El problema no es tanto entre «gestos» y decisiones, entre palabras y hechos, sino entre gestos y palabras y sus consecuencias. Las decisiones también son gestos y palabras, así como los gestos son decisiones y hechos significativos. De eso se trata un Papa. Las consecuencias o los efectos son la señal a leer.

Se organizan muchos homenajes en estos días. Y reconocimientos. Frente a esos homenajes, parecieran ser menos los encaminamientos públicos de acciones y palabras para llevar adelante lo que resuena en los dichos del Papa argentino. Quizás es cuestión de tiempo. Quizás, justamente, si son coherentes, esos encaminamientos no sean tan visibles ni ruidosos ni vistosos.

De los pobres siempre han habladola Iglesiay, en general, de una u otra manea, los Papas del siglo XX. Más interesante es prestar atención a la calidad, el contenido y la precisión de los gestos hacia los ricos. Tampoco en este plano, tocar la cuestión y hacer referencia  de los poderosos será la verdadera diferencia. Más bien los modos de su mención y sus efectos. A quién incomodan realmente y en qué términos. Pero no parece inteligente, ni religiosa ni políticamente, esperar que un Papa haga cosas que le corresponden a otros actores. Habrá que ver, sí, qué habilita. Mansos como palomas y astutos como gente grande.

Ninguna institución compleja (¿cuales no lo son?) se cambia por la voluntad en el vacío de su conductor.La Iglesia, monolítica y jerárquica, vista de cerca es diversa, a veces desparramada y bastante más rizomática y con «jerarquías enredadas» de lo que puede parecer o algunos sociólogos o comentaristas quieren creer.

«Dios no se cansa de perdonar», una de las primeras frases , puestas en boca de una anciana, pero dicha desde Roma en el inicio, es una señal para muchos, sobre la que hay mucho que trabajar, ya quela Iglesiaparece no cansarse de juzgar y, las mas de las veces, condenar.

Desde Argentina, sabemos que el Papa es Bergoglio, en un sentido no banal (aunque apóstoles de la banalidad se han puesto en una larga fila de mencionadores de Francisco). Esa conciencia es un privilegio, y una responsabilidad, tanto analítica en lo político como hermenéutica en lo religioso y eclesial. Aquí, la banalidad nos amenaza más, por eso mismo. Hay más para perder. Al menos, una perspectiva interesante, y quizás única, que se puede aportar.

Sabiendo y conociendo las tensiones y contradicciones de la historia, hay un deber de dar testimonio de verdad. Ese testimonio de verdad solo será valido si se puede dar un testimonio y un reconocimiento de esperanza.

Algunos se sienten y se sentirán incómodos en el interior dela Iglesia, y quizás se enfrentaran con las propuestas de Francisco. Puede que esos sean un pequeño problema, y que más bien haya que estar atentos a las adaptaciones superficiales e inofensivas, y a los adherentes «pasturizantes» en la obsecuencia y la repetición.

Lo que importa es el Papa en recepción. Lo que el pueblo, los pueblos, los pobres, puedan hacer con lo que escuchen y sientan. Respecto a su vida, a la disminución de las condenas y la culpabilización, al reconocimiento de sufrimientos y ansias. Esa dinámica tiene sus propios tiempos y colores, sus propios ritmos. Es en ellos que quizás vale la pena esperar y apurar, andar y acompañar. Lo demás puede que se vaya en tapas de revistas, sermones y comentarios.

Para un pueblo como el nuestro, la elección de Bergoglio como Papa ha despertado orgullos, identidades y memorias, autoestimas y especulaciones. La manera particular en que los sectores populares lo tomen y procesen, las maneras en que sectores medios hagan lo propio. Y muy especialmente será importante la atención que le prestemos a que lo que hagan con esos efectos los sectores que se creen dueños del país, de sus dirigencias, de sus verdades económicas, culturales y religiosas, de sus instituciones -incluídala Iglesia-y hasta de su Dios.

Los sectores de la militancia social y política, los actores de las pastorales y otros administradores de los bienes culturales, los periodistas y educadores, todas las dirigencias y referencias democráticas, tienen y tenemos una oportunidad y una exigencia de afinar nuestro oído y nuestra comprensión del fenómeno religioso, de lo que significa para las mayorías. Y muchas veces de maneras a la vez cuasi vergonzantes y al mismo tiempo precarias y elementales, a nosotros mismos, ilustrados y laicistas, pero portadores de un sentido común religioso con una carga puritana y meritocrática de la que somos poco concientes.

Néstor Borri