Conferencia de Mercedes Navarro Puerto

CESBA, Capital Federal

28/05/2015

 

Sacrificio, resignación y violencia doméstica

Una historia de ayer

Cuenta una historia que un hombre, sacerdote de profesión y, por lo tanto agente de sacrificios rituales, estaba casado con una mujer de un pueblo diferente al suyo. Por ciertas diferencias en el sistema matrimonial, la mujer era considerada una concubina. Un día, a raíz de una pelea de pareja, la concubina se marchó a casa de su padre. El sacerdote la echaba de menos y fue a buscarla con el fin de convencerla para que volviera. El suegro lo trató muy bien y lo retuvo varios días. Por fin se ponen en camino de vuelta a su casa, pero se les hace de noche y deciden pernoctar en Gibeah, una aldea de la tribu de Benjamín. Como era costumbre, van a la plaza del pueblo a esperar hospitalidad y un forastero, que vuelve de su trabajo en el campo, los ve y les ofrece hospedaje.

Al rato se presentan unos hombres del pueblo en la casa del forastero pidiendo que le entreguen al levita para abusar sexualmente de él. El dueño de la casa, horrorizado por la abominación que supone, les dice que dispongan de su mujer; o de su hija, que es virgen todavía. Los hombres rechazan el cambio y siguen insistiendo en que quieren al levita. Éste, entonces, toma a su concubina y se la entrega para que hagan con ella lo que quieran. Los hombres toman a la mujer y abusan de ella durante toda la noche. Al alba, cuando el levita va a continuar su viaje, abre la puerta y encuentra a su mujer en el suelo y con una mano en el umbral. Le dice ¡vamos! Instándola a que se levante, pero al ver que ella no se mueve la coge y la carga en el burro.

Cuando llega a su casa toma un cuchillo y descuartiza el cuerpo de la mujer en 12 partes que envía a las tribus con un mensaje de reclamo a la venganza. Las tribus responden y declaran la guerra santa al clan de Benjamín.

Esta historia de violencia machista, a la que no tienen nada que envidiar los relatos de asesinatos en serie y otras noticias que leemos a diario en los periódicos, se encuentra en el c.19 del libro de los Jueces y sirve de pórtico a mi reflexión por su tremenda actualidad y su contexto religioso, sacrificial y ritual. La violencia ejercida sobre esta mujer condensa diferentes formas de violencia machista. Es violencia física, sexual, religiosa ritual y violencia simbólica. El relato ofrece datos suficientes para asegurar que el autor material del homicidio sacrificial es el levita. La encuentra medio muerta y la remata en su casa. El marido ejerce el acto definitivo de violencia física y religiosa, pero también de violencia simbólica al utilizarla como escudo humano para salvarse. Como hoy, el que mata a su mujer es un hombre del círculo familiar cuando ella le abandona y él no se resigna.

Los hombres de Gibeah, por su parte, ejercen la violencia sexual violándola y todos los hombres de la narración ejercen la violencia simbólica contra ella, incluyendo el narrador que ni le da nombre ni hace intervenir agente sobrenatural alguno que defienda y salve a la víctima. Ella es sacrificada en lugar de su marido. La violencia sobre esta mujer es violencia doméstica convertida en afrenta política que conduce a la lucha armada de las tribus contra el ofensor. Porque lo personal y privado es político.

Pero no pensemos que la guerra santa intenta vengar la muerte de la concubina. Intenta restaurar el honor perdido del levita, cuya ofensa es abominable, pues la mujer medio muerta en el umbral de su puerta es un claro mensaje de los violadores de Gibeah al levita: esto que hemos hecho con tu mujer es lo que simbólicamente hacemos contigo. Ella, así, queda convertida en menos que nada, su cuerpo es mero sustituto del cuerpo del hombre al que ofenden y agravian a través de ella. Por eso el levita se siente contaminado y realiza un ritual sacrificial utilizando el cuerpo de la mujer como víctima y, de nuevo, como vehículo y reclamo de violencia. En esta ocasión a la mujer se la despoja hasta de su cuerpo, puesto que el sacrificio lo ha troceado y anulado.

¿Diríamos que ella se resigna a morir sólo porque no nos permiten escuchar sus gritos, ver su rostro, percibir su angustia y sus intentos de defensa? Por el hecho de que no se narre ¿tendremos que concluir que ella se deja sacrificar pasivamente?

 

Unas historias de hoy y su imaginario social

Si alguien piensa que los asesinatos y violencias de género contra las mujeres ya no son sacrificios rituales, quiero recordar fragmentos de algunas canciones de grupos musicales de black metal, de hace un tiempo, que han sido escuchados por multitud de personas jóvenes y no tanto, durante años, en los primeros puestos de la lista de éxitos. Una canción del grupo inglés Venom decía: la muerte de la virgen es necesaria… / levanta el cuchillo…/ clava el puñal en su teta Y otra, del grupo Motly Crue, en un disco llamado Chicas, chicas, chicas, del que sólo en EE.UU. se vendieron 2 millones de copias, cantaba: aquellas últimas noches la hoja de mi cuchillo te recorrió y rebanó/ quedaste fría, ahora los dos estamos solos… / pero matarte me ayudó a mantenerte en casa. Y, mejor no hablar del todavía reciente video de Rihanna y Chris Brown “Love the way you lie”, con su apología de la violencia de género. Los Ronaldos dicen en su canción “sí, sí, sí”: Tendría que besarte, desnudarte…/… pegarte y luego violarte…/Hasta que digas sí…

Rocío Jurado en su canción Te lo juro yo: Llévame por calles de hiel y amargura/ Ponme ligaduras y hasta escúpeme/ Échame a los ojos un puñao de arena/ Mátame de pena, pero quiéreme

Víctor Manuel, en El club de las mujeres muertas, que es una canción denuncia, dice: Quemadas, arrastradas por los pelos,

torturadas, devastadas/, violadas legalmente, apuñaladas,/ algún juez las mira y la pasa.Últimamente he visto una película israelí llamada Gett, el divorcio de Vivianne Ansalem, en el que la mujer quiere divorciarse y el marido le niega el divorcio. No hay por medio ni malos tratos ni violencia física, sino esas otras violencias sibilinas que llamamos micromachismos y que obligan a las mujeres a elegir el mal menor en un acto de sacrificio que arrastra la ruina de una parte importante de su vida. No es nuevo. Las niñas de mi tiempo bailaban al corro una canción que decía: Don Federico mató a su mujer/ la hizo picadillo y la puso en la sartén./ La gente que pasaba olía a carne asada,/era la mujer de Don Federico.

