquica, es un punto a favor de la fidelidad en este estilo de vida. Los compromisos son lo suficientemente fuertes. Son definitivos porque así lo quiere cada una de las partes que se compromete (religiosa concreta e institución) pero siguen dependiendo de la libertad de cada sujeto, de cada religiosa. También de la institución, que tiene la facultad, aunque solo en casos extremos (recogidos en el CDC), de expulsar a una religiosa, pero, sobre todo, depende de la religiosa. Esto, a su vez, tiene un punto a favor y otro en contra.

Tiene en contra que la mayor parte de las veces, inadecuadamente y como abuso de poder, la institución hace recaer toda la responsabilidad en la religiosa que rompe o diluye sus compromisos. Tiene a su favor, paradójicamente, que coloca la fuerza en la parte más débil, reforzando nuevamente la condición libre de cada mujer para decidir sobre su vida.

La capacidad de compromiso, la fidelidad en mantenerlo implica un ser humano fuerte, alguien a quien resulta más difícil seducir, alguien que puede ser crítico y, por ello, con posibilidad de tener y de pedir tiempo para pensar, para madurar proyectos, para decidir. Este ser humano fiel, fuerte, es enemigo del sistema patriarcal, capitalista neoliberal, y el sistema tiende a marginarlo, expulsarlo, descalificarlo, quitarlo de en medio, intentar por todos los medios que no se convierta en modelo de referencia. Este tipo de sujeto es uno de los que el sistema ha mandado al vertedero, pues lo ha convertido en un desecho, en inservible e improductivo. Así pues, el patriarcado capitalista neoliberal considera a la fidelidad su enemiga, en tanto en cuanto esta maneja la fragilidad humana de una forma respetuosa y libre, en tanto en cuanto la fidelidad no solo dota de sentido a la vulnerabilidad, sino que encuentra modos de construir con ella la fortaleza humana, en tanto en cuanto no suprime el tiempo ni acorta ansiosamente la espera, sino que cuenta con ella y le da peso y valor.

¿Y por qué este sistema ataca del mismo modo brutal y despiadado la fidelidad en relación con la incertidumbre?, ¿por qué reviste a la fidelidad de impostura y la acusa de mentirosa ante la “verdad” innegable de que no hay nada más cierto que lo incierto? También en este caso el sistema arremete contra este valor eliminando el rasgo humano de la incertidumbre. Dicho sistema usa diversos mecanismos.

El primer mecanismo es el rebote de la incertidumbre contra el mismo ser humano. Para ello, la mayor parte de las veces, utiliza el miedo, es decir, usa todo aquello que avive sus más intensos y duraderos temores, el último de los cuales, el definitivo, es obviamente la muerte.

Y, en segundo lugar, el sistema se vale de la ansiedad. Ha creado una generación de adolescentes y jóvenes ansiosos e hiperactivos, educados en la inmediatez del estímulo-respuesta, dificultando social y psicológicamente la maduración que supone asumir la frustración de la espera. A la par, ha derribado en las generaciones pasadas los logros creados, unos logros que suponían expectativas plausibles de seguridad. Esa seguridad no solo había permitido a esta generación anterior ofrecer a la nueva mejores recursos, no solo le había permitido soñar con un mundo más justo y solidario en el que esos logros podían y tenían que llegar a todos, sino que le había permitido tener tiempo, posibilidad para la formación, el pensamiento, el debate, la discusión, la mirada y la palabra críticas.

El sistema se enfrentaba a una generación valiosa, que se había forjado sobre los restos de la generación superviviente a las guerras mundiales, a las guerras civiles y/o de independencia. El sistema percibía a esta generación como un verdadero enemigo y comenzó a combatirlo. La fue privando de aquellos logros básicos engañándola mediante los créditos bancarios. La deuda, en principio inofensiva, fue creciendo hasta minar la seguridad de las necesidades básicas de casa, trabajo, alimento, educación y atención sanitaria. Y entonces, oportunamente, emergió la incertidumbre bajo la forma de la ansiedad. Con toda esta estrategia el sistema mataba dos pájaros de un tiro: eliminaba la amenaza de una generación modelo para las siguientes generaciones cambiando de golpe sus fidelidades, descalificándolas como fidelidades mentirosas, oportunistas y cínicas, y quitaba de en medio a las personas críticas capaces de traspasar la inmediatez de las necesidades básicas. De pronto, esta generación vio en peligro sus vínculos más preciados. El sistema, entonces, arremetió también contra los vínculos, pues en la necesidad y la lucha por la supervivencia cada sujeto ha visto salir de lo hondo de sí mismo el sálvese quien pueda. La justicia, la solidaridad, la empatía han quedado heridas y, a veces, tiradas por el camino. El mercado (o sea, los pocos que lo manejan y se benefician de él) ha salido ganando. La fidelidad ha terminado por ser uno de los restos del naufragio del barco de muchos e importantes valores. Ella, la fidelidad, que es percibida como un enemigo público del sistema, parece vencida.

Parece, en efecto, que el sistema gana, que sigue ganando, que su destrozo del ser humano no tiene límites. Parece, pero no es del todo así. Antes de explorar esta capa de la humanidad, sin embargo, sigamos un poco más con nuestro análisis de esta dimensión del problema.

Se puede objetar que no es correcto defender a la generación precedente sin poner de relieve, también, sus graves errores con respecto a la fidelidad. La objeción es válida hasta cierto punto. Ninguna generación se libra de errores ni se convierte, acríticamente, en referencia. Las generaciones posteriores siempre son críticas con las precedentes y esto indica, por regla general, deseos de superación y de mejora. En lo que nos afecta, no podemos menos que criticar, como queda dicho arriba, la superposición frecuente entre fidelidad y rigidez, entre fidelidad y sometimiento impuesto a las tradiciones, entre fidelidad y aguante hasta límites inadmisibles. Esta crítica a un sistema social y cultural que nos ha dejado sus marcas es real y explica muchas de las reacciones de las generaciones siguientes. Las mayores afectadas por estas lacras han sido, sin duda, las mujeres. Sobre ellas ha recaído todo el peso de la representación, indirecta, de la diferencia: diferencia de género, diferencia cultural, diferencia y distinción entre los de dentro y los de fuera, entre unas y otras naciones, entre la bondad y la maldad… Las identidades culturales, en efecto, se han hecho visibles y se siguen haciendo visibles en las mujeres. Las culturas han hecho de ellas las portadoras de los valores que se quieren proteger, las abanderadas de la fidelidad a la tradición, ya sea en la transmisión a los hijos/as y a los educandos/as, ya sea en la vestimenta, los rituales, la religiosidad, las costumbres, y un largo etcétera. Se comprende que las generaciones de mujeres más jóvenes hayan sido transgresoras, se comprende que la transgresión se haya comprendido en el entorno del sistema patriarcal capitalista neoliberal global, muchas veces, como infidelidad.

No obstante, sin negar todo lo que ha sido dañino, lo que se ha confundido interesadamente con la fidelidad, la crítica a los errores de las generaciones pasadas no anula la intervención demoledora del patriarcado capitalista neoliberal sobre hombres y mujeres de esas generaciones y de las siguientes. El daño sistémico es transgeneracional.

En cuanto al género, los varones de desecho (una gran mayoría) son para este sistema un objeto al que eliminar minando sus valores tradicionales de lealtad, de capacidad para cubrir las necesidades propias y de la familia. Se pretende minar en ellos sus señales de identidad, aquellas referentes a la productividad, las señas de identidad que los integraba en la construcción de lo público, pues lo público y lo masculino estaban y siguen estando superpuestos y siguen siendo equivalentes. Pero el sistema, que es patriarcal a conciencia, no prescinde de ellos, como no prescinde del resto de los desechos a los que necesita en sus procesos de reciclaje, sino que explota aquellos aspectos de la identidad patriarcal más rentables, es decir, la posesión y la sexualidad, el deseo de dominio. Sobre estos aspectos apoyan los varones el poder y el privilegio con los que han sido educados. Los incita a la promiscuidad del poder en el tener y en el sexo, pues así pueden tener la sensación de que compensan las pérdidas, lo que el sistema les ha ido quitando.

