Por: Mercedes Navarro Puerto 

Muchos la denominan la hora mágica. Es un momento breve y único del atardecer, que funde en el horizonte los tonos cromáticos del día que termina y la noche por venir. La luz es suficiente e insuficiente a la par. Es un momento de transición, de inquieta belleza y engañosa serenidad. La hora mágica participa del espíritu de la vigilia del sábado santo cristiano, situado entre la noche y el día, las tinieblas y la luz, el silencio y el canto, la pérdida de la muerte y la esperanza de la vida  nueva; donde los  creyentes nos  sentimos tentados por  el  sueño de  la inconsciencia y  el  miedo,  e  invitados a  permanecer despiertos y  atisbar  las primeras luces del alba. La hora mágica del crepúsculo y la vigilia pascual del sábado santo, con su fuerza evocadora, su poesía  y simbolismo, nos brindan un lenguaje capaz de expresar la rica y plural experiencia que caracteriza este momento único que vivimos las religiosas.

Venimos de un largo pasado dentro de la Iglesia que conecta, en sus orígenes, con la frescura de la llamada de Jesús a sus discípulos a seguirle. Nacidos y enraizados, unas veces mejor y otras peor, en el seno de las diferentes culturas y épocas, las religiosas y los religiosos hemos sido unas veces más numerosos y otras menos; en algunos momentos hemos estado cerca de la vida y los intereses de nuestros hermanos y hermanas y, en otros, hemos vivido al margen creando una cultura propia alejada de la realidad y ajena a la vida del pueblo. Hemos sido voces valientes y proféticas en la iglesia, germen y estímulo de renovación eclesial y social, tanto como opresores y cómplices de políticas, doctrinas y sistemas intrínsecamente dañinos para los seres humanos.   Con frecuencia nos hemos creído seres superiores y más perfectos, rompiendo así la comunidad de iguales querida por Jesús; rompiendo la igualdad fundamental de las diferentes formas de vida cristiana e incluso del resto de los seres humanos. A pesar de que la VR ha sido y  es  numérica y  proporcionalmente femenina y  laica (¿es  laica la  vida religiosa?), nos hemos caracterizado por un clericalismo sectario, clasista y sexista.

Nuestro presente no es menos ambiguo que nuestro pasado. Junto a las mártires, y misioneras, mujeres comprometidas a favor de los más pobres y necesitados, que se arriesgan por la causa del Reino o Proyecto de Dios, muchas de nosotras andamos perdidas. Al lado de unas formas de VR en tensión, en actitud perenne de búsqueda y a la escucha de la Palabra de Dios, que unas veces grita claramente y las más apenas susurra, encontramos entre nosotras otras formas de VR apagadas, desmotivadas y que, en definitiva, han perdido su norte. Pero es en este presente contradictorio en el que encontramos también los gérmenes de nuevas formas de VR que queremos desarrollar y que desearíamos que se dieran a la luz ya, de inmediato, y mucho más abiertamente.

La hora mágica y la pascua cristiana, entre dos luces, efectivamente, es una metáfora adecuada para comprender lo que hemos vivido como nuestro pasado y lo que deseamos que constituya nuestro futuro. Porque una cosa es cierta: ahora mismo, en la línea del horizonte, no es menos real el legado del pasado remoto e inmediato, el rescoldo de la luz que se extingue, que los anhelos y gérmenes de la que podría ser una fuente de luz nueva que ya comenzado. Vivimos un presente de frontera, desgarrado, apasionante y lúcido.

