“El ayuno que a mí me agrada consiste en esto:
en que rompas las cadenas de la injusticia
y desates los nudos que aprietan el yugo;
en que dejes libres a los oprimidos
y acabes, en fin, con toda tiranía;
en que compartas tu pan con el hambriento
y recibas en tu casa al pobre sin techo;
en que vistas al que no tiene ropa
y no dejes de socorrer a tus semejantes.”

Isaías 58 6-7

 

Ante el posible ataque de estados Unidos y Francia a Siria en estos días, la cuestión de la guerra y amenaza de más guerra se han instalado fuertemente entre nosotros, entre diversos sectores de nuestra sociedad. Es fondo y trama de conversaciones, preocupación, también de compromiso. Hay en esto unas novedades que queremos rescatar:

  • Estamos más sensibles a cualquier tipo de intervención, y más decididos a rechazar cualquier violencia organizada, más aún si se trata de empuñar o exportar armas –que deshumanizan, aterrorizan y matan–.
  • Que entre nosotros haya una importante comunidad de oriente medio con identidad y raigambre, con familiaridad e historia nos da la posibilidad de sentir la proximidad. No son aquellos y de “allá lejos” los que están amenazados: son de los nuestros, por eso la situación no es extranjera. Vamos por el desafío de reconocernos como pueblo diverso al mismo tiempo que, en tiempos de globalización, nos sentimos pueblo solidario.
  • Que un importante y visible clamor por la Paz venga del Papa Francisco también hace que resuene más cercano, más nuestro. Porque sabemos que no es apenas una mención, sino un grito que nos convoca a estar despiertos, alertas, para que en nuestras manos no se inscriban los signos de la insolidaridad; ni en nuestras conciencias la indiferencia de quien pasa de largo frente al dolor y la muerte, y la pasividad que nos deja paralizados sin saber de que lado estar, o hacia donde encaminar nuestros pasos, nuestros gestos, nuestra reflexión.
  • La presencia de Argentina como país en el escenario internacional, muestra una voz que se inscribe también en nuestra tradición política y diplomática, pero también y sobre todo en la raigal vocación de Paz de nuestro pueblo que en nuestra tierra se expresa de múltiples maneras, muy especialmente en la creativa y potente lucha de los organismos de Derechos Humanos.

Nos reconocemos en un desafío: El de hacer eficaz la oración y la preocupación, trabajar en diversos ámbitos, institucionales, colectivos, interpersonales, nuestras propuestas de paz para que no se queden en meras expresiones de deseo. Para que esta sensibilidad pueda dar frutos.

Para que esto que la movilización frente a lo que sucede no sea una realidad pasajera. Aún cuando EEUU deponga su casi irrevocable intención de atacar, tenemos que hacer algo con la “Invitación a la Paz”. Rezar y ayunar por la paz, sí; pero por sobre todo construirla. Porque en Siria no está y es tarea de todos animarse (nos) a gestar la PAZ en la compleja noche de intereses entre el régimen, rebeldes, aliados, intervencionistas y mercaderes…

Un modo encarnado de convocar a la PAZ es ayunar no tanto de alimentos, sino de rivalidades y dominaciones, de miradas que victimizan y discursos que demonizan pueblos y culturas. Y en ese lugar poner el diálogo, la capacidad de acuerdo, sentido de la vida, apuntalar la esperanza, creer que tiene que haber un modo humano de construir paz duradera. Un diálogo que no se auto-engaña ni engaña: un diálogo que pone en el centro los conflictos, los reconoce y los cuida, para que puedan expresarse con toda su potencia y exigencia a la construcción social, política, cultural, religiosa. Para la tarea humana real, de construir  lo colectivo, de ser comunidad.

Es tarea personal, colectiva y política hacer que acontecimientos como este nos pongan frente a la posibilidad de comprender con responsabilidad que la desigualdad social, la intolerancia religiosa y la intervención no pueden tener la última palabra. No podemos ni queremos que la muerte sea sólo un daño fatal a lamentar.

La guerra es un demonio poderoso, por eso aquí vale lo que Jesús le decía a los Discípulos: “Los demonios de esta clase no se van sino con la oración y el ayuno” (Mt 17, 21).

Palabra profunda y “alivianamiento” de lo que se nos impone a primera vista como necesidad, como fatalidad. También silencio que permite que el otro, demonizado y acallado, nos hable, nos interpele, nos invite.  Y así disponernos para la decisión y la acción, para el coraje de la paz.

Centro Nueva Tierra
10 de septiembre de 2013