No se trata de incas ni de aztecas, sino de jóvenes actuales. Masas de chicas y chicos se aprendieron estas canciones de memoria y repitieron tranquilamente sus letras. La música del rock havy metal y la rapera, alimentan sus canciones de letras en donde se incluyen fantasías de sacrificios rituales de sangre cuyas víctimas son mujeres, lo mismo que ocurre con las taquilleras películas de asesinatos rituales de mujeres. La música, el cine, la literatura, se hacen eco de la pervivencia de los sacrificios rituales cruentos de los cuerpos de las mujeres en los que se alían la muerte, el sexo y el poder de los hombres sobre las vidas de las mujeres.

Esta violencia, que como la historia de la concubina del levita es también violencia simbólica, física y sexual, reaparece constantemente en el mundo de la publicidad de ciertas marcas de ropa femenina para jóvenes. Nunca dejan de impresionarme los anuncios de Calvin Klein, Women’s Secret, y otras marcas en donde, en blanco y negro o tonos de sepia y gris, aparecen modelos adolescentes anoréxicas, de miradas desvitalizadas y perdidas, en posturas abandónicas y pasivas, con rostros demacrados y ojeras pronunciadas, que parecen recién salidas de una sesión de palizas y malos tratos, que pese a ser denunciados vuelven cada cierto tiempo como si nada. No me explico nuestra resistencia a entender el mensaje dedicado a las chicas de las nuevas generaciones, que les dice ¡desapareced!, un grito dirigido a neutralizar las conquistas de las mujeres. Que no coman, ni tengan fuerzas para moverse y protestar… ¡que se mueran!

Se sigue sacrificando a mujeres en bien de la sociedad, de ciertos valores morales y religiosos, incluso físicamente, si por ejemplo entran en conflicto la vida de la madre y la del hijo; se sacrifica a la primera en beneficio del segundo. Sacrificio bendecido por ciertas beatificaciones de alguna que otra mujer que murió para que viviera el hijo de su seno.

¿Cómo entender la pervivencia de estas ancestrales fantasías que lejos de desaparecer, parecen aumentar?, ¿qué mecanismos las hace posibles, mediante qué leyes se transmiten y perpetúan a través del espacio y el tiempo?, ¿cuál es el papel de la religión en los roles del violento y sacrificador y en el de la sacrificada?, ¿cómo entender el inmenso aguante de tantas mujeres ante los malostratos domésticos, la violencia física, sexual y simbólica?, ¿por qué, precisamente, se sacrifica a las mujeres?

Hace tiempo vi la película del aclamado director de cine Lars von Trier Bailar en la oscuridad en donde el director narra magistralmente la tragedia de los inocentes a partir del autosacrificio de una mujer. Recuerdo todavía el impacto que en este sentido me causó Rompiendo las olas, otra película del mismo autor. Y podría hacer una larga lista de películas y directores que vuelven sobre el mismo patrón sacrificial.

 

La tradición religiosa y la lectura kyriarcal de la violencia de género

Ninguna religión histórica conocida ha dejado de ejercer la violencia de género, pues todas ellas son patriarcales o kyriarcales. Todas ellas refuerzan los estereotipos de género en oposición polar, complementaria y estratificada jerárquicamente. Ninguna de las religiones existentes se caracteriza por el liderazgo de sus mujeres o el lugar destacado que ocupan en la sociedad, así como tampoco sobresalen por su crítica a los esquemas excluyentes del patriarcado. En un sentido general podemos decir que las grandes religiones históricas conocidas han ejercido un determinado tipo de violencia contra las mujeres.

Es preciso, además, subrayar la lectura kyriarcal y sesgada de toda una historia de violencia social y religiosa contra las mujeres. La manera de nombrarla, los calificativos que las han acompañado, las racionalizaciones justificadoras de crímenes sexistas, las omisiones y silencios, las culpabilizaciones, son botones de muestra de una forma de contar la historia desde la parte de los que las condenan, culpabilizan, someten, ejecutan, excluyen, sacrifican, asesinan… aduciendo motivos religiosos esencialistas, naturalistas y biologicistas acerca de lo femenino. Una historia de las mujeres leída en estas claves podría acercarnos a su terrorífica realidad.

Entender los mecanismos de este tipo de violencia es, tal vez, el primer paso para su modificación, aunque se trata de problema complejo. Me voy a servir de instrumentos de la psicología y, en particular, la psicología de la religión. Con éstas, como con otras ciencias, debe dialogar larga y profundamente la teología para no reforzar los mecanismos destructivos de los humanos para con los humanos y con el entorno. Dice un autor que antes de la iluminación debe ponerse de relieve la oscuridad, nombrarla es ya el comienzo mismo de la luz. Eso pretendo: nombrar la oscuridad y, cómo no, proponer algunas líneas generales de acción. La cuestión, repito, no es simple, y mi tratamiento del tema tampoco desea simplificar lo que es complejo.

 

El análisis

En el breve análisis de causas aducidas para entender la violencia doméstica y religiosa de género es obligado distinguir las dos partes, la de los hombres y la de las mujeres, pero sin separarlas, pues son correlativas. Si uno condena otra es condenada, si uno es el agresor otra es la víctima, si uno es sacrificador, otra es la sacrificada.

 

Violencia de varones: las dis-culpas de la culpa

La violencia masculina de género es tan llamativa que no cesa de desencadenar preguntas acerca de sus causas. Nombremos algunas que suenan a disculpas.