En las tres últimas décadas hemos ido entrando en una profunda crisis. Más profunda de lo que pensamos. Ahora, en muchos de nuestros diálogos más sinceros, reconocemos que ni los presupuestos ni el estilo ni la identidad adquiridos nos sirven ya. Habíamos creído, por ejemplo, que el número, las obras apostólicas, el prestigio y la influencia eran instrumentos de servicio a la Iglesia y a la sociedad. Nos sentíamos tan valoradas y gratificadas, a menudo, por lo que hacíamos, que pocas veces nos detuvimos a pensar en lo que significábamos. Parecía evidente. Pero los cambios de todo orden habidos en los últimos 50 años han ido rompiendo estos pilares en los que habíamos sustentado nuestra razón de ser. Y ahora que muchas congregaciones hemos envejecido en edad, ahora que nuestras tareas son realizadas igual y hasta mejor por otras personas e instituciones, tanto si  son  cristianas como si  no,  ahora que  hemos perdido prestigio, poder e influencia, nos sentimos perdidas. Y este sentimiento, con frecuencia oculto a nosotras mismas, puede ser peligroso o, cuando menos, estéril y esterilizante. Cuando muchos cristianos y no creyentes, incluidas muchas de entre nosotras, piensan que estamos muriendo, que todo en torno nuestro indica el final de un estilo de vida que, si ha tenido sentido hasta ahora, puede que a partir de ahora deba o tenga que ser sustituido por otros nuevos.

Parece que nos hubiéramos adelantado a proclamar nuestra propia defunción, como si fuera más fácil defendemos así de la frustración, o como si, colocadas en esa situación estratégica de avanzadilla, pudiéramos tener una mejor perspectiva para encontrar una solución a la profundidad de la crisis. Estamos tomando conciencia de que este momento, precisamente por ser de crisis, es un momento privilegiado en el que se nos plantean diferentes posibilidades: si morir, de qué manera, y si vivir, de qué modo y para qué.

Pero lo cierto es que todavía no hemos muerto. La VR, entre dos luces y en vigilia pascual, se deshace del estilo viejo y teje ya otro nuevo en individuos concretos y en pequeños grupos, una punta de flecha que orienta la dirección de futuro, por más que se le interpongan resistencias y lastres. Nada está todavía perfilado, pero no dejamos de pensar en nuestra situación. La VR no se deja ir pasivamente; no del todo. Las nuevas formas son algo tan pequeño y vulnerable como lleno de vida, de fuerza y esperanza.

En nuestros nuevos planteamientos, descubrimos que no nos sirven los contenidos y formas de entender y vivir los votos; ni siquiera nos sirven los nombres que les dábamos. Por eso buscamos otros nuevos. Pero los votos siguen estando en los fundamentos de nuestra VR. Frente al sexo, nuestro voto de castidad; frente al dinero, el de pobreza, y frente al poder, el de obediencia. Pero hoy sabemos y admitimos que sexo, dinero y poder son ejes en la búsqueda humana de la felicidad; sexo, dinero y poder proporcionan lo mismo dicha que frustración, lo mismo libertad que opresión. Es un reto para este momento histórico y social cómo vamos a vivir estas tres realidades centrales para todos los seres humanos, seamos religiosas o no. Si dejamos de entender los votos de castidad,  pobreza  y  obediencia como  carencias, defectos  o  meras  renuncias podremos quizá experimentar una forma alternativa de vida, una experiencia nueva que tendría su base en considerar, en creer de todo corazón, en el valor de tantas otras formas. El sentido que damos a nuestra manera peculiar de vivir se inspira  en  el  evangelio, pero  el  modo en  que  la  expresemos, así  como  su significado, deben depender de los cambios culturales. Nuestras fundadoras y fundadores nos ofrecieron su sentido teológico y una práctica, la suya, acorde con la época y la cultura en las que nacieron. Desde el Vaticano II, creativamente fieles al  espíritu que  nos dejaron, comenzamos a  entenderlos, expresarlos y vivirlos de un modo diferente o, mejor dicho, renovado. Ahí están aquellos fundamentos. Pero quizá más para ser experimentados de nuevo que para ser explicados y racionalmente clarificados. Como los iconos orientales, nuestros votos pueden remitir a quienes los miran a una determinada experiencia de Dios. Pueden remitir a Dios mismo. Para unos son un absurdo, para otros, un escándalo. Pero para nosotras, la castidad, la pobreza y la obediencia son experiencias paradójicas y, como las paradojas del lenguaje, pueden ser, también, un territorio de lo humano especialmente creativo. Como el resto de los seres humanos, las religiosas no escapamos al deseo de encontrar la felicidad en los tres ejes del sexo, los bienes y  el  poder. Nuestra respuesta y  nuestra forma de búsqueda de sentido, sin embargo, no es, ni siquiera dentro de su pluralidad, la habitual. Ni mejor ni peor que muchas otras, pero capaz de mostrar una forma de vivir alternativa desde la perspectiva de la fe cristiana. Nuestros votos dentro del marco de nuestro estilo de vida deben hablar del absoluto que es Dios para cada una de nosotras y del lugar primero que Dios tiene en nuestro proyecto.

