Llega el Bicentenario y la cuestión de la inclusión social aparece como un tema central de debate. Las políticas de inclusión con las que contamos y la inclusión política de las mayorías están en cuestión, en discusión, bajo las luces. Para los que venimos de largos compromisos con el mundo de los pobres, las políticas sociales, en particular, ocupan un capítulo medular. Han sido parte de luchas y sueños, de reflexión y acción por muchos años. Por eso, nos toca abordarlas con profundidad y rigor.

El dato y el desafío central es éste: nos toca involucrarnos, conocer, criticar y mejorar algunas de las políticas sociales por las que luchamos durante décadas.

La Asignación Universal por Hijo (AUH) es el mejor ejemplo de esto.

Lo que digan los diferentes actores, y lo que digamos nosotros, adquiere su sentido en la medida en que las políticas tengan un impacto visible y cambien la vida de las personas. Los anuncios a veces espantados, a veces de buena fe, sobre sus derivaciones “clientelares” o las denuncias de “mal acostumbramiento” de los pobres tienen dos dimensiones: por un lado, traen a cuenta el fuerte moralismo y puritanismo, asociado a un inconfesable desprecio o subvaloración de los pobres. Por el otro, las discusiones son sobre una política que tiene límites serios y muchísimas cosas para mejorar pero que, por sobre todo, es una política realmente existente, con una universalidad seguramente mejorable o discutible pero, en todo caso, real.

Las discusiones recientes sobre los alcances e implicancias de la universalidad de la política pública o, en el otro extremo de los temas, sobre quienes fueron los “verdaderos” precursores de la propuesta, tiene sentido en la medida en que tengamos la valentía –y esa es la verdadera “actitud crítica”– de encontrarnos con los hechos. Sobre todo con los que afectan la vida, el cuerpo, la carne, la historia de las personas.

El día a día de las personas ¿va cambiando o no cuando se cruza con políticas públicas como la AUH u otras como el Programa Argentina Trabaja?

Los límites, los errores, las parcialidades y contradicciones de estos programas, nos ponen, desde nuestra perspectiva, ante el desafío y la exigencia de ser críticos en el más profundo sentido de la palabra. En muchos casos, apoyar estas políticas es señalado como una claudicación, un cierto “oficialismo” vergonzoso por estar lejos del necesario profetismo que, para muchos, consiste básicamente en la denuncia.

En el 34 aniversario del golpe de estado de 1976, la masiva afluencia a movilizaciones en todo el país nos dieron una clara muestra unos mínimos no negociables, un piso de consensos, en cuanto a la vida en democracia.

Sin embargo, la persistencia más honda y más difícil de contrarrestar es quizás la que vive en las maneras de pensar que la sociedad se da como conjunto, y que tiene también sus versiones “comprometidas”, “militantes” y “desde los pobres”: la visión negativa del Estado y el poder, el rechazo de cuajo a la política y los políticos, la impugnación de las políticas sociales y, en su revés, la mirada basista o miserabilista, puritana y desvalorizadora de los más pobres. Un colchón de consensos ideológicos que dio la vía libre al neoliberalismo y la destrucción de lo público en las últimas décadas.

En tiempos del Bicentenario, la historia invita a exigir la profundización, protagonizar la celebración y tomar partido en la defensa de los frágiles logros de estos años en materia de inclusión. Sobre todo aquellos que se traducen en una mejor calidad de vida para los sectores populares, los que acercan una experiencia del Estado y la política como herramienta para ampliar grados de libertad y márgenes de felicidad. Y a la felicidad misma de todos y todas.

En el cumpleaños de la Patria, decirnos como pueblo “que los cumplas feliz” es, sobre todo, cumplir con la felicidad de todos: como posibilidad, como propuesta y como compromiso. La historia invita.