Si ellos, los varones, son prescindibles, las primeras víctimas inmediatas en la escala humana (empezando por abajo) son las mujeres y los menores. El despojo que el sistema ha realizado con los hombres deja al descubierto aquellos aspectos de su identidad, construidos multisecularmente, que los muestra vulnerables y comidos por la incertidumbre y la ansiedad. Y buscan, a toda costa, mostrar y demostrar lo machos que son (su identidad construida sobre el dominio) usando, a su vez, la fragilidad y la incertidumbre patentes que son (que dicen que son, que han hecho que sean) las mujeres (y los menores). El dinamismo es el de siempre, el de la jerarquía que somete y maltrata, el de la desigualdad de un sistema de dominio y sometimiento. De esta forma los más pobres de los pobres son las mujeres, los más despojados de los despojados son las mujeres, los más frágiles entre los frágiles son las mujeres, los más sometidos de los sometidos son las mujeres y los que sufren una mayor dosis de provisionalidad e incertidumbre son las mujeres (y los menores, porque van en el “paquete” de las mujeres).

El patriarcado se ha reforzado con el capitalismo neoliberal y el sistema no solo ha reforzado la (supuesta) incapacidad de los varones para la fidelidad, sino que ha devaluado la capacidad de las mujeres, echando toda la culpa a la represión, a la historia de exclusividad sexual, como si las mujeres solo tuvieran a los hombres o las relaciones con ellos como horizonte exclusivo, o como si el valor de la fidelidad solo afectara a este nivel de sus personas. A la par, se les pide una férrea “fidelidad” (permanencia, más bien) a la familia, al cuidado de los menores, a la preocupación por los discapacitados y disminuidos o, como decíamos, a los valores de la tradición.

Veamos: las mujeres han sido las grandes “fieles” en la historia de la humanidad, pero en realidad lo que la historia narra, como digno de mención, son las infidelidades de las mujeres a ciertos hombres. Este es el relato oficial. Es ya un tópico decir que a lo largo de la historia, contada por los hombres y los ganadores, las mujeres han sido atadas en corto porque eran sospechosas de potencial infidelidad. Sabemos a ciencia cierta que esto no es más que una proyección de los temores de los varones y de su más que potencial promiscuidad. También sabemos que la era de la libertad sexual parece haber dado la razón a una sociedad de prejuicios sobre la potencial promiscuidad de las mujeres.

El tema merece una reflexión a fondo para no dar lugar a confusiones, para que no se entienda que puedo estar contra la libertad de cada mujer en el plano sexual. Aquí solo me interesa señalar el interés del patriarcado en reducir la fidelidad de las mujeres al ámbito de la actividad sexual para, entre otras muchas cosas, encubrir la presión que el mismo patriarcado ejerce para que sean “fieles” a sus compromisos con todo aquello que el resto de la sociedad se niega a asumir como propio. Las mujeres, a las que hasta hace poco se les había incapacitado para firmar un contrato, sí son las más adecuadas para mantener compromisos de por vida con sus hijos y familiares (el relato construido sobre la sexualidad de las mujeres, que incluye la maternidad). Esto hasta límites inaceptables. Y cuando algunas los rompen o transgreden son castigadas socialmente, aunque con maneras más sutiles de las empleadas antaño. La coartada sigue siendo la “naturaleza”, esa que las empresas de cosméticos y las farmacéuticas, o las de dietética o de cultivo corporal, por ejemplo, exigen que se contravenga constantemente.

Este sistema patriarcal capitalista neoliberal muestra una misoginia brutal. La fidelidad es, paradójicamente, su gran enemiga.

Este sistema juega particularmente bien el juego de la vulnerabilidad y de la incertidumbre con las mujeres de todo el planeta.

Una de las formas de enemistarse con la fidelidad y “su fatal tendencia a los compromisos duraderos” es la estrategia del “solo aquí y ahora” representado en la supuesta perfección de la juventud. Los chicos jóvenes sufren a causa de la precariedad del empleo y la ausencia de futuro. Para ellos el sistema ha creado “juguetes” que les divierten y distraen, héroes con los que identificarse, sustancias que les permitan seguir en el presente y alejar el fantasma de la ansiedad. Las chicas adolescentes y jóvenes, además, sufren en y por sus cuerpos, allí donde el presente y el futuro se enfrentan día a día, donde una supuesta perfección e inmutabilidad les exige la mayor parte de su energía y de su tiempo. Energía y tiempo en presente, para el presente que teme el futuro, que intenta negarlo. Esto les arranca el alma. Si añadimos los problemas que acarrean las emociones y los lazos afectivos, de acuerdo con las expectativas que han colocado básicamente en sus cuerpos, mercantilizados de formas muy sofisticadas, como nunca en la historia, no es de extrañar que no estén preparadas para el o los compromisos que implica convertirse en adulta.

La tendencia, como ya afirmaba Ulrich Beck y confirma, de otro modo, Byung-Chul Han, es la de esperar que los individuos busquen soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. Por eso pienso que es preciso tener una mirada crítica ante la tendencia de autoayuda cuyas destinatarias, por defecto, son las mujeres. Esta tendencia, desde mi punto de vista, es un arma de doble filo. Por una parte les ha dado a muchas mujeres instrumentos individuales, les ha mostrado horizontes de superación y las ha alentado a seguir con sus vidas a pesar de la dureza de las situaciones de todo tipo que han de atravesar. Pero, por otra parte, puede reforzar la propensión a la culpabilidad e, incluso, a la responsabilidad personal, sin darles a la vez la necesaria contextualización, sin informarles de las responsabilidades de la sociedad, del sistema, de la política, del Estado… Se les pide fidelidad a sí mismas, pero el sistema patriarcal capitalista neoliberal las empuja continuamente a unas contradicciones, elaboradas por el mismo sistema, que las destroza, que las sigue incapacitando como seres humanos. El estado de tensión producido en las mujeres las vuelve presa fácil del sistema, aunque este devuelva la responsabilidad y la culpa a todas y cada una de ellas. Todavía hoy, la idealización de la juventud causa más estragos en las mujeres de todas las edades que en los hombres.

El miedo y la confianza

Todo el mundo tiene experiencia de que el miedo perturba la visión, deforma la realidad y, en ciertos casos incluso puede producir ceguera. El miedo confunde. El miedo introduce un sesgo en los relatos: relatos biográficos, relatos institucionales, relatos sociales e históricos… El miedo provoca el reflejo de la supervivencia a través de conductas de huida, ataque o paralizante mimetismo con el entorno. Esta conducta es reminiscencia de nuestra animalidad. Resto de la capacidad defensiva de algunos animales para despistar al enemigo. La inmovilidad y el mimetismo ambiental son muy útiles para escapar de las amenazas. El mimetismo funciona cuando un organismo deja de ser quien o lo que es en el presente, mecanismo que se traduce, también, en plasticidad somática. En este sentido, lo que comenzó como una reacción de alerta ante determinadas amenazas, ha llegado a convertirse en algunos animales en un estado permanente, incluso en un rasgo de identidad. No obstante, como veremos, la función defensiva del mimetismo es importante, pero no la única.

El mimetismo defensivo

El ser humano ha transformado de manera sofisticada este mecanismo defensivo de algunos animales. Ha transformado la reacción de miedo ante la amenaza (no siempre externa) en formas que, si se miran detenidamente, permiten percibir el mismo patrón de la mímesis animal. Con harta frecuencia los seres humanos delegan de sí mismos (de lo que entienden que son) para confundirse con el entorno inmediato. Los miedos ya no se deben a la fiera que amenaza con devorarle. El ser humano de hoy siente un profundo temor a la falta de aceptación de ese pequeño entorno en el que, paradójicamente, para percibir que se es, para tener consciencia de la propia existencia, hay que desaparecer mimetizándose. En el contexto del que nos ocupamos aquí ha sido, sin ir más lejos, una de las funciones que ha cumplido el hábito religioso. En este sentido, el hábito (como cualquier uniforme, sea de una institución o forme parte de una etapa de la vida, como puede ser la adolescencia), es reminiscencia de la capacidad mimética exterior propia de ciertos animales, aunque la finalidad haya cambiado.