Las religiosas, además, vivimos nuestros votos comunitariamente; la comunidad, por su parte, les da sentido: nuestra afectividad nos vincula con ella de una manera específica; ponemos nuestros bienes en común; buscamos juntas discernir los caminos del evangelio. Pero la VR en estos momentos entiende y vive la  comunidad de  modos muy diversos. Esta variedad y  pluralidad son características de hoy. Formas y teologías del pasado, como la comunidad numerosa, de estilo conventual, en espacios grandes y lejanos a la vida de la gente del pueblo y la ciudad, hábitat común y convivencia diaria, frecuente y regular, conviven con formas y teologías del presente, como la comunidad de pocos miembros, en  casas  o  pisos  pequeños, cercanos a  las  formas habituales de residencia del medio, convivencia escasa aunque intensa, dependiente del tipo de tarea, abierta para compartir y dar cabida a situaciones imprevistas. Como hemos aprendido de la crítica feminista, advertimos que modos de vida y comprensión del mundo tradicionalmente más propios del mundo de las mujeres, preocupadas por el universo de las relaciones y la comunicación, persisten junto a modos de vida y comprensión del mundo tradicionalmente más propios del mundo de los hombres, mucho más preocupados por la funcionalidad, y que consideran la comunidad como poco más que un medio eficaz y poderoso para el ejercicio de los diferentes ministerios. La comunidad pretende expresar algo que hay en el evangelio: las relaciones igualitarias. Por experiencia sabemos que hacer posible este proyecto es a menudo un empeño de resultados imperfectos y siempre tanteante.

Tal vez sea el campo de la misión o tarea apostólica el que primero nos ha advertido de los signos del cambio. Y esa renovación no siempre ha sido debida a nuestra lucidez de conciencia ni a una libre y voluntaria decisión evangélicamente motivada. La  mayoría de  las  veces  nuestras decisiones de  cambio han sido provocadas por el ritmo de la historia. Últimamente, la mayoría de nosotras siente en las tareas el peso del envejecimiento de las personas y la descompensación de la  disminución  drástica  de  vocaciones.  No  obstante,  este  hecho  nos  está  aportando datos muy valiosos y una perspectiva única para entendernos a nosotras mismas dentro de la iglesia y de la sociedad. En medio del desconcierto, la confusión, la frustración y el desánimo en que nos han sumido los cambios, lo que estamos descubriendo es que tal vez nos hayamos estado apoyando más en la fuerza del número que en la fuerza frágil del evangelio; tal vez nos hayamos dejado identificar más por el prestigio de nuestras obras apostólicas y nuestros ministerios, que por el camino del evangelio de Jesús. Ahora estamos en condiciones de asumir con menos angustia que la VR no ha sido ni podrá ser nunca un proyecto de masas ni una propuesta general para ser imitada. Tan solo una parábola, una narración, un símbolo que dé que pensar y suscite la memoria de Jesús. Las religiosas y los religiosos deberíamos permitirnos el lujo de entregar la vida gratuita e incondicionalmente, de no tener nada que perder porque nada poseemos; deberíamos permitirnos el lujo que  supone una vida en libertad, continuamente alerta a los cambios y dispuesta a avanzar al ritmo que lo hacen otros grupos que también se entregan a la causa de los oprimidos; el lujo de experimentar la fuerza del diálogo libre, tanto en el seno de nuestras comunidades como fuera de ellas; deberíamos permitirnos el lujo de proclamar el valor de toda persona y la solidaridad con el planeta.

