El siguiente texto invita a la búsqueda de la madurez humana y a la construcción de sentido y esperanza en el reconocimiento en la experiencia de Dios y de su opción por hacerse humano y presente en el mundo y en la vida cotidiana, personal y colectiva.

Por Trinidad León

La “experiencia de Dios” en el día a día es una invitación a abandonar el espacio seguro de nuestros criterios y de nuestra sapiencia humana, para lanzarnos a vivir el proyecto de un Dios que se “exilia” de su gloria para hacerse experiencia encarnada en nuestra propia historia. El encuentro con Dios en la vida cotidiana supone la madurez humana de alguien que se vive orientado hacia dentro de sí y volcado a los otros, hacia todo lo que Dios mira y ama.

Afrontamos un tema que parece “imposible”, pero que no deja de atraernos. Nos aproximaremos a eso que suele llamarse “lo cotidiano”, tratando de mirar a través de la realidad espacio-temporal aquello que denominamos “experiencia de Dios”. Es decir, intentaremos hablar sobre Dios, sobre las huellas que la divinidad va dejando en el día a día de nuestra vida. Se ha escrito mucho sobre cómo se “experimenta” a Dios dentro del prisma de nuestras sensaciones y vivencias, pero seguimos planteándonos el interrogante acerca de este tipo de “experiencia”, que no abarcamos sino que nos abarca. Y es que esta pregunta no tiene una respuesta simple. Si es que la tiene.

Partimos de la idea de que quien se plantea semejante interrogante es creyente, o quiere serlo, o lo es a su pesar… Y, si lo es ¿en qué Dios cree? Porque se puede creer en Dios o en los dioses… Por otra parte, se dice que vivir es experimentar, llegar a hacerse experto en algo. La vida es un caudal inagotable de experiencias que aprehendemos hasta hacerlas parte de nuestra vida: nos levantamos cada día… nos acercamos a la inmensidad mirando al cielo… nos encontramos con la sonrisa de los que nos rodean… con la mirada que acaricia, o tal vez que corta hasta la respiración… Cosas sin las cuales nadie puede vivir.

La experiencia “de Dios” como experiencia de nuestra condición “religada a Dios”

La experiencia religiosa fundamental es la apertura del ser humano a la raíz de su propia realidad, éste es el presupuesto antropológico de la experiencia religiosa y de la interioridad que ésta conlleva. Decir que la experiencia de Dios posee una dimensión antropológica no significa afirmar que esta experiencia es algo meramente psicológico, porque nadie puede encerrar la inmensidad en la finitud. Todo lo más se tiene una experiencia moral de lo divino, es decir, se vive a Dios desde los gestos, opciones y actitudes que conforman la vida cotidiana.

Nadie ha visto a Dios directamente ni lo ha “experimentado”, excepto aquel que ha venido de Dios, el Verbo encarnado que nos lo ha explicado (cfr. Jn 1,18). Y acogiendo la experiencia del Dios de Jesús podemos cotejar qué cosas de nuestra propia vivencia nos dicen algo acerca de lo divino. Todo creyente inscribe así su propia vida dentro de un horizonte relacional que encierra toda una tradición religiosa en la que las palabras “YHWH”, “Dios”, “Alah”, “Brahman”, cobran significado más allá de la experiencia transmitida por la realidad material.

El reconocimiento de esto que podríamos llamar presencia trascendental en la propia interioridad del ser humano es lo que la fenomenología de la religión identifica con la “experiencia religiosa fundamental” en cualquiera de las expresiones religiosas: entrega en fe, esperanza y caridad (cristianismo), en fidelidad obediencial (judaísmo), en absoluta sumisión (islamismo), en la búsqueda de la identificación plena (brahmanismo), etc. Es decir, sin esta actitud fundamental que acoge y expresa lo que nos religa a la trascendencia no se da ningún tipo de experiencia religiosa.

