La compasión por la patria: Fragmento de Echar Raíces (1943)
Simone Weil

(…) Ese sentimiento de punzante ternura por una cosa bella, preciosa, frágil y perecedera, tiene un calor distinto al de la grandeza nacional. La energía de la que procede es muy intensa y perfectamente pura. ¿Acaso un hombre no es capaz de heroísmo para proteger a sus hijos o a sus padres ancianos, los cuales no se asocian comúnmente al prestigio de la grandeza? Un amor perfectamente puro hacia la patria tiene afinidades con los sentimientos que le inspiran a un hombre sus hijos, sus padres ya mayores o una mujer amada. La idea de la debilidad puede inflamar el amor tanto como la de la fuerza, pero se trata de una llama con una muy distinta pureza. La compasión por la fragilidad va siempre unida al amor de la auténtica belleza, pues sentimos vivamente que las cosas verdaderamente bellas deberían tener asegurada, y no la tienen, una existencia eterna.(…)
El orgullo nacional está lejos de la vida cotidiana. En Francia sólo puede hallar expresión en La Resistencia; sin embargo, muchos no tienen ocasión de participar efectivamente en ella o no le dedican todo su tiempo. La compasión por Francia constituye un móvil cuando menos tan enérgico como él para la acción de resistencia, pero además puede expresarse cotidiana e ininterrumpidamente en cualquier ocasión, incluso en las más corrientes, por un acento de fraternidad en las relaciones entre franceses. La fraternidad germina fácilmente en la compasión por una desgracia que, aun imponiendo a cada uno su porción de sufrimiento, pone en peligro algo mucho más precioso que el bienestar de cada cual. El orgullo nacional, ya sea en la prosperidad, ya en la desgracia, es incapaz de suscitar una fraternidad real, cálida. Entre los romanos no la hubo. Ignoraban los sentimientos de ternura.
Un patriotismo inspirado en la compasión confiere a la parte más pobre del pueblo un lugar moral privilegiado. La grandeza nacional sólo constituye un estimulante para las capas sociales inferiores en los momentos en que cada uno puede esperar, al tiempo que la gloria del país, una porción personal en esa gloria tan grande como desee. Así sucedió en los comienzos del reinado de Napoleón. Cualquier muchacho de Francia, de cualquier suburbio, tenía derecho a albergar en su corazón cualquier sueño respecto a su futuro; ninguna ambición era demasiado grande como para llegar a ser absurda. Se sabía
que no todas las ambiciones se cumplirían, pero cada una en particular tenía posibilidades de cumplirse, y muchas podían cumplirse parcialmente. Un singular documento de la época afirma que la popularidad de Napoleón se debía menos a la devoción de los franceses por su persona que a las posibilidades de ascenso, de hacer carrera, que les ofrecía. Ése es exactamente el sentimiento que aparece en El Rojo y el Negro. Los románticos fueron niños contrariados por no tener ante ellos perspectivas de ascenso social ilimitado. Persiguieron la gloria literaria como un sustitutivo de esas perspectivas.
Pero ese estímulo sólo se da en momentos de desorden. Y no puede decirse que vaya dirigido al pueblo como tal; pues todo hombre que lo experimenta sueña con salir del pueblo, con abandonar el anonimato que define a la condición popular. Esa ambición, cuando está ampliamente extendida, es consecuencia
de un estado social turbado y causa de desórdenes mayores, pues la estabilidad social supone un obstáculo para ella. Aunque constituya un estímulo, no puede decirse que sea cosa sana ni para el alma ni para el país. Es posible que tal estímulo ocupe un lugar importante en el actual movimiento de resistencia; pues, por cuanto respecta al futuro de Francia, se acepta fácilmente la ilusión, y, en cuanto al porvenir personal, cualquiera que haya dado muestras de su valor en la adversidad puede esperar lo que sea en el estado de revolución latente que vive el país. Ahora bien: si es así, se trata de un peligro terrible de cara al período de reconstrucción, por lo que urge dar con otro estímulo.
En tiempos de estabilidad social, cuando —salvo excepción— quienes se hallan en el anonimato permanecen más o menos en él y ni siquiera sueñan con abandonarlo, el pueblo no puede sentirse a gusto en un patriotismo fundamentado en el orgullo y la gloria. Se siente tan extraño como en los salones de Versalles, que, por otro lado, constituyen su expresión. La gloria es lo contrario del anonimato. Si a las glorias militares se añaden las literarias, las científicas y demás, seguirá sintiéndose extraño. Saber que algunos de esos gloriosos franceses surgieron del pueblo no le aportará ningún consuelo en período de estabilidad; pues, por surgir de él, dejaron de pertenecer a él.
Por el contrario, si la patria se les presenta como algo bello, precioso, pero por un lado imperfecto y por otro muy frágil, expuesto a la desgracia, algo que hay que amar y preservar, se sentirá más cerca de ella que el resto de las clases sociales. Pues el pueblo tiene el monopolio de un conocimiento, quizás el
más importante: el conocimiento de la realidad de la desgracia. Por ello comprende mucho más vivamente cuán preciosas son las cosas que merecen ser sustraídas a la desgracia, cuán obligado está cada uno a amarlas y a protegerlas. […]
Sólo la compasión por la patria, la angustiosa y tierna preocupación por evitarle la desgracia, pueden darle a la paz -y particularmente a la paz civil- lo que la guerra civil o exterior tiene lamentablemente por sí misma: algo entusiasmante, conmovedor, poético, sagrado. Sólo esa compasión puede hacernos recuperar el sentimiento perdido tanto tiempo ha -y, por otro lado, tan raramente experimentado a la largo de nuestra historia- que expresaba Théophile en aquel hermoso verso: La santa majestad de las leyes…
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25 de Mayo 1810-2015