Primera. La culpa de la biología. La primera y más recurrente es atribuir la violencia masculina en general y, contra las mujeres en particular a causas biológicas que escapan al control de los varones. Con este a priori se han leído muchos datos de la realidad tanto de la vida ordinaria como de la ciencia. Así, hemos hablado de la escasa tolerancia de los hombres a la frustración, de su mayor irritabilidad e impaciencia, de su mayor impulsividad sexual y agresiva… sobre la base de una constitución biológica inmodificable, que ha naturalizado las respuestas masculinas violentas. Hemos recurrido a la supuesta relación causa-efecto entre la hormona masculina, la testosterona, y la agresividad. Los varones, decimos, tienen mayor proporción de testosterona y por ello son más violentos, especialmente en sus conductas sexuales. Las violaciones se han interpretado frecuentemente sobre la base de esta teoría, así como sobre su tendencia a la posesividad de las mujeres, los celos y otras conductas. El esquema de sexualidad dominante en nuestra cultura, que es sexogenital patriarcal, dice que no puede ser de otro modo, pues la penetración es en sí misma un acto agresivo. De esta manera, reforzando coherentemente la premisa biológica, no se cuestiona la concepción de la sexualidad. En este sentido la misma moral sexual cristiana refuerza el esquema. A menudo, en los intentos justificadores, se hacen peligrosas extrapolaciones del mundo animal al mundo de los humanos. Y es frecuente que se solapen y confundan la agresividad y la violencia.

Hoy, sin embargo, los estudios no son en absoluto concluyentes, pues debido a la profunda interacción entre lo biológico y lo psíquico y entre éstos y los condicionamientos sociales, no se sabe qué produce qué y qué aumenta qué: si las conductas violentas se deben al aumento de la testosterona y la adrenalina en sangre o si son las conductas las que aumentan los niveles hormonales y producen modificaciones en el funcionamiento biológico y psicológico de los varones; si hay conductas aprendidas ya en la primera infancia o son las presiones sociales las que incitan y refuerzan determinadas conductas violentas masculinas a partir de lo que se conoce como la mística de la masculinidad. Según esta mística los hombres han de ser duros, competitivos y emocionalmente distantes. Su logro social depende de su capacidad de aguante ante situaciones demostrativas de identidad masculina y de su poder, entendido como imposición, a menudo violenta, sobre los demás, especialmente, las demás.

Segunda. La culpa del instinto y otras razones psicológicas. Si estas explicaciones son deterministas, también lo es la explicación que se basa en una determinada lectura freudiana del instinto de muerte, que, según él, se encuentra arraigado más profundamente en los varones que en las mujeres, dada su evolución psicológica. Esta teoría compromete profundamente la dimensión humana de la libertad de los varones.

Tercera. Las culpas históricas y antropológicas. Otras explicaciones psicosociológicas y de la antropología cultural apelan a los aprendizajes culturales, las ancestrales tradiciones de las sociedades patriarcales destinadas a someter a las mujeres, valiéndose de la mayor fuerza física y  la liberación de las tareas del cuidado de las crías. Se apela, también, a la antigüedad y universalidad de los ritos de iniciación masculinos en las sociedades conocidas, marcados en la mayoría de las ocasiones por la violencia y la dureza. Tampoco nos hemos preguntado demasiado por su función identitaria ante los varones de esas mismas sociedades y ante las mujeres. Los estudios antropológicos destacan la diversidad de respuestas a situaciones semejantes, así como la mayor resistencia biológica de la hembra humana. Por otro lado se ha culpado a las madres y al elevado porcentaje femenino que se ocupa habitualmente de la educación infantil Pero no se cuestiona la parte de responsabilidad que la ausencia paterna y masculina pudiera tener en dichos resultados.

Cuarta. Las culpas religiosas. Por fin, las religiones han apelado al eterno e inmutable orden divino, según el cual el hombre tiene autoridad sobre la mujer, hasta el punto de poder sacrificarla y ejercer, incluso impunemente, la violencia cruenta o incruenta sobre ella. La Biblia contiene suficientes ejemplos, pero también hay numerosos mitos y normativas semejantes en otras religiones. La culpabilización y la atribución de mayor contaminación femenina ante lo sagrado han justificado secularmente diferentes tipos de violencia y control social sobre las mujeres. Veremos que una de las causas reforzadoras de las conductas sacrificiales, tanto de la parte del varón como agente, cuanto de la mujer, como víctima, tienen que ver con la relación entre mujer y pecado, mujer y contaminación.

 

Función legitimadora

No es difícil concluir que todas estas culpas tienen la función psicosocial de mantener fijos e inmutables unos esquemas de género que seguirán perpetuándose si no los cuestionamos, o, mejor, si no los cuestionamos de una determinada manera. Los hombres encuentran en la proyección de estas culpas la legitimización del reparto de las responsabilidades. La responsabilidad de las mujeres en las relaciones, el sexo, el cuidado y la educación, legitima la falta de responsabilidad masculina en estos campos exculpándolos de su obligación de madurar en ellos. Ahora que el modelo se trastoca, el sistema encuentra a punto las defensas masculinas recrudeciendo las características cuestionadas: puesto que ni quiere ni se siente responsable de su violencia puede aumentarla reforzando el supuesto de inmutabilidad e inevitabilidad

 

Explicaciones, que no justificaciones

Que los varones son físicamente más violentos que las mujeres y que más del 80% de la violencia de género la ejercen los varones contra las mujeres, son hechos. Ciertamente es preciso encontrar explicaciones, pero eso no significa que éstas justifiquen lo injustificable. La pregunta a las ciencias no puede hacerse sin una crítica consciente al a priori de lo inevitable e inmutable pues de no ser así se convertiría en una manera de calmar la angustia que nos produce nuestra libertad y responsabilidad. Pediremos explicaciones a la psicología.