La vida “en Dios”, sin etiquetas

Ahora bien, ¿cómo experimentamos, en lo cotidiano de la vida, esta vinculación personal a Dios? Creemos que no es posible hacer un cliché único, ni etiquetar nuestras experiencias cotidianas de Dios bajo un mismo y único signo. Aunque los creyentes cristianos constituimos una “comunidad creyente” (iglesia), la experiencia que tenemos de Dios es múltiple y compleja.

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo estamos bastante despistados acerca de las cosas que pueden decirnos algo sobre Dios dentro de los acontecimientos cotidianos, aunque es muy cierto que la “experiencia de Dios” sólo puede darse en contacto con determinadas experiencias mundanas, con lo más cercano y con lo que va creando el entramado de nuestra vida de cada día.

Una auténtica experiencia humana cotidiana tiene ya los elementos necesarios para ser llamada una auténtica experiencia de Dios. Podríamos decir que la persona que cree, vive su fe como entrega y comunicación de sí, del mismo modo como entiende que Dios se le comunica: gratuita, justa y misericordiosamente. De esta manera, la persona creyente comienza a experimentar aquello a lo que está llamada y que no puede alcanzar por sus propias fuerzas porque la trasciende absolutamente.

Combinando los elementos que la experiencia humana proporciona con la experiencia de fe, es decir, de entrega al proyecto del Reino de Dios, que fue la misión de Jesucristo y sigue siendo la de la iglesia en el mundo, podemos imaginar algo de lo que implica una verdadera experiencia de la divinidad en nuestra existencia real y concreta. Pero este ejercicio supone un verdadero proceso de crecimiento y madurez personal, supone aceptar cada día la tensión entre: libertad – normalidad, personalización – institucionalización, provisionalidad – perpetuidad, presente – futuro (pasado), pluralidad – unidad. Los datos que ofrecen estas categorías bipolares nos sitúan en el punto adecuado para comprender el tipo de experiencia cristiana que vivimos cotidianamente los creyentes, tratando de mantener la integridad del mensaje evangélico y la honestidad de su adhesión a él, contando con las incoherencias de que adolecemos ante este mensaje.

Riqueza, problematicidad y humillación de “lo divinamente cotidiano”

Lo que llamamos cotidiano no es sencillamente lo simple o banal. Lo cotidiano encierra mucha complejidad, una infinita gama de vivencias, sentimientos, perspectivas. Abarca todo lo más íntimo de nuestro horizonte existencial. Por otra parte, eso que llamamos experiencia está muy lejos de ser algo uniforme o programable. Sabemos que experimentar significa ir haciéndonos personas expertas en algo, a partir de nuestro pathos, emergiendo de todo lo que la vida trae consigo.

Pero tampoco es algo simple preguntarnos por esa realidad que llamamos Dios. Hablar de la “experiencia de Dios en la vida cotidiana” significa tratar de encerrar en palabras esa realidad totalmente inalcanzable que nos alcanza enteramente y a cada instante, de todas las maneras posibles. En lo que llamamos experiencia cotidiana de Dios se trata de “…realizar lo posible para alcanzar lo imposible” (Simone Weil). Lo posible es hablar de la experiencia de la cotidianidad hecha de pequeños retazos y de profundos vacíos… Lo imposible, tal vez sea pretender atrapar esa Presencia que intuimos cercana y que sabemos también lejana, no identificable con ninguna de las otras presencias que llenan nuestra vida.

La experiencia de Dios, conquista humilde de Dios

De la divinidad experimentamos la urgencia de su mirada, sin poder jamás definir su rostro ni sus maneras de estar presente en nuestro tiempo y espacio vitales. La experiencia “de Dios” se va adquiriendo cada día en la comunión afectiva con las cosas reales y a través de ellas. Es en la realidad donde este misterio nos envuelve, nos mete dentro de sí y nos hace “hogar” en sus propias entrañas. Pero ésta es una experiencia que nos supera y nos desconcierta siempre. Está fuera de nuestras categorías, pero no de nuestras intuiciones.