El entorno inmediato de la VR de las mujeres sigue siendo, mayoritariamente, el medio eclesiástico clerical. Sobrevivir en él requiere vigilancia sobre las amenazas, pues este ambiente es, de por sí, amenazante para las mujeres, en general, y para las religiosas, en particular. El estado de alerta es tan sutil y global, está tan interiorizado, que prácticamente no se nota. Dentro de este medio clerical patriarcal no hay suficiente lejanía ni horizonte. Para sobrevivir en él hay que mimetizarse. Esto es, hay que dejar de ser lo que se puede llegar a ser con tal de seguir viviendo, todo lo cual, en realidad, equivale a ser aceptadas. La vida, en estos casos, se recorta, se vuelve anodina y el conformismo desvitaliza lentamente. Desvitaliza a las personas, y a menudo lo consigue orientando sus energías al trabajo y al rendimiento. En este recorte se reducen los puntos de referencia y, al reducirse, estos se vuelven inevitablemente más narcisistas. Cuando se mira hacia atrás y hacia dentro con la esperanza de reconocerse, de percibirse siendo la misma, el horizonte recortado dentro de una dinámica de mimetismo se convierte en una seguridad adictiva. Este mirar narcisista congela el dinamismo de los puntos de referencia que están en el fondo y convierte sus aguas en un estanque de tranquila apariencia que solo refleja, que no permite pasar de la superficie a la profundidad.

Este intento de reconocimiento que implica la mirada recortada por un ambiente eclesiástico clerical que exige mimetismo para sobrevivir, suele entenderse, a menudo, como fidelidad. La fidelidad, sin embargo, desde mi punto de vista, aunque puede estar en el fondo del estanque, o del pozo, nunca provoca una imagen narcisista, congelada, impasible e inmutable. Es inquieta y revoltosa, debido a la naturaleza del lugar donde está. No es compatible con el miedo y su parálisis, ni con el efecto del mimetismo para sobrevivir. La función de la paradoja de desaparecer para aparecer beneficia a la institución. Desaparece la persona, aparece la institución. El mensaje que se esconde detrás de esta paradoja es la incompatibilidad, de hecho, entre la fidelidad individual y la fidelidad institucional, entre la visibilidad individual y la visibilidad de la institución.

El mimetismo patriarcal

En el mimetismo defensivo y pernicioso, concretamente, de muchas religiosas, es necesario destacar la importancia de la dimensión patriarcal, es decir, aquello que lleva a individuos y colectivos como este a desear parecerse y hacerse semejantes al estamento más alto, de mayor poder, el más prestigioso y normativo. En definitiva, al estamento que rigen los varones o, más concretamente, a los varones mismos. En nuestro contexto, al clero. Como queda dicho, el contexto eclesiástico clerical es habitual como ambiente en el que se desarrolla la VR de las mujeres. Es el contexto en el que se desarrolla la parte de mentalidad clerical que todavía existe en la VR femenina. No se busca dejar de ser mujeres y religiosas para ser hombres y clero, es evidente, sino que se desea formar parte del sistema y esto ocurre de tal manera que este sigue funcionando, precisamente, gracias a ellas. Este deseo de fondo, alimentado por el valor simbólico de lo masculino y machista, que está unido al poder, al tener y al placer, mantiene baja la ya disminuida autoestima de las religiosas. También mantiene intacto el sometimiento sin el cual no es posible pertenecer a dicho sistema ni mimetizarse con él. Si se diera el caso de que las religiosas salieran de esta especie de bucle de retroalimentación y auto refuerzo, el sistema cedería, pues con la ruptura del bucle se estaría minando uno de sus pilares.

Este mimetismo, que aísla y parece encerrar a muchas religiosas en un entorno que se cree superior, es perverso y dañino. Es contrario al movimiento profético que sacó a las religiosas de vida activa de sus conventos, que las llevó a las plazas públicas y a los lugares donde está y vive la gente, que las trasladó a los lugares más deprimidos y olvidados del planeta. Es contrario a ese movimiento que llevó a estas mujeres a lugares de libertad donde su fidelidad se recolocó en el punto de mira evangélico, el punto de mira que esa fidelidad reclama. Esto entronca con lo que pretendo desarrollar en lo que sigue. Es contrario a ese movimiento que estimuló a las monjas y religiosas de vida conventual a redescubrir su forma concreta de profetismo y su forma de estar y vivir en el mundo.

 El mimetismo creativo

Me he referido hasta aquí al mimetismo como mecanismo defensivo en su vertiente perniciosa, tanto para las religiosas individuales como para las instituciones de la VR de mujeres, en aquello que encierra de patriarcal y segregador. Sin embargo, como casi todo, este mecanismo es una capacidad e, incluso, hasta un arte que tienen los animales hasta cuando se defienden. Extrapolado a los seres humanos, dicho mecanismo se convierte en un mundo de posibilidades abiertas gracias a lo que, en términos sociológicos, llamaríamos el fenómeno de la inculturación.

El mimetismo defensivo de esos animales que sobreviven insertándose en el entorno (sigamos con la imagen) es admirable no solamente por su estrategia, sino también por su plasticidad. En realidad, dan y reciben del entorno. Dan lo que son al entorno que, evidentemente, reacciona y se transforma. Si fuera el caso, hablaríamos de una reacción “generosa”, pues estos animales se prestan a ser utilizados por quien es capaz de adoptar la forma del entorno. El intercambio es muy interesante. Animal y entorno reaccionan el uno al otro y ante el otro. En este intercambio hay mutación y, con el tiempo, evolución. El núcleo permanente impide que la mutación anule la identidad de cada cual.

No podemos extrapolar literalmente este fenómeno de mimetismo del mundo natural al humano, pero es una imagen que puede servir para establecer una cierta analogía. El entorno, la cultura, es resultado en continuo cambio. El cambio es perceptible a partir de los resultados presentes. El ser humano opera continuamente sobre su entorno y el entorno opera continuamente sobre el ser humano. Se trata de un proceso muy complejo, muy diverso, en el que el dinamismo mutante unas veces es más visible que otras. La mímesis es una de las formas que adopta la mutua influencia, mímesis de las personas al ambiente, pero también del ambiente a las personas. Este dinamismo solemos conocerlo como adaptación, positiva y, por ello cualitativamente evolutiva, o adaptación negativa y, por tanto, degradante y destructiva para ambos agentes (por ejemplo, los excesos humanos sobre la naturaleza con sus cambios destructivos).

En lo que respecta a nuestro tema, el mimetismo de las religiosas no se ha dado ni se da solo en el entorno cerrado eclesiástico clerical, sino en el más abierto y plural de la iglesia universal y en los entornos culturales y sociales más diversos en los que se halla la VR de las mujeres. Sería injusto y reductivo quedarnos solo en esa dimensión rígida y negativa del sentido de la fidelidad que se mimetiza y se congela. La realidad nos muestra un abanico mucho más rico. La VR, como pedía el Concilio, intentó ser fiel a sí misma mediante la percepción y la apertura a los signos de los tiempos. El Concilio la invitó a salir del entorno cerrado y rígido en el que habitaba y le pidió cambios y adaptaciones que requerían mimetizarse con el ambiente. A esto se le llamó y se le sigue llamando “secularización”. Pero la secularización no tiene buena prensa en ciertos ambientes. A menudo se acusa a las religiosas de estar muy secularizadas, de haberse mimetizado demasiado con el mundo y la cultura circundantes.

En cierto modo quienes acusan a las religiosas de haberse secularizado tenían y tienen razón: la secularización de muchas religiosas, individual y colectivamente, produjo cambios en ellas y en el entorno, en un proceso que no ha terminado. Dejar conventos y grandes edificios, irse a vivir a pisos de vecinos, ponerse a trabajar como cualquier trabajadora, con los mismos derechos y obligaciones, o pasar a formar parte de la clase desempleada, cambió a las religiosas y cambió el ambiente que las rodeaba. No sin sufrimiento. No sin resistencias. La sanidad, la educación, la acción social en las que ellas estaban como agentes de primera línea, se vieron afectadas social, cultural y políticamente. El mimetismo de estas religiosas y de sus congregaciones fue creativo en numerosas ocasiones. Y fue mucho más que una mera adaptación, pues las religiosas y sus instituciones se hicieron porosas al ambiente y crearon zonas de porosidad en ese mismo entorno.