Desde estas convicciones, muchas de nosotras, las religiosas, nos planteamos el sentido de nuestras tareas de otro modo. A veces nos preguntamos qué significamos, sea lo que sea aquello que estemos haciendo. A veces tratamos de dar más importancia al saber estar que al mucho hacer. Estos planteamientos comienzan a serenar nuestras inquietudes y temores y son fuente de energía nueva. Y nos están proporcionando a muchas de nosotras ángulos alternativos desde donde mirar toda la realidad. Por eso sentimos renacer nuestro espíritu crítico con una fuerza que nos asombra. Y por eso nos estamos arriesgando allí donde somos más incómodas y nos exponemos a perderlo todo, incluso la vida misma. Por eso estamos asistiendo a una nueva manera de entender nuestro ministerio con y a favor de los más necesitados, que se manifiesta no tanto en las obras que programamos, cuanto en los lugares en los que vamos apareciendo y en la forma en que nos hacemos presentes. Estamos asistiendo al nacimiento en muchas de nosotras de una libertad de pensamiento y de palabra inviolable y arriesgada, a una búsqueda honesta, sin trabas, que nos permite más y más lucidez crítica y constructiva. Estamos siendo invadidas por una rabia que nos impulsa a luchar por el derecho que tiene todo ser humano a la felicidad; a luchar por hacerla posible; una rabia que, sin embargo, es ajena a las formas destructivas de la agresividad (la violencia). Dada la opción preferencial por los pobres, notamos cómo va cambiando nuestro enfoque. Y puesto que no somos la única ni más potente institución que se ocupa de ellos, podemos replantearnos las formas de nuestra solidaridad y el modo de situarnos mejor en su punto de vista. Probablemente es la hora más crítica de nuestra historia eclesial. Probablemente también la más dura y arriesgada. Ya no podemos ser cómplices con el sistema brutal y deshumanizado que rige el destino de los pueblos. No estamos dispuestas a  que  nuestras tareas humanitarias, de  promoción justa,  de  reivindicación y asistencia, sean utilizadas y recicladas continuamente por el sistema patriarcal, capitalista neoliberal. En nombre de Jesús, de la dignidad y del valor absoluto de cada uno de los seres humanos, queremos romper esta lógica de maldad.

La VR, nosotras, sin embargo, no miramos el mundo con ojos pesimistas, como si no tuviéramos nada que hacer, como si no pudiéramos evitar lo que ocurre. En la perspectiva de los pobres, porque constituyen la inmensa mayoría de  nuestro mundo, percibimos al  ser  humano básica, potencial y  realmente positivo. Y como el día late ya en la noche de la pascua, nosotras creemos que el futuro de justicia late ya en esta historia. La misma justicia anticipada por Jesús y, detrás de él, por tantas santas y santos, testigos suyos.

Los desafíos de este momento se plantean en el terreno de la obtención y defensa de los mismos derechos para todos los seres humanos. Muchas de nosotras nos sentimos responsables y preocupadas por la paz y la libertad de los individuos y pueblos. Nos sentimos buscadoras de formas nuevas y más eficaces de diálogo y comunicación, unidas a tanta gente que también se ocupa y preocupa de ello. Como a muchas personas y grupos, nos indigna la injusticia, en particular la injusticia estructural, por lo que tiene de impune y porque despersonaliza la responsabilidad. Tampoco queremos ser cómplices de las divisiones hipócritas entre buenos y malos, ni pretendemos imponer una verdad única y exclusiva para todos. Muchas de nosotras buscamos poder comprender, colocarnos en el lugar de otra gente diferente, y no queremos seguir siendo racistas ni sexistas ni clasistas ni imperialistas… Este momento puede suponer para la VR la invitación renovada a seguir el camino difícil, pero apasionante, del evangelio de Jesús, del Proyecto divino que él inauguró.

Muchas de nosotras, religiosas, queremos ser en nuestras comunidades, y como  individuos, un  intento  permanente y  significativo, aunque  pequeño  e imperfecto, de iglesia. Una iglesia visible, cuya presencia no se imponga; una iglesia abierta e inclusiva; que acoja y anime en lugar de controlar y condenar; una iglesia incansable en la búsqueda arriesgada de todo lo que es valioso para la vida humana, la tierra y el cosmos. Podemos ser una muestra significativa de esa VR que no deja de sorprenderse y estimular la vida en todas sus hermosas y variadas modalidades.

En esta “hora mágica” que se desarrolla entre dos luces, en el umbral, entre lo que deja de ser y lo que todavía no es, muchas de nosotras, en lugar de agonizar, sentimos la fuerza paradójica del renacimiento que es más propia de la transformación que de la mera continuidad.