Numerosos estudios muestran que en la infancia los niños, más que las niñas, reciben un trato más duro que refuerza las tendencias impulsivas. También sabemos que las presiones de los compañeros en la calle y en la escuela, siendo todavía muy niños, les obligan a comportamientos más brutos y violentos en el trato mutuo. Se ha observado que los niños que viven en sociedades violentas tienden a asumir que los altos niveles de violencia son inevitables. Pero estos datos son sólo constataciones. Los hechos invitan a preguntarnos qué factores influyen en el éxito de la mística de la masculinidad que incorpora la violencia, sobre todo de género, a la identidad de los varones.

Según R. Holt, parte de la brutalidad y la dureza consiste en no tener demasiada sensibilidad y en no preocuparse por los propios sentimientos. De esta manera la socialización de los niños en sus familias y en el resto de la sociedad enseña eficazmente a los varones a mantenerse separados de los sentimientos y emociones, de forma que ni los conocen ni, por ello, aprenden a controlarlos. Al desarrollar habilidades motoras, verbales y actitudinales sobre la base de esta separación, las alteraciones emocionales y los sentimientos afectivos son canalizados a través de dichas habilidades, en particular las racionalizaciones y un determinado modo de agresividad. Utilizan conductas agresivas para expresar inadecuadamente sentimientos a los que ni siquiera saben poner nombre, de modo que mediante ellas se afirman y se defienden. Este canal de expresión agresiva es a menudo la violencia. Puesto que aprenden que los sentimientos y la sensibilidad forman parte de los seres más débiles, las propias alteraciones y desconciertos de la sensibilidad y el miedo que produce no saber qué pasa dentro de uno ni qué se tiene que hacer con ello, se proyecta en los débiles en forma de violencia destructiva.

Estudios psicológicos de los últimos 20 años indican que la empatía y la violencia destructiva se oponen. Si aumenta la empatía emocional disminuye la violencia. Se ha podido demostrar que los niños que en su infancia cuidan a sus hermanos pequeños, son más empáticos de adultos y menos violentos con las mujeres y los débiles, incluso si en la preadolescencia y adolescencia se ven obligados por sus grupos de pares a mostrarse brutos en contra de lo que sienten. Y es que el cuidado de niñas/os pequeñas/os requiere paciencia y empatía. La empatía, según la psicología, es el rasgo más importante en la conducta altruista humana. El repertorio emocional de las niñas y mujeres es mayor y más rico y el de los niños y varones es más limitado. Esta diferencia es debida a tempranos aprendizajes y no a factores genéticos. A los niños se les obliga, explícita o implícitamente, a reprimir los sentimientos de debilidad, miedo y vulnerabilidad hasta el punto de verse separados o distanciados de ellos. Las niñas aprenden en seguida a ofrecer apoyo emocional y práctico a los más pequeños, incluidos los niños que, a su vez, aprenden a recibirlo, pero no a darlo. Las mujeres aprenden de niñas a hacer frente al abandono, pero los hombres no lo soportan y por ello reaccionan violentamente y, como sucede ahora, puede llevarles al asesinato de sus ex esposas, novias, amantes, pues se sienten tremendamente heridos en su virilidad.

¿A qué se debe la reacción destructiva contra la persona que les abandona y a qué se debe que se sientan tan heridos en su hombría? La respuesta pasa por la explicación del narcisismo masculino y su función, algo que dejo para cuando hable del sacrificio.

Otro factor de notable influencia es la ancestral separación de sexos. Según Wrhiting la separación de sexos conduce a un conflicto de identidad en los chicos, a un miedo inconsciente a ser femeninos, que desemboca en una masculinidad militante, y lleva a la exageración de la solidaridad masculina y, por tanto, al aislamiento de las mujeres y de las/os niñas/os más pequeños. Esto se convierte en un círculo vicioso.

Las grandes religiones han sido fieles aliadas de la sociedad patriarcal. Entre otras cosas, han sido fundamentales para interiorizar y reforzar la legitimación y pervivencia interesada del reparto sexista de responsabilidades entre el mundo privado y el público, en función de las competencias presuntamente naturales de cada sexo. Se entiende, entonces, que ejerzan determinadas formas de violencia contra las mujeres pues refuerzan, como ningún otro sistema, la separación de los hombres de sus emociones (lo exige el mundo público) y la separación entre los hombres y las mujeres. Es decir: las religiones históricas han sido caldo de cultivo de la violencia de género, en especial de la violencia doméstica. El cristianismo y la religión musulmana han diluido las fronteras privado – público en el ejercicio de la violencia contra mujeres y débiles. El fanatismo islámico está ejerciendo la violencia de género como arma estatal y política. Recordemos los degüellos de mujeres argelinas, las lapidaciones públicas, las ejecuciones en las condenas de crímenes de honor y, por supuesto, la condensada violencia de los talibanes sobre sus mujeres. Para percibir los problemas del catolicismo habría que referirse a la violencia sexual, abusos sexuales, de una buena parte del clero contra mujeres y menores. Los escándalos no cesan de sucederse, como bien sabemos por los medios de comunicación. Tanto en el caso del fanatismo musulmán como en el de una buena parte del clero católico, podemos percibir graves problemas de identidad masculina, ya que para reafirmarla han de atacar y someter a los diferentes y débiles.

 

Resignación femenina: la otra cara de la moneda

Las mujeres de todos los rincones de la tierra hoy dicen basta a la violencia de los hombres contra ellas. Pensemos en las decididas protestas en la India, por ejemplo. Como dato social esto es nuevo, pero ciertamente no es la primera vez que las mujeres levantan su voz ni huyen de sus agresores. La historia nos cuenta intentos de huida, logros y fracasos. No obstante, queda la impresión de la impresionante capacidad de aguante de las mujeres a lo largo de la historia, para soportar los malos tratos como si realmente les correspondiera o como si no pudieran hacer nada para evitarlos; como si aceptaran fatalistamente la parte que les toca. Yo desconfío de esta narración, pues me la cuenta la parte interesada en ocultar u omitir los datos de la resistencia y la lucha que las mujeres han mantenido a lo largo de los siglos contra sus opresores.

