El pasado 16 de agosto la Iglesia Evangélica Metodista Argentina consagró como nuevo Obispo al pastor Frank de Nully Brown. Cuáles son sus desafíos. Su palabra sobre el tema de la pobreza, los derechos humanos, el lugar de las iglesias, la política y las organizaciones sociales.

En relación a su nuevo rol como Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, ¿cuáles son los desafíos?

Es todo un desafío la presencia de la Iglesia en la construcción del reino de Dios y su justicia: la renovación de su comunidad y de sus congregaciones, la actualización de su mensaje y su rol.

Creo que el espacio religioso tiene que hacer un aporte muy importante en la democratización de la sociedad. Muchas veces los sectores religiosos, lamentablemente, somos conocidos por autoritarios, o estamos ligados a todos los que son los sectores más autoritarios de la sociedad. Son pequeños los espacios evangélicos o católicos que han mostrado una visión de compromiso con la comunidad de los más humildes. Eso creo que es un desafío que tenemos en nuestra sociedad. Sobre todo en un momento en que la sociedad latinoamericana, con todas sus contradicciones, muestra signos y señales que hace 15 años atrás no se imaginaban.

Creo que la Iglesia tiene que acompañar con una crítica constructiva, no solamente una crítica destructiva. En la sociedad argentina hay desigualdad, inequidad, pobreza. Pero también hay que visualizar algunos elementos que demuestran que no estamos igual que en 1983.

Hay un proceso alentador. Por ejemplo, la aprobación de una Nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es una búsqueda interesante para una comunicación más amplia. Hay que pensar que esto no fue modificado desde nuestro último golpe militar.

Ligado a esto, en relación a los desafíos, ¿cómo ve usted, desde lo personal y también desde las iglesias, el trabajo con las experiencias de fe más cotidianas unidas a una mirada más sociopolítica?

La gente necesita escuchar una palabra de esperanza. Cuando se acercan a nuestras congregaciones o a nuestras iglesias lo hacen con un sentido de militancia, de compromiso o porque realmente se encuentran destruidos o angustiados. La comunidad es el espacio que tiene que alimentar la esperanza y, en sí, creo que los cristianos tenemos este mensaje de resurrección que es sumamente esperanzador. Por más que los horizontes se cierren, nosotros seguimos creyendo en el mensaje de la vida.

A veces hay que dar de comer o de vestir, mediante acciones sociales muy concretas, porque ese es el espacio de nuestras congregaciones o comunidades de fe. Todo esto va unido también a la lectura de la palabra, la oración que sostiene y contiene. La fe cristiana, sobre todo, no es para vivir en soledad, tenemos que pertenecer a un cuerpo, con todas sus contradicciones, pero pertenecer a la comunidad. Porque es ahí donde, de alguna forma, aprendemos a amar inclusive a aquel que no piensa como nosotros. La Iglesia, como experiencia comunitaria, es una experiencia privilegiada porque nosotros no escogemos la gente con la cual nos congregamos. La Iglesia es el espacio que desafía y obliga, en el buen sentido de la palabra, a relacionarse con gente que uno no eligió y con la hay que construir también. No hay otro espacio donde uno no elige a la gente. Y esto creo que es un llamado de Dios: construir comunidad con aquellos que no elijo.

En el nivel general, creo en esta idea de la Iglesia como salvadora de la sociedad, no como dominante. Pareciera que la Iglesia está mostrando una imagen de poder, no en el sentido del servicio sino en un sentido que tiene que ver con el control.

Por último, tenemos que seguir defendiendo los Derechos Humanos. En ese sentido, la Iglesia Metodista ha hecho un aporte importante. Hace más de 175 años que estamos en el país, siempre intentando construir una sociedad democrática y plural.

¿Qué reflexión podría hacer en torno a los pronunciamientos más mediáticos que ha habido en relación al tema de la pobreza?

Tenemos que lograr construir una patria de hermanos y hermanas y no de enemigos. Cuando uno ve en la sociedad argentina los distintos sectores que están en puja, lo que se plantea de fondo es cuánto recaudo, cuánto pierdo, cuánto gano. Así fue con el conflicto rural y con otros conflictos que arrastra la sociedad. En ningún momento aparece esta cuestión de construir entre todos una patria de hermanos en donde compartir aquellas riquezas que la creación nos ha dado. Parece que la lógica es: “¿Qué es lo que gano y qué es lo que pierdo?”, y no la que plantea el Evangelio, que es la de compartir.

Creo que es cierto que hay pobreza, que es grave y que tenemos que revertir eso, la sociedad en su conjunto. Todas las discusiones que vemos en los medios de comunicación es quién acumula más riquezas, en el sentido económico, cultural o comunicacional. Tal parece que el que tiene el poder de la comunicación es el que tiene la verdad. Es cierto que hay irresponsabilidades de parte de nuestra clase dirigente y del gobierno, pero también nosotros tenemos que buscar una construcción distinta.

En sentido, pensando en construcciones sociales distintas ¿cuál piensa usted que debería ser el vínculo entre las iglesias y los sectores sociales?

Tenemos que ir fortaleciendo redes alternativas de solidaridad y de comunicación que nos permitan avanzar con propuestas dentro de la sociedad. La participación política se ha reducido a entenderla como la participación partidaria, pero me parece que la Iglesia debe entenderla como una cuestión más amplia. La Iglesia siempre hace política, lo niegue o lo afirme. Lo hace por omisión o por intención deliberada. El tema es qué política queremos favorecer. En esto es importante la conexión de los distintos sectores, especialmente de los que trabajan desde la sensibilidad, del más pobre y buscando la justicia.

Pensando el tema de las iglesias y las construcciones amplias a las que hacía referencia, ¿cómo visualiza usted el diálogo interreligioso?

Creo que necesita ser fortalecido, pero no solamente en las cuestiones institucionales, lo que es el ecumenismo protocolar y de acuerdos sacramentales. Me parece que tenemos que avanzar en el ecumenismo más práctico. Al menos dialogar con el que vive al lado mío, más allá de su confesión de fe, y ver qué es lo que puedo construir en común con él en lo más cotidiano. El ecumenismo institucional queda vacío si no va de la mano de una construcción más cotidiana: más que diálogo entre distintas instituciones religiosas, aprender a trabajar con el diferente, a convivir, y ver qué puedo construir con él. Como decimos nosotros: “Si piensas igual que yo y crees en Dios, dame la mano y caminemos juntos, aunque haya un montón de diferencias”.

Por última, desde su experiencia y desde la tradición histórica de la Iglesia Evangélica en el trabajo por los derechos humanos, ¿qué reflexión podría hacer en torno a avances y retrocesos en dicho campo en nuestro país?

Veo un signo positivo. Hace 10 años atrás jamás pensé que iba a llegar a ver lo que veo hoy.

Por otra parte, también aparecen algunos elementos preocupantes. El tema de los DDHH es un ojo que la Iglesia siempre tiene que tener abierto, porque está ligado con nuestro mensaje, el respeto de la vida de todos y el respeto a la institucionalidad democrática. Creo que estos son temas que no podemos dejar de prestarles atención como cristianos. Poder ver los DDHH más allá de nuestros partidismos o intereses sectoriales que son legítimos.