Mi nombre es Adriana Fernández. Hace pocos años, y por una investigación que llevé adelante casi por intuición, supe que era nieta de republicanos y que mi abuelo, Antonio Fernández González, «El Cesterín», había sido asesinado por falangistas. Sus restos aguardaban en una fosa situada en un paraje de la montaña en Ponferrada del Bierzo, León, desde el 9 de Octubre de 1936 esperando reivindicación y justicia. A partir de allí, mi vida personal estuvo atravesada por la recuperación de sus restos y de su historia en la cual pude reconocer mis propios ideales y valores.

La lucha no fue fácil. Yo tuve la suerte de que mi papá, sin saber que el suyo había sido víctima de la dictadura franquista, sabía la ubicación de la fosa porque de niño le decían: «Allí donde el pasto crece más verde y más alto está enterrado tu padre….» Pero en la mayoría de los casos esto no sucede y hay mucha resistencia tanto desde el poder político como de gran parte de la sociedad que no admite a casi 80 años del alzamiento militar que se toque este tema.

Pude contar con la invalorable ayuda de la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica) que se encarga de realizar las exhumaciones de los ejecutados que según el gobierno actual “no existen” realizando un metódico y excelente trabajo tanto profesionales como voluntarios, porque además de devolver los restos del ser querido a los familiares, recuperan su historia e identidad totalmente olvidadas y sepultadas por un régimen genocida que se encargó de echarlos completamente al olvido. Esa tarea la llevan a cabo sin ayuda del Estado, lo que hace que sea aún más dificultosa ya que necesitan de un subsidio que el gobierno les quitó para poder continuar con las excavaciones.

El 9 de Octubre de 2011, fecha en que se cumplían 75 años de su crimen, pudimos junto con mi padre, recuperar los huesos de “El Cesterín”, completos, con sus brazos cruzados en el pecho, gritando todo el silencio que se mantuvo por tanto tiempo. Recuerdo que lloré, lloré muchísimo y sentía que cada lágrima era el dolor contenido de años de llantos mudos….

Mi papá no lloró, no habló, sólo miraba como cuando era niño, la fosa abierta, y quizás las ganas de abrazar al padre que le quitaron con tan sólo un año volvieron, y quizás ese cáncer que apareció repentino era un pasaje a las estrellas, y quizás se encontraron y están juntos eternamente caminando por senderos de infinito…

Las heridas no se abren, nunca fueron cerradas, Un país no puede avanzar sin hacerse cargo de su pasado porque corre el riesgo de volver a repetirlo en el futuro. No hay reconciliación, ni olvido ni perdón, lo que debe haber es justicia y que los responsables paguen por las atrocidades cometidas. Y esto nos es venganza en absoluto, ese sentimiento no es propio de familiares de asesinados, luchamos para que nadie más deba morir por sus ideales y convicciones en ninguna parte del mundo. El pasado si no se lo asume, sigue siendo presente.

Pasaron casi 80 años, y víctimas y victimarios van muriendo pero no hay que bajar los brazos y seguir exigiendo justicia. En Argentina, las Abuelas buscan a sus nietos apropiados, en España los nietos y las nietas buscamos a nuestros abuelos asesinados.

Mientras La memoria histórica siga siendo tan sesgada, más se tardará en que la sociedad en su conjunto tenga plena conciencia de la verdad. España está muy lejos todavía de tomar conciencia que vivió un genocidio y que debe investigar los delitos cometidos, ya que son imprescriptibles porque son de lesa humanidad. 114.000 historias enterradas todavía en las cunetas lo reclaman y acá estamos los y las nietas para recordarlo.

Franco no venció, en nosotros viven nuestros abuelos con sus ideales de igualdad, justicia y libertad, y ni la represión, ni el terror ni la muerte pudieron terminar con ellos…..

 

Adriana Fernández