Sospecho, por tanto, de la versión oficial. Sin embargo, es cierto que muchas mujeres de las generaciones inmediatamente anteriores a la mía y un buen número de mujeres actuales, de todas las edades, han expresado verbalmente una actitud ante la violencia masculina contra ellas que nos hace pensar y requiere, también, una explicación. La persistencia de los malos tratos y de los asesinatos de género es otro dato que nos pide claves de comprensión. Recuerdo, una vez más, la máxima de José Rizal, líder filipino de la liberación de la colonización española: hay tiranos donde hay esclavos. Si un número significativo de mujeres no hubiera interiorizado ciertas normas y máximas acerca de sí mismas, de los varones y de la naturaleza de las relaciones entre ambos, hace tiempo que la violencia doméstica no existiría.

 

Reacciones de las mujeres ante la violencia doméstica: una explicación psicológica

Voy a enumerar algunas de las formas en que reaccionan las mujeres a la violencia doméstica: aguantando (esperaré un poco más), racionalizando (ha sido un mal momento, pero no es mal hombre), deprimiéndose (no valgo nada, no sé cómo agradarle), agrediéndose físicamente (estoy gorda; tengo que dejar de comer; como hasta que vomito; tengo arrugas, debería hacerme un lifting,), somatizando (úlceras, cáncer, dolores musculares, astenia…), desplazando la agresividad hacia los hijos e hijas pequeños, machacándose psíquicamente, huyendo y distrayéndose compulsivamente (ludopatías), suicidándose, generando fobias, olvidándose de sí y racionalizando el aguante por motivaciones religiosas (debo perdonarle hasta 70 veces 7, si resisto un día se dará cuenta y eso le hará bien, Dios no puede dejar de aceptar mi sacrificio, peor lo pasó Jesús…)

De entre todas las explicaciones ofrecidas por la psicología destaco sólo algunas, pues la dinámica psicológica de las maltratadas es compleja y los factores que se entrecruzan son numerosos. Voy a referirme a 1) las conductas de apego; 2) la inhibición de la agresividad y 3) la autoestima.

1) aprendizaje de las conductas de apego. Todo el proceso de socialización, dice la psicología profunda, tiende a reforzar las conductas de apego de los bebés niñas. El mismo proceso, en este caso, propicia experiencias y actitudes que se ven destacadas en mujeres maltratadas. Las madres tienden a ser más retentivas con las niñas que con los niños y censuran la independencia y la exploración del mundo que, en cambio, promueven en los varones. Tienden a transmitir sus propios temores y ansiedades a las hijas protegiéndolas de un mundo que perciben más amenazante para ellas. La socialización como cuidadoras se asocia a la autovigilancia para ser buenas, es decir, no desobedecer, ser complacientes con los demás y cuidar a mamá para que no se enfade y no la abandone. En

resumen, las niñas aprenden la identificación de género con la madre, que les potencia las conductas de apego y refuerza su temor a la pérdida de amor. De la conjunción de estos factores nace la equivalencia entre mujer y madre, interiorizando el imperativo de cuidar. Ser madre es algo que todavía se sigue naturalizando, como lo demuestra el hecho de que no se pida explicaciones a las mujeres sobre los motivos por los que quieren tener hijos y sí cuando deciden no tenerlos, como si se tratara de un mandato de género y no un deseo.

2) Inhibición de la agresividad. Si a los niños se les refuerzan las conductas agresivas, a las niñas se les censura, incluyendo sus formas defensivas y el rol que juega en el proceso de individuación y autoafirmación. La aprobación social a las niñas es mayor cuanto menor es su agresividad. Con los varones sucede al revés, pues hay mayor aprobación social cuanto más agresivos se muestran y más control adquieren sobre la realidad externa. No ser agresivos significa ser como niñitas, entendiendo la comparación como una degradación en la escala de humanidad y un atentado contra la identidad viril. De este modo se constituyen unas asimetrías de género muy poderosas.

3) La autoestima, que en gran medida depende de la aprobación social, estará condicionada por el éxito en el mandato implícito de cuidar y en la inhibición de la agresividad. De tal modo que cuando las mujeres no cuidan a otros o dejan aparecer la agresividad se siente culpables. La motivación de apego en las mujeres, si está bien alimentada, es más fuerte que cualquier otra. Todos los días comprobamos que una de las características de la dependencia es la necesidad de ser aprobada desde fuera.

Esto implica que a la hora de la ruptura o de la separación predomina el sentimiento interno de que en las relaciones siempre podía haber hecho más. Las mujeres sienten terror a la soledad, no porque no se valgan por sí mismas, capacidad que está más que demostrada, sino porque la presencia del otro es garantía de que (se) es valiosa para él. Este terror a la soledad se dispara en las situaciones de malos tratos. En definitiva podríamos decir con Nora Levinton que las mujeres aguantan el mal trato porque el sufrimiento que les hace padecer esa situación puede, en muchos casos, ser menor que el miedo a quedarse solas con sus fantasmas y autorreproches. Porque el sufrimiento que pueden padecer por no haber cumplido con sus “deberes internos” puede ser mayor que el de las agresiones que soportan

Ante esta dinámica por lo pronto se imponen dos cosas: desnaturalizar la tendencia de las mujeres al cuidado y a la disponibilidad incondicional y pensar de nuevo conceptos y valores tales como el egoísmo/altruismo.

La dinámica psicológica que dispone a las mujeres al aguante y la resistencia ante la violencia de sus agresores, ha sido profundamente reforzada por consignas, valores, racionalizaciones y morales asociados asimétricamente al género femenino. Por ejemplo la gratuidad, entrega y autodonación, la abnegación (= negación de sí), incondicionalidad, amor y la actitud sacrificial, a la par que se censuraban con mucha fuerza el egoísmo y el orgullo.