A estos dinamismos de mimetismo ambiental o inculturación podemos incluirlos en el intento difícil y hermoso de la fidelidad. ¿Fidelidad a quién o a qué?, nos preguntaremos. Esta pregunta, que había tenido una respuesta casi única en el pasado, quedó abierta. Entonces, en el postconcilio, dijimos que queríamos ser fieles al evangelio, a la humanidad, a los más necesitados, a causas que van desde el ecologismo hasta la igualdad de los seres humanos, o la libertad de los pueblos, y los derechos humanos, concretamente de las mujeres, en todo el mundo… Dijimos que queríamos ser fieles a nuestra propia condición humana, y fieles al Reino de D*s que predicó Jesús… Las respuestas se multiplicaron y todavía hoy no han cesado de diversificarse, manteniendo, no obstante, algunos hilos comunes. Pero, en el fondo, lo más valioso es que la pregunta sigue abierta. Ser fieles a nosotras mismas, ser fieles al carisma y al evangelio ya no significa lo mismo que hace unas décadas. Y todo comenzó con el paso a paso de un dinamismo mimético (en realidad, de intercambio) con el ambiente y en el entorno. Este movimiento, repito, no ha terminado y, esperamos, no terminará nunca si pretendemos ser un “organismo” vivo en la Iglesia y en el mundo.

 

Esta cara del mimetismo de la VR de las mujeres suscita sospecha y reacciones negativas contra ella por parte de los medios más conservadores, ya sean de dentro de la iglesia clerical, como en la sociedad. La sospecha se ha convertido, a menudo, en denuncia, acusación y condena. En más de una institución y en más de una religiosa ha calado el miedo, que se ha parapetado, con frecuencia, en discursos sobre la “verdadera fidelidad”. Este miedo, producto de la presión y, por tanto, de la violencia, ha dejado su huella en la idea que atraviesa la fidelidad. Pretende afectar a lo más genuino de ella, que es la fe, la confianza.

Fidelidad y confianza

La asociación entre fidelidad y confianza aleja a la primera del miedo. Cuando hay miedo no existe fidelidad. Eso que solemos llamar “fidelidad”, cuando se vive bajo un régimen de miedo, es en realidad sometimiento. No podemos llamarla obediencia, puesto que no tiene lugar en un contexto de libertad, no hay ocasión para optar, para discernir, para elegir o para seguir eligiendo. En el miedo, además, hay siempre una violencia escondida. Esa violencia puede venir de fuera o de dentro, puede manifestarse abiertamente como intimidación, presión o dominio, o puede tomar formas sutiles e indirectas. Cuando a las actitudes derivadas de la violencia las llamamos fidelidad estamos hablando, repito, de sometimiento, de sumisión. La sumisión, por todo ello, se encuentra muy lejos de la fidelidad.

En la VR de las mujeres es frecuente confundir la fidelidad con la respuesta de sometimiento a cierto tipo de violencias, la mayor parte de las veces ejercidas de manera sutil e indirecta. Violencias, a menudo, originadas en el ámbito de las emociones, los afectos y las relaciones; originadas en el caldo de cultivo de los miedos a las exclusiones. La exigencia de fidelidad que, actualmente, adopta la fórmula del imperativo “sé fiel a ti misma” no responde a lo que ella significa. Se nos dice a muchas de nosotras, pero también se le exige a la VR en sentido general: “Vida Religiosa, sé fiel a ti misma”. Raramente nos detenemos a desenmascarar la violencia que este mandato encierra, pues ¿qué quiere decir ser fiel a una misma, en el contexto angosto y cerrado de lo eclesiástico? ¿Debemos suponer que existe un modelo previo, inmutable, al que, una vez descubierto, debamos acomodarnos? Se me podría objetar que el imperativo “Vida Religiosa, sé fiel a ti misma” intenta motivar contra las manipulaciones externas, contra imposiciones y violencias que vienen de fuera, con el agravante de ser un imperativo por personas o instituciones que ignoran lo que ha sido y es la VR. Es una objeción válida, si se trata de eso. No lo es, en cambio, si enmascara un mandato de mirar atrás para conformarse a un modelo pasado supuestamente inalterable, un tesoro de museo guardado y mantenido para ser expuesto, admirado e imitado al pie de la letra.

En los momentos más lúcidos las teólogas de la VR han hablado de la fidelidad de este estilo de vida y de la fidelidad de las religiosas en referencia al mundo en el que vivimos y del que formamos parte. También ellas se han referido a la fidelidad en el contexto de la obediencia, pero colocando la vista en un amplio y profundo horizonte. Cuando han invitado a mirar atrás, a recuperar la memoria, nunca han pensado en la imitación ad literam, sino en la necesidad de recuperar la inspiración y el espíritu de los comienzos.

Institución

La relación entre la fidelidad, entendida como permanencia y perseverancia, por ejemplo, y la institución sigue siendo un tema pendiente. Es duro de afrontar y, sin embargo, es necesario. Tal vez la VR que entiende la fidelidad de esta manera haya perdido el ritmo de la historia reciente, pero no por eso tiene que perder el de la historia presente y futura.

Se da por supuesto que la fidelidad de las religiosas tiene su lugar natural dentro de la institución en la que pronuncian su compromiso como compromiso definitivo, para siempre. Se da por supuesto también que la institución puede velar por dicha fidelidad en el tiempo. Este supuesto tiene, en sí mismo, un gran valor. La institución es el entorno, el continente que, supuestamente, está formado, construido para albergar el gran valor de la fidelidad. Sin embargo, por desgracia, las cosas no siempre son así. Reconozco que el tema es lo suficientemente complejo como para no pretender abordarlo en pocas líneas, pero lo considero necesario, aunque solo lo deje planteado de forma general e, inevitablemente, generalizando.

Lo que tendría que ser excepción y excepcional ha dejado de serlo. La frecuencia de las salidas, en las congregaciones, de mujeres de todas las edades, últimamente también de edades avanzadas, es grande. A pesar de lo inquietante que resulta a primera vista, la mirada institucional sobre esta situación sigue siendo unilateral y, todavía en numerosos casos, culpabilizadora de las mujeres que se marchan. Son pocas las instituciones que, como tales, se plantean los motivos de este fenómeno desde su propia perspectiva. Escasean las congregaciones que dedican tiempo y energía a preguntarse honestamente qué parte de responsabilidad, como institución, les corresponde. Y es que siempre hay una parte de responsabilidad institucional. No hablo de culpas. Se trata de la dimensión estructural del problema.

En nuestros tiempos observamos con rabia, pero también con desánimo, el comportamiento de las grandes instituciones. Se habla de una crisis institucional generalizada, pues en las instituciones se cobijan muchos de los males que nos asolan: la corrupción, la avaricia, el abuso de poder, el desentendimiento de los usuarios… La crisis afecta a las instituciones políticas, empresariales, judiciales, religiosas… y a todas esas otras que necesitamos de forma más cotidiana e inmediata: las instituciones sanitarias, educativas, sociales, e incluso familiares. Lo más duro, tal vez, sea contemplar día a día a la facilidad con la que estas instituciones se desentienden de sus responsabilidades y echan el peso de estas y sus consecuencias sobre los hombros de quienes ocupan los lugares intermedios y bajos, al final, el pueblo, y de este, cada cual, cada ciudadano y ciudadana. Repetimos: es un grave problema estructural de amplitud global.

Pero la crisis es, también, un momento lleno de posibilidades. La crisis institucional nos recuerda nuestra dimensión social y la necesidad humana de las instituciones. Por esta razón, del mismo modo que no se puede menospreciar el valor de las instituciones en nuestro mundo, aunque sea necesario sanearlas, cambiarlas, transformarlas, tampoco podemos desentendernos ni menospreciar el valor de la institución y de las instituciones en la VR de las mujeres. No podemos olvidar que la VR es una de las pocas instituciones que han sido manejadas y gobernadas, mal o bien, por las mismas mujeres. Nadie debería impedir la exploración de sus posibilidades, de su condición profética, de su apuesta por una fidelidad creativa e, incluso, creadora.

