El sociólogo Fortunato Mallimaci analiza las relaciones entre política y religión en Argentina y, en particular, la tensión entre Francisco y el Presidente. Desde su perspectiva, Francisco identifica al actual gobierno con las políticas neoliberales que él rechaza.

Por Javier Lorca

“Francisco rechaza la explotación capitalista y el neoliberalismo, e identifica que todo eso caracteriza al gobierno de Macri, con su cultura mercado friendly y sus funcionarios que fueron CEO de multinacionales”, observa Fortunato Mallimaci. Sociólogo, investigador del campo religioso, Mallimaci reflexiona en esta entrevista con Página/12 sobre los cruces entre política y catolicismo en el país, el rol global del papa Francisco y su incidencia en el plano local, todos temas que aborda en El mito de la Argentina laica (Capital Intelectual), su libro más reciente.

–¿Por qué sería “un mito” la laicidad argentina?

–La idea del libro es poner en tensión a nuestra sociedad política, para la que la Iglesia católica y El Vaticano sigan estando muy presentes. Todas las investigaciones nos indican que la mayoría de los argentinos creen a su manera, no respetan los dogmas ni la mayoría de las doctrinas de la iglesia; estamos ante una sociedad donde se quiebra el monopolio católico, que va hacia una sociedad mucho más pluralista. Y sin embargo tenemos una sociedad política que sigue creyendo que esa institución religiosa tiene un poder simbólico al cual los actores no pueden negarse ni mucho menos enfrentarse. Con la designación de un papa argentino, esto se incrementa, pero se incrementa lo que ya existía, porque tampoco la designación de Bergoglio en el Vaticano hizo que se llenaran de fieles las parroquias ni de sacerdotes los seminarios. ¿Quién está interesado en construir una sociedad donde haya autonomía entre lo político y lo religioso, entre lo institucional católico y de otras religiones y el Estado? Nadie. ¿Cómo es posible que la dictadura sea condenada e investigada y que toda la legislación que nos dejó sobre la institución católica siga igual desde 1976 hasta hoy? Hubo varios intentos de hacer leyes que alentaran la libertad religiosa, que no contemplaran tantas prebendas para la Iglesia católica, y sin embargo hasta el día de hoy no se ha podido avanzar. Y menos se va a poder avanzar ahora, con un secretario de Culto (Santiago de Estrada) que tiene fuertes vínculos con la institución católica y que fue funcionario de la dictadura y también de los gobiernos de Alfonsín, de Menem y ahora de Macri. Entonces, para resumir, la sociedad argentina es laica, pero en lo político, lo judicial, en general en todo el aparato estatal, Argentina sigue funcionando como un país con fuerte presencia de lo católico. Lo religioso tiene que tener un lugar en el espacio público, pero hay que intentar democratizarlo. No puede ser es que un solo grupo religioso –como es el católico en Argentina y América latina– tenga una serie de privilegios por sobre el resto de las creencias.

–¿Hubo algún cambio en este sentido durante el kirchnerismo?

–El kirchnerismo intentó tener autonomía con respecto a la institución católica y lo consiguió en muchos aspectos. En la Secretaría de Culto no puso a una persona vinculada a la Iglesia, sino a una persona vinculada al aparato político. Cuando nombró a los embajadores en el Vaticano, lo mismo, fueron personas que el propio gobierno elegía para ser representantes del gobierno ante el Vaticano y no para ser representantes del Vaticano ante el gobierno, como fue bajo la dictadura y durante otros gobiernos democráticos. En ese sentido, el gobierno de Macri ha vuelto a las políticas anteriores, creyendo que así va a tener mejores relaciones, en el contexto de una situación todavía novedosa, que es tener un Papa argentino.

–¿Cómo analiza la figura de Francisco?

–Cuando me preguntan ¿Francisco es tradicional o progresista?, yo respondo: es católico. Al mismo tiempo en que hoy es un crítico furibundo de la globalización excluyente, del capitalismo, de los empresarios, de problemas como el narcotráfico o la trata de personas –porque él es más de los movimientos sociales que del movimiento obrero organizado–, al mismo tiempo que critica todo eso sigue diciendo el catecismo, la doctrina, el discurso más tradicional de la Iglesia Católica. A los párrocos les dice “sea buen párroco”, “no tengan ideologías”, “sean sacerdotes full-time, no se dejen llevar por la política”. Les dice “estén cerca de las personas”, pero si sos ateo, lesbiana, homosexual, ideologista, ya no tenés lugar. No hay otra cosa en su horizonte de sentido. Por otro lado, su historia es una historia ambigua, como la de la mayoría de los obispos argentinos, una historia que incluye complicidades con la dictadura. Conocí a varios de sus sacerdotes, si no aceptaban su autoridad o si él creía que hacían ideología o estaban en comunidades de base no le temblaba la mano al decirles “váyanse, no quiero saber nada con ustedes”. Como cardenal, su conducción fue fuerte, con pocas discusiones, ni se le cruzaba la idea de que podía ser democrática. En ese sentido, hay una enorme continuidad con la historia de la Iglesia. Francisco sigue creyendo en una institución piramidal, carismática, de reproducción del poder. Su mensaje, al igual que el de Benedicto XVI o de Juan Pablo II, es de un catolicismo que se quiere presentar como “integral”: su planteo es que no hay solución a los problemas de la humanidad si la Iglesia católica como tal no está presente en esa solución.