Hay dos constelaciones de valores asociados según el género: a las mujeres se les prescribe la resignación y a los varones el estoicismo. Según podemos deducir de los resultados, una y otra constelación han construido la historia sobre la base de la destrucción. Las mujeres autodestruyéndose y anulándose, los varones destruyendo a los demás. Y esto, básicamente, no ha cambiado aunque hay razones para creer que, con esfuerzo y perseverancia, pudiera cambiar…

 

La dinámica sacrificial, una explicación de la psicología de la religión

Crítica a la teología de la redención

Cuanto queda dicho remite a un marco teológico cristiano determinado, en donde el modelo de la redención y el concepto de pecado según la teología kyriarcal juegan un papel muy importante. En la interpretación teológica de la redención el pecado se entiende, básicamente, como rebelión y voluntad desenfrenada de poder y conocimiento, cuya virtud correlativa es la obediencia, ejemplificada en la obediencia libre de Jesús a la voluntad de Dios, mediante el sufrimiento y la muerte. De ella se desprende que la salvación se obtiene mediante el sacrificio, la sumisión, el sufrimiento libremente aceptado, y la libre aceptación de ser víctima de propiciación. La violencia contra los inocentes queda implícitamente legitimada. La teología feminista de la cruz, hecha sobre esta base según la experiencia de las mujeres, ha criticado duramente esta interpretación y ha ofrecido alternativas. Ha puesto de relieve que la interpretación teológica de que el pecado sólo puede ser expiado mediante el sacrificio cruento de la cruz es enormemente útil para el sistema, y los poderosos de una sociedad cuyos intereses de dominio y provecho requieren multitud de sacrificios humanos. Para una sociedad que necesita los desechos para su propio reciclaje. Esta noción de redención es muy dañina para las mujeres y subalternos y perpetúa las relaciones jerárquicas de dominio.

 

El reciclaje social y político de sacrificadores y sacrificadas

El sacrificio tiene género y es político y se lleva a cabo, generalmente, en términos corporales. En Occidente el lenguaje sacrificial queda cada vez más despojado de su marco y contenido religiosos, lo que no impide que, dada la lentitud con que se transforman los esquemas internalizados, el sistema haya logrado reciclar el sacrificio femenino dentro de otros marcos muy rentables y de contenidos muy diversos. El Dios que sigue pidiendo sacrificios a las mujeres es, en particular, el dios estético detrás del cual sigue vigente la perspectiva patriarcal. Y el dios que sigue pidiendo sacrificios a los varones es el éxito de la masculinidad, escondido bajo la competitividad en ciertos campos que refuerzan el rasgo de dureza de la identidad masculina.

Para las mujeres el sacrificio es, casi siempre, autosacrificio y está relacionado con la tolerancia y resistencia al dolor y con el valor y aprobación social dado a determinados contenidos. Quisiera dedicar esta parte de mi reflexión a la dinámica de los géneros en relación con el sacrificio y la violencia. Volvemos, así, al imaginario colectivo del que partimos y a su pervivencia en la cultura. ¿Cómo es posible que persistan los mismos esquemas que imaginan al varón sacrificando cruentamente el cuerpo de las mujeres, o cómplice de su rol de víctima forzosa o voluntaria de múltiples y diversificados sacrificios?, ¿qué propicia que haya sacrificadores masculinos que imaginan a sus víctimas pasivas y dispuestas?, ¿cómo es que se excitan sexualmente ante la resistencia de sus aterrorizadas víctimas, si no unimos sexo y violencia en la frágil y baqueteada identidad masculina?

 

La dinámica  psicológica del sacrificio

La dinámica del sacrificio religioso cruento e incruento ha sido estudiada por la antropología, la sociología y la psicología de la religión.

Un sacrificio, desde un punto de vista sociológico es un acto religioso que, a través de la consagración de una víctima, modifica la condición de la persona moral que lo cumple o de ciertos objetos con los que tal persona está interesada o comprometida.

El origen psicológico de este sentimiento moral, que en el ámbito religioso es llamado pecado o impureza, está relacionado con el terror a la mancha, la suciedad y el desorden. Desde el punto de vista psicológico, el sacrificio es una proyección narcisista de los varones que intenta superar la arcaica angustia de separación de su primer objeto de identificación, la madre omnipotente. El sacrificador se identifica con la víctima y esta identificación crea lazos de unión entre los sacrificadores, hasta el punto de proporcionarles un proyecto común.

Según la psicología de la religión el sacrificio cumple cuatro funciones: a) expresar el deseo de fusión con el objeto de identificación idealizado que es la madre; b) superar el miedo a esta fusión por medio de un acto de separación; c) dar salida a la rabia y la consiguiente violencia por la frustración de una fusión imposible y por la necesaria separación del objeto de identificación y d) transformar simbólicamente el objeto de identificación idealizado, la madre omnipotente, a una identidad masculina hipertrofiada.

El sacrificio se realiza en un ámbito marginal de proximidad simbólica. La víctima de un sacrificio es un ser marginal en el que se focaliza el no-yo y éste se introduce en la difícil identidad masculina como una amenaza a su integridad. Los hombres sacrifican para conectarse (sacrificios que inducen un estado de santidad) y a la vez separarse (sacrificios que disipan un estado de pecado) de su objeto de identificación idealizado, pero la necesidad de fusión es inalcanzable y por ello provoca una herida narcisista que cuanto mayor es más incita a la rabia y la agresión. La frustración y la herida narcisista por un deseo no satisfecho de fusión que hace posible la identificación masculina con el padre, hace de los lazos masculinos un posible cauce de violencia. Por eso en los períodos de marginalidad, como los ritos de iniciación o de transición, aumenta la ambivalencia y angustia narcisista de tener que separarse cuando en realidad se anhela la fusión. Por eso se realizan encerrados en el gheto masculino. El yo teme romperse y este temor se expresa a menudo como amenaza de pérdida de poder, control, autonomía o sentido. Los pares protegen esta identidad amenazada y la refuerzan. Pero tal identidad siempre será precaria y estará necesitada de reconfirmación. La necesidad de iniciarse por medios de pruebas de esfuerzo y dolor es indicio de la inseguridad identitaria de los varones.