La institución debe ser garante de la fidelidad de las personas que forman parte de ella. Velar por dicha fidelidad, sin embargo, suele interpretarse como vigilancia, desconfianza, sospecha y control. Como decíamos arriba, se entiende como recorte del horizonte. En estos términos es muy difícil que la fidelidad se desarrolle con normalidad y sea, en efecto, una fidelidad creativa. Si en la propia institución cada mujer no puede desarrollarse, crecer y florecer, ¿dónde se hará esto posible? Si en la propia institución no se puede evolucionar espiritualmente, ni existe espacio para las diferencias en los ritmos personales, ¿cómo se logrará la experiencia de confianza que es connatural a la fidelidad?

La institución de la VR se apoya en la comunidad. Muy cierto. Pero la comunidad no puede ser una coartada para la ausencia de libertad, sino su lugar de maduración y su plataforma de lanzamiento. La comunidad tiene capacidad para sostener la fe y, por ello, para acompañar los procesos de fidelidad a los que me referiré en seguida. No pueden convivir en oposición libertad y comunidad, fidelidad creativa e institución. Sería opresivo y violento. Reafirmo, sin embargo, que en la VR de las mujeres el lugar natural en el que crece y madura la fidelidad es (debe ser) la propia institución. Habrá que tomarse muy en serio por qué la realidad parece demostrar lo contrario.

Los grandes proyectos e intuiciones espirituales a los que llamamos carismas institucionales necesitan de las instituciones para darse forma y viabilidad, para ponerse rieles y traducirse en formas reconocibles. Cada mujer que entra a formar parte de la institución vive un proceso particular o individual. Este proceso tiene que ver con el dinamismo antes explicado del mimetismo creativo. Cada mujer se presta, se da a sí misma como canal de transmisión de una espiritualidad concreta. Esta espiritualidad, sin embargo, no solo se adapta al canal, sino que también lo transforma. Hasta aquí, por regla general, estamos de acuerdo la mayor parte de las religiosas. Ya no coincidimos tanto cuando la transformación de la persona influye en su entorno, cuando pide cambios concretos con el fin de vivir, expandirse y florecer fecunda y creativamente. Las instituciones tienden a cercenar todo lo que sobresale. A veces, indiscriminadamente, a veces solo por ser brotes nuevos e inesperados, o por el hecho de que esa floración modifica la supuesta armonía (anodina, homogénea) que exige la idea (generalizada) de fidelidad. Las congregaciones religiosas de mujeres han sufrido cuantiosas pérdidas debido a esta tendencia a homogeneizar recortando lo que destaca, lo distinto, lo novedoso, lo que requeriría, cuando menos, atención y discernimiento. En ocasiones, la responsabilidad de homogeneizar recae sobre grupos concretos de gobierno o sobre una o dos personas específicas, pero incluso en estos casos el resto de la institución no queda eximida de responsabilidad.

Lo más sencillo, quizás lo habitual, es permitir que las personas dinámicas y creativas, especialmente si son “conflictivas”, se marchen. La mayor parte de las veces estas mujeres no se van por propia voluntad, sino porque se sienten colocadas por la institución en situaciones en las que tienen que elegir entre quedarse y adaptarse “recortándose”, o marcharse para seguir evolucionando. Como digo, poner en esta tesitura es lo más sencillo y también lo más empobrecedor. Lo menos sencillo es discernir, negociar, permitir experimentar, buscar los mínimos necesarios y, ojalá, acompañar respetuosamente la evolución de una religiosa, de una comunidad e, incluso, de una Provincia. He podido observar que todo esto da mucho miedo. Y, con el miedo, llegan inevitablemente determinadas formas de violencia.

Es verdad que cada institución de la VR de las mujeres tiene su particular cuota de responsabilidad sobre la forma en que maneja las diferencias en relación con la fidelidad. Pero también es cierto que, incluso cuando son grupos institucionales, la institución eclesiástica clerical y patriarcal ha ejercido mucha violencia. En unos casos, la violencia es patente y llega a ser conocida a través de los medios de comunicación. En otros, los más, se trata de una violencia ejercida de manera continua, invisible y apenas percibida, a menudo bajo el amparo de unas leyes que, como todas las leyes de este mundo, tienen que ver directamente con los cambios. Esas leyes deben seguir cambiando para ejercer la función que les corresponde. Hay congregaciones que han intentado discernir, por fidelidad (al Proyecto de D*s en Jesús, al evangelio, al mismo Jesús y al carisma inicial), cambios en formas y contenidos y se han visto obligadas a frenarlos, a reducirlos o incluso a anularlos por mandatos directos, o indirectos, de los hombres que controlan esta forma de vida en el estamento clerical de la iglesia. Conocemos casos en los que la Iglesia, Pueblo de D*s, en sus contextos concretos, pide cambios y la institución del clero, ya sea local o central, los han impedido, amparándose en el funcionamiento patriarcal clerical.

¿Es posible hacer algo en estos casos? Siempre hay algo que se puede hacer. Siempre hay un nivel en el que o desde el que se puede ser fiel. A veces solo es posible la fidelidad individual, pero dado que esta siempre se encuentra en un contexto, en una institución, no se puede infravalorar el impacto de la fidelidad individual, pequeña, en el entorno colectivo y más amplio. A veces, es posible hacer algo en niveles institucionales menores, como puede ser una comunidad. En ocasiones, es posible desde fuera, cuando una mujer es expulsada por los motivos ya mencionados, por ejemplo, manteniendo la identidad espiritual, aunque no sea reconocida institucionalmente. E, incluso, cuando algunas mujeres que debiendo y queriendo estar dentro se han visto obligadas a marcharse, denuncian de palabra o de obra lo sucedido, como una manera de ser proféticamente fieles. La fidelidad encuentra su camino, ya sea por carreteras muy transitadas, ya sea por veredas apenas exploradas. A veces, la divina Ruah la empuja hacia las fronteras, los umbrales o el espacio sin espacio del limen. Siempre se puede hacer algo, en efecto, pero en lo pequeño, mediano o grande que podamos hacer no debemos olvidar el marco, la estructura, de manera que todo pueda incidir en ella, pues solo el cambio estructural puede de verdad transformar las cosas.

Proceso

Dado que, según lo expuesto, entiendo la fidelidad no solo dentro de un proceso, sino como un proceso ella misma, considero interesante mirar con mayor atención este concepto. Entiendo el sustantivo “proceso” según los dos significados primarios que le atribuye el diccionario de la RAE: como la “acción de ir hacia adelante” y como “transcurso del tiempo”. Desde una perspectiva etimológica “proceso” se relaciona con el verbo procedere. “Proceder” puede referirse a provenir y a suceder. Ambos aspectos apelan a la temporalidad. La fidelidad, entendida como proceso, tiene tanto que ver con el pasado como con el futuro.

Proceso o procedencia (origen)

La fidelidad pregunta por el origen: ¿de dónde venimos?, ¿dónde están nuestras fuentes de inspiración?, ¿qué, quién/es, cuándo, cómo, en qué contexto, con qué finalidad, se originó este proyecto?, ¿en qué momentos y de qué modo se ha ido llevando a cabo, en qué fases?, ¿con qué obstáculos y posibilidades se ha ido encontrando en su camino hasta el día de hoy? Son las preguntas de la fidelidad en el aspecto retroactivo del proceso. Muchas de estas preguntas se hacen en el entorno de la institución que dio cabida y viabilidad al proyecto concreto, al carisma o espiritualidad. Son preguntas que pueden resumirse en esta otra: ¿a quién o qué quiero y debo ser fiel?

Son preguntas familiares que, en el nivel institucional, han ido jalonando los estudios, los capítulos generales y provinciales, las asambleas ordinarias y extraordinarias, la revisión de las reglas, constituciones y documentos, los trabajos en la formación inicial y permanente… Gracias a ellas, las religiosas, ya sea una a una, o como grupo e institución, han vuelto su mirada hacia los comienzos para recuperar, tal vez, la fuerza originaria, el “ánimo”, el “espíritu”, la “inspiración”. En los inicios de los mejores proyectos late un entusiasmo, una ilusión y una fuerza que se va apagando con el tiempo y, con frecuencia, se acaba olvidando.