–Pero a nivel global aparece con otra imagen.

–Gran parte de la popularidad de Francisco se debe a las grandes empresas mediáticas, que encontraron en él a una persona extraordinaria, que conmueve, que se puede presentar en esta globalización excluyente como alguien que habla desde la periferia. Y a nivel geopolítico, el Papa buscar ocupar un liderazgo en lo ético-político, se presenta como una prenda de paz y de encuentro. No se suma a la guerra de civilizaciones, a esa idea de que en el islam son todos terroristas. En una Europa en que los gobiernos van hacia la derecha, Francisco les dice “un inmigrante es una persona y hay que estar con él”, y esto, increíblemente para el siglo XXI, aparece como de izquierda, subversivo. Ahí sí ese Vaticano tiene un mensaje a favor de las víctimas. Pero eso no necesariamente se traslada a las iglesias locales. Desde otro punto de vista, también es cierto que él llegó al Vaticano con una demanda muy fuerte de poner orden. Hay que recordar que Francisco pudo ser designado porque, por primera vez en la historia de la iglesia, ¡un Papa decidió renunciar al cargo diciendo que estaba rodeado de escándalos! Si alguien desacralizó ese lugar de Papa, fue Ratzinger con su decisión de irse. En ese marco es que Francisco intenta realizar algunos cambios en El Vaticano.

–¿Cómo se insertan en ese contexto las disputas políticas locales en torno a la figura del Papa?

–Es interesante ver cómo el vínculo entre lo político y lo religioso que analizamos en Argentina aparece en este caso en torno a Bergoglio. Aquellos que creyeron que el nuevo Papa iba a ser funcional a la oposición en el enfrentamiento con el kirchnerismo, que los iba a ayudar a que Cristina se fuera antes y por la ventana, terminaron viendo que había empatía entre los dos –porque para que haya un Francisco que recibe a Cristina tiene que haber una Cristina que quiere ver a Francisco–. Y los mismos dirigentes políticos que cuando era cardenal iban todos los días a su casa a pedirle ayuda pasaron a cuestionar al Papa, a preguntar “¿por qué se mete en política?”, hoy dicen que no van a ir más a Roma… Después, ante las elecciones del año pasado, empezaron a darse cuenta de que el Papa no sólo apoyaba a Cristina, sino que también veía con buenos ojos cierta continuidad del peronismo. Macri es electo y para su asunción no viene nadie de primer orden del Vaticano, viene el Nuncio de Paraguay. Trascienden algunos disgustos del Papa con Macri: una vez que lo invitó cuando era intendente y no fue, el rechazo al candidato para la Corte Suprema que tenía cierto aval del Papa (Roberto Carlés), las denuncias de talleres clandestinos ante las que el gobierno de la ciudad hizo poco o nada, el desaire a los intentos de autoridades eclesiásticas por negociar una transición ordenada en el gobierno nacional, toda una serie de cuestiones que fueron incrementando las diferencias. Si a eso se suma que el gran publicista del macrismo se pregunta quién es el Papa, para qué sirve, bueno… A partir del rosario enviado por el Papa a Milagro Sala, ya los actores políticos y mediáticos hegemónicos dejan de lado todos sus filtros: el Papa argentino, que iba a ser un líder global, que iba a transformar el mundo y el catolicismo, pasó a ser un Papa peronista, “pragmático”, un Papa incapaz de salir de su ceguera argentina.

–¿Qué interpretación hace del encuentro entre el Papa y Macri en El Vaticano?

–Los gestos, la cara del Papa, fueron los de alguien que recibe a una persona que está en sus antípodas. Francisco rechaza la explotación capitalista y el neoliberalismo, e identifica que todo eso caracteriza a este gobierno de la Argentina, con su cultura “mercado friendly”, su marketing y sus funcionarios que fueron CEO de multinacionales. Mientras el Papa presenta una memoria de largo plazo, que revela el impacto social que han tenido en el pasado las políticas económicas que ahora se están aplicando nuevamente, Macri presenta una memoria de corto plazo, pretende mostrarse como alguien nuevo en la política, cuando en realidad más que innovar reproduce que lo que ya se hizo. El Papa fue el primero en poner a Macri ante esa memoria de largo plazo. Por otro lado, la canciller dijo que el Gobierno quiere tener una relación formal y protocolar con El Vaticano, pero no es eso lo que parece querer Macri. El Presidente viajó para la audiencia porque quiere legitimarse en Argentina a través de ese vínculo con el Papa. De alguna manera, en la reunión entre Macri y Francisco se encontraron dos modelos de catolicismo. Porque hay muchos sectores católicos que apoyan al macrismo, sobre todo de ONG y grupos burgueses, y también hay una mayoría silenciosa de obispos argentinos apoyando al macrismo. Esto permite también ver los límites de los poderes al interior de la Iglesia; si alguien cree es una cadena de mandos, no entiende nada.

Fuente: Página/12

9 de marzo de 2016