El sacrificio expresa el poder y valor que el varón concede a la madre pero pasados ritualmente al padre. Los varones envidian el poder de las mujeres y crean rituales de sangre y renacimiento en orden a hacer equivalentes el poder y control sobre la vida y la muerte. Las mujeres tienen el poder de dar la vida. Los hombres se arrogan el poder de quitarla. De este modo intentan un equilibrio imposible y fatalmente destructivo que explica, en parte y en el nivel latente, una historia manifiesta de violencia sangrienta. La dominación de las mujeres, la vinculación de género de los varones y la exclusión de las mujeres de los centros de poder, son confirmados por el sacrificio.

 

Pecado y sacrificio

Fenomenológicamente un pecado se entiende como un abandono o separación de la divinidad. El sacrificio cumple la función de expiar la culpa-causa de dicha separación y restaurar la comunión con el cuerpo social (y religioso) Psicológicamente el pecado reproduce la experiencia de separación y abandono de la figura idealizada de la madre, resultado de la angustia narcisista propia de la etapa primera de construcción del yo de todo niño a partir de su distinción de la madre. Puesto que los niños abandonan a la madre como figura de identificación para adquirir la propia identidad de género, son más propensos que las niñas a desarrollar un sentido de sí más temeroso y envidioso. Guardan ciertos niveles de hostilidad hacia las mujeres (la madre). La culpa, la separación, el miedo al abandono… quedarán unidos en la identidad masculina. Si a este rasgo evolutivo añadimos los factores de riesgo de los que hablamos al comienzo (separación de los propios sentimientos, represión de la sensibilidad, escasa empatía, separación de géneros) no es difícil entender que un chico pueda convertirse en un sacrificador, incluso violento, que proyecta sus conflictos de identidad en las mujeres a las que convierte en víctimas, cruentas en los casos de los fanáticos, e incruentas en los demás.

El pánico a la mancha, contaminación, suciedad… tanto como el temor al dejarse llevar (el abandono o la ausencia de control) forman parte de la experiencia de separación que se reactiva en los sacrificios y que en el ámbito religioso remite al pecado. Puesto que es la madre la presunta culpable de tal separación, y las mujeres como generalización de ella, será en la mujer en donde se proyecten la culpa, el pecado, la suciedad, la maldad… y ella quedará constituida en víctima propiciatoria. La dinámica psicológica explica, por tanto, que aunque cambien las expresiones culturales y religiosas de los sacrificios, en especial los de sangre, perdure la necesidad masculina de llevarlos a cabo. Uncambio en los símbolos culturales no necesariamente implica una modificación de su dinámica psicológica.

La historia de las relaciones de género, dice Beers, indica un continuo malestar en las mutaciones de la identificación del objeto materno. La ansiedad masculina acerca de las mujeres existe hoy todavía tal y como existe en Maleluka (donde estudió Geertz los rituales masculinos) y tal como existió probablemente desde el comienzo, al ser diferenciados los varones de las mujeres, cuando comprobaron que ellos no podían ser como las mujeres de las cuales procedían ni tenían su poder de dar la vida. Esta angustia o ansiedad queda reflejada y es alimentada en la violencia de los varones contra las mujeres. La mayoría de las manifestaciones de esta violencia (acoso, incesto, violación, asesinato), como bien sabemos, es perpetrada por varones que conocen a sus víctimas. La mayoría de las mujeres que están en prisión por haber matado a varones que eran sus maridos han sido ellas mismas objeto de acoso, violaciones y malos tratos físicos de hombres.

Las imágenes y fantasías u otras representaciones que los varones tienen de las mujeres alimentan continuamente esta violencia. La arcaica imagen de las mujeres como objetos a controlar, poseer, castigar… y otros modos de degradación, forman parte de la significativa e influyente imagen de los medios de comunicación de masas y de la imagen popular que se tiene de este género. Y, en este sentido, Freud tenía razón al decir que hay una conexión entre la fantasía de los varones de degradar a las mujeres y la madre. Él pensaba que los varones degradan a las mujeres en su fantasía a causa de que el amor a ellas les remite al amor de sus madres y activa la angustia incestuosa del edipo. La ambivalencia reprimida de su amor a la madre, en su aspecto emocional negativo, retorna en las fantasías de castigo y degradación, transferida a otras mujeres. Es decir, en la necesidad de sacrificarlas, de expiar de mil modos distintos la culpa de no ser como ellas, y dar cauce al resentimiento de no poseer el poder de transmitir la vida. A menudo este resentimiento se traduce en una identificación con un Dios masculino, dueño de la vida, que si no puede darla sí puede, en cambio, quitarla, destruirla. Muchos antropólogos y pensadores creen que la compulsiva violencia destructiva del macho humano es el opuesto correlativo a la donación de la vida de las mujeres.

 

Las soluciones

Ciertamente no tengo soluciones de receta para un problema tan complejo. Puedo, eso sí, apuntar los núcleos en los que habría que intervenir y por donde se está estudiando el problema de la violencia y del talante sacrificador de los hombres contra las mujeres.

En el nivel de la psicología profunda la clave se encuentra en los mecanismos de separación de los niños de su madre, sobre todo durante el período narcisista. Se necesita una reestructuración en el objeto de identificación que incluya a ambos progenitores, dentro o fuera del núcleo familiar, pues esto vale también para las parejas homosexuales. Los niños necesitan de una figura masculina diferente, diríamos que contracultural en la actualidad, desde el comienzo, para que la separación de objeto no sea tan traumática. Requiere, también, una figura diferente de mujer y de madre ni posesiva ni omnipresente. Es necesario rebajar el rol magnificado e idealizado de la mujer-madre, para evitar la confusión entre la mujer idealizada y las mujeres reales.

En el nivel psicosociológico el reconocimiento narcisista de los varones por parte de mujeres y de hombres se ha recrudecido últimamente a causa de la percepción amenazante para la identidad masculina de los cambios registrados en las mujeres. Un adecuado tratamiento de esta situación crítica para unos y otras requiere que las mujeres desaprendan su rol de refuerzo narcisista de los varones, dando paso a una mayor conciencia de igualdad entre los géneros.