El proceso de un proyecto requiere mirar de cuando en cuando hacia el pasado, el origen, la historia, sus protagonistas, sus hitos, su solidez constituyente. Sin embargo, en este ejercicio de fidelidad no debemos olvidar ni por un segundo que esa mirada, como todas y cada una de las preguntas que se formulan, tiene un punto de vista concreto. Uno o muchos. Esos puntos de vista, radicados en un presente y una manera concreta de estar en él, son instrumentos hermenéuticos, lo sepamos o no, lo tengamos en cuenta o lo ignoremos. La solidez constituyente en la que se apoya un punto de partida de una manera nueva de vivir la fidelidad evangélica, a lo largo del tiempo, no tiene otra función que la propia de la evocación y la inspiración. No se puede imitar, no se puede volver a vivir porque el tiempo, al menos hasta el momento (según dice la física), no es reversible. Pretender reproducir el momento constituyente es ya una violencia y una violación de la fidelidad evangélica, cuya naturaleza es narrativa y, por ello, hermenéutica.

Si la fidelidad, tanto en la perspectiva individual como en la institucional, solo o principalmente mira al pasado como esa caja preciosa e inmutable que guarda respuestas predeterminadas a todas las preguntas posibles, afecta de tal manera al proceso que este deja de existir para convertirse en un ejercicio de narcisismo, permítaseme la reiteración, cuyo efecto destructivo, sin lugar a dudas, se deja sentir. Este ejercicio de fidelidad es falso. En las Escrituras hebreas y cristianas nos encontramos con un proceso del pueblo, o de unos grupos concretos, de continua relectura (hermenéutica) de la tradición, a cuya luz puede verse muy bien la falsedad de una fidelidad a los orígenes que obstaculiza el cambio y entorpece la marcha del progreso. Este concepto de fidelidad niega, además, la propia historia, hecha de cambios, la mayor parte de las veces a golpe de necesidad. Hay personajes bíblicos en los que puede leerse la verdadera fidelidad, que están como representantes de una tradición con vocación universal, y otros en los que se detecta la resistencia perniciosa e interesada, que convierte al pueblo en una especie de secta selectiva y discriminatoria, por un sentido distorsionado de la fidelidad. Este segundo caso, que se advierte de vez en cuando en la Biblia Hebrea y en la relación entre movimiento de Jesús y algunas comunidades de los orígenes del cristianismo, siempre encuentra su resistencia.

El ejercicio de fidelidad defensivo y reductivo, a pesar de todo, sigue siendo el concepto y el ejercicio más común en la mayoría de las congregaciones de VR activa y en muchos conventos de clausura y monasterios y de mujeres. Por desgracia.

Proceso o sucesión (destino)

La fidelidad en cuanto proceso mira hacia delante. Implica un “proceder”, un dar pasos en una determinada dirección. Incluso cuando mira hacia atrás tiene la vista puesta en el horizonte. Un horizonte, no lo olvidemos, infinito. De nuevo tenemos la paradoja en la dimensión espacial: el horizonte incluye lo infinito en el espacio finito. Eso que se pierde a la vista es solo lo que no se ve, aunque existe. Lo que nunca se verá por más que nos aproximemos, pero que sigue existiendo por más que se escape a nuestra visión. Mantener la vista en el horizonte cuya concreción cambia en la medida en que caminamos hacia él forma parte de la fidelidad. En términos temporales reafirma la idea de que introduce la eternidad en el tiempo. Aunque ya hemos mencionado más arriba un tipo de relación entre fidelidad e infinitud, en este momento considero interesante referirme brevemente a la relación entre fidelidad y eternidad.

“Eterno” viene del latín aeternus (en su origen aeviternus), que significa “de duración indefinida”, “que dura para siempre”. La introducción de lo eterno en el tiempo es una paradoja y su sentido se encuentra más allá de la oposición entre temporal/caduco y sin fin. La eternidad es un deseo que se origina en la percepción del tiempo, ya sea porque resulta escaso o porque resulta excesivo. Como quiera que sea, evoca el desbordamiento. La fidelidad que pone su vista en el horizonte, que no cesa de escrutar ni se detiene ante los rasgos que ese horizonte cambiante va teniendo, es un rasgo propio de aquello que comienza con la profesión religiosa, es decir, con una percepción global y poco concreta de lo que puede ser un estilo de vida. Esto es así porque, en cierto sentido, cada mujer que profesa inaugura ese estilo de vida. Para ella es el principio. Para la congregación también lo es en un cierto sentido. Es más que una mera renovación generacional, es volver a empezar en ese momento concreto en el cual el pasado se concentra y se comprime en el presente. Y ese presente se hace palabra, fórmula de profesión, adquiriendo un valor de compromiso en la profesión perpetua. La dimensión individual de la fidelidad y la dimensión institucional coinciden. Se funden el pasado y el futuro en el presente de la mujer que profesa y, una vez que ha profesado, inicia algo nuevo para ella y algo nuevo para su comunidad y su congregación. La fidelidad tira de ese presente hacia el futuro, aunque siempre seguirá siendo presente.

Solo podemos percibir la eternidad en la sucesión temporal, o mejor dicho, en la insatisfacción que produce la mera sucesión temporal. Ese hilo rojo que une los momentos, los sucesos, mi persona, las relaciones, las acciones, lo completado y lo sin terminar apunta a lo divino. Tiene que ver con la fe, apela a la fidelidad, a la confianza en que hay algo permanente en lo cambiante, de la misma manera que percibimos lo cambiante en lo permanente.

La eternidad y la infinitud se parecen, pero no son equivalentes. Tienen en común el desafío semántico a la temporalidad finita, pero tienen de diferente que la eternidad es un concepto que, en sí mismo, está fuera del tiempo, mientras que la infinitud es la negación de la finitud. Podríamos decir que la infinitud se crea en el tiempo, mientras que la eternidad no. El DRAE, en efecto, define “infinito” como lo que no tiene fin, y “eterno” como lo que no tiene ni principio ni fin. Quizás la infinitud sea, al fin, la forma en la que la eternidad se introduce en el tiempo y, si damos por buena esta idea, podemos entender la fidelidad como una de las cualidades de lo infinito.

Proceso o trayectoria (itinerario)

Entre la procedencia y el incierto destino se encuentra la trayectoria. Es el test de la fidelidad. El itinerario. El ensayo permanente. Tanto la mirada hacia atrás como la que se pone en el horizonte, pueden dar una idea equivocada de la dimensión temporal asociada a la fidelidad. Puede parecer como un trazo sobre una línea continua, una idea lineal del tiempo y de lo que sobrepasa el tiempo, una idea vinculada a la relación causa-efecto. Si así fuera, tendrían razón quienes piensan la fidelidad como el efecto de unas determinadas actitudes: si soy de tal manera, obtendré como resultado la fidelidad; si no actúo de tal modo, no estoy siendo fiel.

Las cosas, evidentemente, son mucho más complejas. En el continuo temporal, en el itinerario propio del proceso existen discontinuidades, saltos, pausas, aceleraciones… No existe la linealidad. Las cosas más importantes de la vida no se miden con el baremo causal. La vida religiosa no es fiel a sí misma sobre un continuum supuestamente equilibrado ni sobre una línea que se recompone cada vez que se rompe, como pueden ser las reformas. La fidelidad (eternidad en el tiempo) es imprevisible en su mayor parte. No es lineal ni circular. Avanza en espiral y en red. Por eso es incierta e indecisa. El horizonte puede dejar ver formas poco definidas que colorean la mirada con la que nos volvemos hacia los orígenes históricos. Una determinada realidad del presente, del itinerario, puede hacer emerger una pregunta tal, por ejemplo, que cambia la cosmovisión y cierra una puerta del pasado para inaugurar un futuro diferente. La historia de la VR habla sin cesar de este tipo de cambios. Y lo que viene, con el tiempo, suele entenderse como una respuesta más o menos acertada a preguntas más o menos acertadas. Así de incierta es la vida. Y así de apasionante. No negarse a ella es condición de la fidelidad. No hay más que observar al YHWH de la Biblia Hebrea o al D*s de Jesús…

Profetismo

 La fluidez de la solidez

Antes hemos mencionado la necesidad de y el anhelo social que se encuentra en el fondo de nuestra sociedad, el deseo de hallar continentes sólidos. También hemos mencionado que la cualidad de la fidelidad no es la rigidez, que el cambio forma parte de su propia condición. ¿Puede este estilo de vida que es la VR de las mujeres, que, ante muchos de nuestros contemporáneos, aparece extraño y en vías de extinción, constituirse en referencia? La respuesta es afirmativa. Trataremos de exponer en qué sentido y en qué dimensión.