En este mismo nivel se necesita, como veíamos, un esfuerzo para no desconectar a los niños de la sensibilidad y los propios sentimientos, una educación en la adecuada empatía y conciencia de los otros, que no lleve a percibirlos como una amenaza, ni a querer, de mayores, destruirlos.

En el nivel social necesitamos más que nunca de la relación entre géneros y la coeducación, pero, particularmente, necesitamos una aprobación social amplia de valores humanos y humanizadores que no estén asociados a los géneros, sino a la condición humana. Si la empatía no es socialmente valorada, si no suscita aprobación social, los varones lo seguirán teniendo muy difícil y las mujeres también, no solo como potenciales víctimas, sino como potenciales agresoras ya que ellas también buscarán lo que sea más valorado socialmente.

En el nivel religioso, además de las premisas que pide la psicología de la religión, necesitamos todavía la crítica seria de los esquemas e interpretaciones teológicas dañinas para mujeres y menores. Necesitamos una teología que no refuerce las tendencias atribuidas polarmente a los géneros, autosacrificial en las mujeres, sacrificiales en los varones. Necesitamos una fuerte crítica de los atributos divinos que refuerzan los roles masculinos y la estratificación de éstos con respecto a los roles femeninos. Ello supone seguir revisando la teología de la redención y de la cruz, la cristología de corte masculino, la interpretación global de los evangelios y la teología moral de los deberes, virtudes y valores. Necesitamos más que nunca de la teología feminista que critica, deconstruye, pero también ofrece alternativas creativas.

Cuando todo esto impregne los entresijos de la cultura, cuando permanezca latente, y predomine en sus expresiones, la destrucción sagrada y sus formas, religiosas o seculares, no tendrá razón de ser. En caso de que todo esto quede en la excepción que confirma la regla, el impulso destructivo contra las mujeres, los diferentes y aquellos a los que llamamos nuestros enemigos también permanecerá dentro de la repetición compulsiva del círculo vicioso. Y todo ello influye en la posibilidad o la negación de la permanencia de nuestra tierra y de la cultura. Mientras no pueda reconocerse el papel que juega el narcisismo en todo ello y las falsas idealizaciones que promueve, no será posible un verdadero futuro.

 

Una historia de ayer y de hoy

Cuenta una historia que una mujer, a la que su marido, un levita o sacerdote de linaje y profesión, solía considerar una concubina por cuestiones de costumbres matrimoniales, se enfadó con él y buscó refugio en la casa de su padre. Un día el marido de la mujer se presentó a buscarla y aunque a ella todavía no se le había pasado el malestar, escuchó conmovida que venía para hablarle al corazón. Sus esperanzas, sin embargo, se fueron esfumando cuando su padre se apropió del yerno y no le dejaba ocasión de estar con él. De este modo, el día que le dijo que se volvían a su casa, la mujer lo hizo de mala gana, máxime cuando él la ignoraba prestando más atención al asno y al criado. Durante el viaje no cesaba de preguntarse qué significaría para él eso de hablarle al corazón.

Se hizo de noche y pararon en Gibeah, una aldea de la tribu de Benjamín. Se sentaron en la plaza y apareció un hombre de vuelta del trabajo que les ofreció hospedaje.

Estaba ella ayudando a la esposa y la hija del hospedero a preparar la cena, cuando escuchó unos violentos golpes en la puerta. Al instante se desencadenó una tensa discusión entre el dueño de la casa y los hombres que habían golpeado su puerta. Las tres mujeres se miraron en silencio. La joven, una niña prácticamente, se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar temblorosa, al escuchar a su padre decir a los hombres que ahí tenían a su mujer y su hija que era virgen todavía. La concubina miró angustiada a la esposa, que se había quedado pálida e inmóvil. Sabía lo que vendría después. Estaba pensando “mi marido no es mi dueño” cuando sintió que los dedos de su marido como garras la agarraban de un brazo. En un abrir y cerrar de ojos se vio en el suelo, en la calle, ante un grupo de hombres que la miraban con un profundo desprecio y odio.

No tuvo tiempo de volverse a mirar a su marido ni de casi darse cuenta de su propio horror. Se encontró sola y a merced de una jauría vociferante. Se sintió como un pedazo de carne echada a unos leones hambrientos y de golpe, cuando uno de ellos, más gallito, se acercó y le destrozó la túnica, entendió lo que sucedía: la iban a violar, la iban a violar en lugar de su marido. Ahora entendía las negociaciones entre el dueño y los hombres. Agarrada a trozos de su túnica rota comenzó a chillar y a retorcerse rabiosa, resistiendo las embestidas del primero de ellos. Los desgarros y la humillación, el dolor en todo su cuerpo y en su sexo alimentaban su energía para seguir gritando y pedir socorro al que decía ser su marido, ese mismo que había ido a la casa de su padre para hablarle al corazón. Pero cuanto más se resistía más se excitaban los agresores.

No sabía cuántos habían entrado en su cuerpo ni durante cuántas horas, no sabía cuánta sangre había derramado ni cuántas heridas había en su carne. El frío de la noche helaba su piel y, sobre todo, su alma. Sus gemidos se fueron haciendo cada vez más débiles. Todavía pudo arrastrarse hasta tocar con su mano el umbral de la puerta de su presunto hospedero, y a las primeras luces del alba escuchó la voz helada y asqueada de su marido que le decía ¡vamos! Sintió sus robustas manos tirar de ella y cargarla a hombros hasta montarla en el asno.

Lo último que recuerda, cuando recobró el sentido en la cocina de su casa, fue la salmodia cantarina de su marido, el levita, mientras levantaba el cuchillo.

 

Las soluciones

En el nivel de la psicología profunda:

necesidad de la presencia del varón en los momentos de separación de los niños de su madre

En el nivel psicosociológico

no reforzar el narcisismo de los varones;

no desconectar a los niños de sus sentimientos,

valoración social de la empatía y sensibilidad masculinas

En el nivel social

fomentar la relación entre géneros y la coeducación

En el nivel religioso

 necesidad de la teología crítica (deconstructiva y reconstructiva) feminista

 

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