Según lo dicho al comienzo acerca del tamaño de este estilo de vida en el futuro, la VR de las mujeres que se propone a sí misma como referente de solidez no es una mole, una masa homogénea, una multitud. Su tamaño va a ir siendo, poco a poco, un signo externo de la paradoja que ella misma es: fuerte siendo débil, permanente en su continua transformación, fluida siendo sólida.

Comencemos por la paradoja que caracteriza su fidelidad, la que vincula fortaleza y vulnerabilidad. Una de las figuras bíblicas que puede ayudar a entender de qué hablamos es la del profeta Jeremías. El relato de su vocación (Jr 1,1-19) está construido sobre paradojas muy evocadoras, pero que comprometen la vida del personaje de una manera tal, que aunque quiera (y en muchas ocasiones, como sabemos, quiere), no puede dejar de ser profeta ni puede dejar de profetizar. La profecía ha calado en su vida y en su persona de tal manera, que si renuncia a ella, renuncia a sí mismo. El relato del profeta Jonás es, si se quiere, más explícito. Jonás intenta escapar a su llamada a la profecía de todas las maneras posibles, pero su condición de profeta le alcanza allí donde creía haber podido ocultarse. Le alcanza hasta su propia comprensión de la profecía. En el diálogo del capítulo final (Jonás, 4), cuando Jonás y YHWH hablan y discuten sobre los resultados de la acción profética, el lector percibe a un Jonás herido porque ha intentado huir de la comprensión de la profecía como tal. Podría parecer que es YHWH quien no le permite huir, pero sabemos que D*s es solo esa Palabra-espejo que invita a Jonás a mirarse. De hecho, el libro tiene un final abierto.

En los dos casos citados, que no son los únicos en la Biblia Hebrea, se percibe con mucha nitidez la relación entre debilidad y fortaleza, la cual, por ser paradójica, ni se resuelve ni podrá resolverse. En ella, en la tensión paradójica irresuelta, está la fidelidad. Ninguno de los profetas puede negar su profunda fragilidad, esa que no explica de ninguna manera posible la fuerza que adquiere la profecía en ellos mismos, en sus gestos, en sus palabras y en sus acciones. Son profetas y profecía viviente a su pesar. Y por ello no pasan inadvertidos, aunque algunos lo intenten y aunque otros se lamenten por ello. La interpretación teológica incide en la intervención divina, pero sabemos que el fenómeno es susceptible de otras interpretaciones que, sin negar la teológica, ponen de manifiesto rasgos de profunda humanidad, individual y social.

Un relato que invita a percibir la paradoja de la fluidez en la solidez es el de la vocación de María según Lucas. María es presentada como un personaje con una vida proyectada y en marcha. Su proyecto de futuro es sólido, integrado en su contexto, previsible, incluso. La Palabra divina irrumpe en su vida y en ese momento de su historia introduciendo fluidez e incertidumbre en la solidez proyectada. La paradoja de la intervención divina que crea un interrogante permanente, que abre una continua incertidumbre en su vida integrada y normalizada, sólida y estable, nunca se resuelve. Un indicio de que la paradoja de la irregularidad en la normalidad regular no se resuelve es el problema sobre el origen humano de Jesús. De hecho, todos los evangelios, a partir de circunstancias susceptibles de diversas interpretaciones, mantienen la pregunta sobre dicho origen. María, que se encuentra en el centro de esta pregunta, es un personaje evangélico en quien se hace patente la fluidez en la solidez.

Esta paradoja nos invita a explorar esa permanente tensión, irresuelta, de la fluidez con la solidez dentro de la VR. Esta será fiel en la medida en que sea capaz de mantener esta tensión de sólida fluidez y de fluida solidez. Ello hace referencia a cada religiosa en particular y, especialmente, a cada institución. Mantener lo que dura, lo permanente, en el cambio y la transformación propios de la vida y que atraviesan nuestra era es un grande y hermoso desafío. Sin pretenciosidad, en la consciente fragilidad de su fuerza, pero también en la consciencia de su enorme poder y fortaleza.

Estas afirmaciones quedan a la vista cuando se concretan. No hablamos de aspectos hermosos globales olvidando la experiencia cotidiana, pues nos estamos refiriendo a cuestiones tan ordinarias y pedestres como la vida en comunidad, tan difícil en el día a día. Nos referimos a cada uno de los votos, desafiados continuamente por una cultura que no los entiende y parece caminar en la dirección contraria. A la misión entreverada en cada trabajo o en la falta de él, si se está en el grupo de los desempleados. Me refiero a la dificultad y el tedio de los cuidados, de las enfermedades, de la soledad…, si miramos la parte oscura, pero también me refiero a la experiencia de la mutua compañía, de la certeza de contar con las demás, de unir fuerzas para abarcar a otra gente con la misma o mayor precariedad emocional que la nuestra, a lo que da de sí poner en común y compartir, más allá de lo propio, hasta lo nuestro, en lo que se incluye a toda la humanidad, a toda esa humanidad que tenemos cerca, a mano, concretamente a nuestro lado, en la vecindad, el barrio, la ciudad, la aldea, el hospital, el colegio, la residencia geriátrica…

Me refiero a todo eso, que será más o menos visible, pero está, y a todo lo que está y es, aunque no se vea, como ocurre con toda la dimensión espiritual, el cultivo y la dedicación al deseo de “conocer a D*s”, la oración y la liturgia, los acompañamientos espirituales, la cercanía en la búsqueda sin nombre de mucha gente… Eso que, siendo permanente, nunca es idéntico. Eso que, cambiando a ritmo de vida y circunstancia, está en el fondo y apenas se mueve y, cuando lo hace, puede volver a serenarse.

Sin embargo, desde mi punto de vista, hoy aparece más visible a nuestro mundo y a nuestra sociedad la característica de la permanencia en la VR. No sería malo si apuntara al otro extremo de la paradoja. Pero, de hecho, esa dimensión del cambio y de la fluidez apenas es visible, apenas la dejamos ver, la dejamos estar, le permitimos mostrarse sin que, a la par, se vea el temor que nos embarga. A mi juicio, la percepción de la fidelidad en la analogía de esta paradoja se hará posible en la medida en que vayamos dejando de temer. Es decir, en la medida en que escuchemos con nuestros oídos esa voz que, como a todo profeta, se le dice “deja de temer”, “no tengas miedo, que yo estoy contigo”. Es uno de los componentes de los relatos de vocación profética en la Biblia, tanto en la Biblia Hebrea como en los evangelios. Recordemos, sin ir más lejos, que es una de las palabras que el ángel Gabriel le dice a María ante su turbación por el saludo y la irrupción divina en su vida (Lc 1,30). La confianza en una palabra que invita a dejar de temer permite que aparezca la fluidez de la solidez sin que eso nos haga temblar. Y nuestro mundo necesita este signo, porque quiere percibir testimonialmente que puede haber una relación, diferente a la experimentada y socialmente aceptada, entre fluidez y solidez, entre cambio y permanencia, entre lo nuevo y lo antiguo, entre el presente y el pasado…

La fidelidad apuesta por esa paradoja. La VR de las mujeres podría escuchar el clamor del pueblo que pide continuidad en el cambio y mostrarle, humildemente, con toda sencillez, la fidelidad. Su tentativa de fidelidad. Fidelidad imperfecta, temerosa, inapropiada tantas veces…, a la par que fidelidad veraz, alguna vez lograda, de mujeres concretas que fueron libre y generosamente fieles. La fidelidad como la eternidad en el tiempo. El pasado en el futuro. El futuro en el pasado. El pasado y el futuro en el presente.

Este signo requiere resistencia. No rigidez, debemos repetirlo una vez más, sino la solidez de la resistencia. Resistir, porque el signo, si no se ve ahora, ya se verá. Ponerse en pie, no dejarse manejar. Crear y/o mantener un sistema maleable, pero no líquido. Crear y/o mantener un sistema consistente y sólido, capaz de ejercer resistencia a los intentos manipuladores. Y, por supuesto, ofrecer modelos contenedores flexibles, pero sólidos, para las incertidumbres que tanto abruman, para la sensación de no saber quién se es porque el mimetismo que se exige es opresor y cruel con cada ser humano.

En esta sociedad en la que vivimos y de la que formamos parte como agentes y no como meros “pacientes” (pasivos), podemos resistir y resistirnos ante los continentes que dan forma inestable a la “liquidez”. Es un desafío difícil, pues se trata de ser versátil sin ser líquida; de ser versátil, sin ser rígida. Como la caña de bambú.

El atractivo de la solidez y sus riesgos

La necesidad de encontrar continentes que aguanten la liquidez, sin derramarse, y ofrezcan estructuras de solidez es uno de los factores que pueden explicar el atractivo que ejerce para muchas mujeres jóvenes una VR tradicional y rígida, de estructuras permanentes entendidas como inamovibles. Esta VR, según la percepción de estas mujeres, promete dar forma a una identidad informe. Y la ansiedad anticipatoria experimentada por dichas mujeres puede ser un factor explicativo, así mismo, de las salidas de muchas que, supuestamente, habían encontrado su lugar en el mundo. Es, sin duda, muy complejo, pero es preciso estar al tanto.

No es casualidad que sean las instituciones religiosas que se presentan como fuertes, firmes, permanentes al paso del tiempo y seguras en su interpretación de la tradición las que atraen a mujeres más o menos jóvenes. La extrañeza de que quienes se sienten atraídas sean, con frecuencia, mujeres formadas, algunas recién salidas de la Universidad y más de una con un puesto de trabajo y comprometida en relaciones sentimentales, indica que no es fácil analizar el fenómeno global de nuestra cultura (es decir, que esto es un signo o un síntoma de algo). Si nos detenemos en este perfil, siquiera sea por un momento, es posible que podamos comprender uno, al menos, de los factores que orientan la búsqueda de este grupo. Las mujeres que cursan estudios superiores están capacitadas para experimentar las contradicciones de la sociedad. No solo porque se encuentren estudiando, o habiendo estudiado, una carrera o una especialidad que será difícil ejercer profesionalmente, no solo porque el mercado de trabajo es precario, no solo porque las relaciones y los compromisos son inciertos y exigen mucho más de lo que dan, sino porque el acceso al conocimiento les permite un mejor acceso a ellas mismas.

En esta situación, que las vuelve más accesibles a la autoconciencia, no saben cómo situarse ante sí, ante la sensibilidad espiritual que encuentran en el fondo, ante los anhelos de permanecer y de encontrar referencias constantes para su identidad, todavía sin hacer, y en búsqueda. Estas mujeres son aptas para percibir estructuras espirituales y religiosas que llamamos “tradicionales”. Buscan un contenedor sólido, una fidelidad que les evoque lo permanente. Algunas vienen de familias insertas en movimientos de corte tradicional y rígido, otras vienen de una búsqueda continua, algunas, de estructuras rotas o en continuo cambio, o con la percepción anticipada de cambios que pueden estar a la vuelta de la esquina para desestabilizarlas emocionalmente, más aún de lo que ya lo están. Los estudios permiten a estas mujeres una percepción más aguda de algo que no saben definir.

Pero no son las únicas a las que asola esta experiencia. La proveniencia de candidatas a una VR y/o monástica y/o conventual de corte tradicional y rígido es diversa. Atrae una rigidez entendida como solidez, atrae una solidez entendida como estabilidad.

El monasterio, el convento, o la estructura institucional cerrada evocan un espacio, porque la solidez tiene una específica dimensión espacial que resulta atractiva a quienes buscan contener su propia “liquidez”, su propensión al cambio informe. Y, con ello, la resistencia a la levedad que es igualmente propia de la liquidez. Las estructuras así percibidas evocan peso, materia, sustancia. La solidez es percibida como resistencia a la maleabilidad, como contenedor. ¿Quién podría censurar este atractivo?

Se trata, decíamos arriba, de las mismas razones por las que, luego, muchas de estas mujeres no pueden luego soportar este estilo de vida. No han sido preparadas, configuradas psicológica ni socialmente para la pura contención, para la sola resistencia. ¿Qué harán con la maleabilidad, con la liquidez que ha configurado sus personas, sus vidas, sus hábitos? Tampoco ahí son muy certeros nuestros juicios o nuestras deducciones. Sabemos poco de las razones verdaderas por las que muchas (más de las que nos dicen los números oficiales) abandonan esta forma de vida, pero no es difícil entender que en muchos casos dicho estilo de vida no responda a los anhelos que les han llevado hasta ella. Muchas mujeres que han encontrado rigidez donde buscaban solidez, que han encontrado control donde buscaban libertad orientada y acompañada, que han encontrado pobreza hermenéutica donde buscaban permanencia en una tradición viva, han tenido que salir. No sabemos qué interpretación han podido hacer de sí mismas ni de la institución de la que han salido. Tenemos poca información sobre las experiencias vividas y el reciclaje emocional, psicológico y espiritual que han podido realizar, pero sospechamos que no ha sido fácil. Es responsabilidad de las instituciones hacerse preguntas sobre una cuestión tan seria. Tanto las instituciones que ofrecen algo diferente a lo que prometen, como las que no son capaces de ofrecer esa vida alternativa y esa fidelidad creativa que tantas mujeres jóvenes y medianas andan buscando en la sociedad occidental y occidentalizada (globalizada, absorbida por el sistema patriarcal capitalista neoliberal).

En la lista de atractivos que parece tener cierto tipo de VR para muchas mujeres tiene un lugar importante la comunidad, en un sentido concreto, y la institución, en un sentido global. Es de sobra conocido el dato del aumento de la corriente comunitarista. Los sociólogos lo conocen bien y más de uno lo ha estudiado con profundidad. En términos generales podríamos decir que se trata de una reacción compensatoria a la sensación de aislamiento que afecta a gran parte de la población occidental y occidentalizada. El mundo parece menos amenazante e inseguro cuando se encuentra un refugio comunitario, un grupo cohesionado y sólido que ofrece seguridad estable, seguridad durable. Hay grupos que han nacido con esta tarea de cobijar y dar seguridad y hay otros que han reafirmado esta función. La VR más tradicional se encuentra entre estos últimos grupos. Otra cosa distinta es que, en la práctica, las mujeres que acuden a estas congregaciones y/o monasterios encuentren lo que buscaban, pero no se puede negar que estas instituciones resultan atractivas.

Con todo, reitero para la VR de las mujeres, en sus distintas formas, la resistencia en la fidelidad como esa línea de continuidad en el cambio. La fidelidad, como la solidez que amalgama la liquidez de la experiencia actual en todos los niveles de la vida. Las religiosas y las monjas no son mujeres ajenas al mundo, no han venido de la estratosfera, no son de un tiempo distinto al actual, por más que, a veces, algunas puedan y quieran parecerlo. Las religiosas de hoy pueden ser un signo de lo inmutable en lo mutable, repito, de la continuidad en el cambio. Pueden serlo como lo fueron los movimientos de renovación y reforma en los tiempos bíblicos, como lo fueron los primeros cristianos respecto al mundo judío del que provenían, como lo han sido personajes y grupos a lo largo de la historia en el seno de la Iglesia, como lo pidió de ellas el Vaticano II.

Y esta fidelidad produce vida buena. Solidez suficiente. Cambio en lo mutable, permanencia en lo mudable, estabilidad en lo inestable. El infinito en el tiempo permite la lentitud de la maduración, la resistencia profética a la tentación de la inconsistencia, el valor de lo humano por sí mismo, la resistencia a la evaluación superficial de lo humano que genera superfluidad, desechos vivientes. Esta fidelidad es un hermoso canto de esperanza porque se apoya en la fe. En la fe de D*s que siempre está, aunque no sepamos ni podamos, a Dios gracias, apresarlo ni controlarlo. En la fe en D*s y, por ello, en los humanos, sus criaturas amadas, incondicionalmente, con un amor sólido y resistente.