Sin embargo, una manera de experimentar a Dios, sobre todo al Dios revelado en Jesucristo, es a través de sentir su propio anonadamiento. No como el todopoderoso, ni el absolutamente inalcanzable, sino como enamorada compañía que nos observa embelesada ofreciéndonos su amor y retirándose, casi con timidez, para no obstaculizar nuestra búsqueda en libertad de aquello que él mismo nos da. Dice S.Weil: “Dios se agota, a través del infinito espesor del tiempo y el espacio, para alcanzar el alma y seducirla”. Entiendo que este agotamiento de Dios es una manera de definir la entrega, el abajamiento o la humillación de Dios en la encarnación.

En el hombre Jesús de Nazaret, Dios nos ha dado alcance, se ha puesto a nuestro lado, ha caminado y experimentado nuestra vida y, al alejarse históricamente, al situarse en el lugar transcendente que le corresponde desde la eternidad, ha dejado nuestra existencia abierta a esa eternidad en la que él mismo existe desde siempre.

Por eso, de la divina presencia experimentamos siempre mucho más su ausencia que su cercanía. El grito del Hijo del hombre sobre la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” sigue siendo el mismo grito a lo largo de la historia de muchos hombres y mujeres. Experimentar a Dios en la cotidianidad de nuestra existencia supone sentir la llamada y el abandono de Dios, atravesar el camino de la vida buscando su rostro, sin verle; experimentar el dolor de nuestros límites y descubrir que la fe no nos exonera de ninguno de ellos. Tal vez, sin saberlo, éste es el problema más profundo de nuestra vida.

“Experiencia” de Dios o “hacerle” sitio a Dios en la cotidianidad de nuestra vida

Lo que podemos intuir como experiencia cotidiana “de Dios” tiene al menos dos vertientes desde las que podemos asomarnos: lo objetivo y lo subjetivo. No hay verdadera experiencia si no hay algo objetivo, algo que yo pueda ver, oír y tocar. Y, obviamente, es la persona, con toda su subjetividad, la que siente y experimenta. “Venid y lo veréis” (Jn 1,39) dice Jesús a aquellos que querían seguirle. Y se fueron con Él. Al final de su seguimiento diario por los caminos de la vida cotidiana, aquellos hombres y mujeres afirmaban: “…lo que hemos oído, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que os decimos” (1Jn 1,1).

Dios, siempre “inadecuado” a nuestra vida

La nuestra es una experiencia mediada de Dios. Nuestra propia condición humana, compartida por el Hijo encarnado, es la vía de encuentro con la divinidad que nos sale al encuentro. Experimentar a Dios en la cotidianidad de la vida es sentir el latido de lo divino resonando en la interioridad de cada acontecimiento. Sin embargo, la distancia entre estas dos realidades, la objetiva y la subjetiva, puede convertírsenos en un abismo aterrador, porque ¿dónde está Dios cuando lo necesito? ¿dónde cuando el mundo, la creación entera reclama su presencia?

Dios no está en algún lugar recóndito, ni es, como decía Feuerbach, una mera creación de nuestra mente, una proyección de todo aquello que no podemos ser ni alcanzar por nosotros mismos. No es un término abstracto que en ciertos momentos podamos convertir en un soporte más o menos adecuado de nuestra vida. Dios es en la realidad de nuestra vida y es completamente inadecuado.

Ninguna experiencia de Dios se amolda a nuestros criterios, por muy elevados que puedan ser. Pero esa experiencia forma parte de nuestra existencia, y ésta será más auténtica y veraz cuanto más se vaya abriendo a esa realidad que nunca aquí podremos llegar a conocer plenamente.

Pensar a Dios y “pensarle” precisamente como “Hogar de Comunión” (Trinidad), debería sernos tan connatural como la respiración misma, pero eso es mucho decir para los hombres y mujeres de una época en la que el Dios de Jesús de Nazaret se ha convertido en un tema cada vez más paradójico e irritante, incluso para los mismos cristianos. Nos vendría mejor un Dios que cumpliera siempre un rol determinado, incapaz de compartir con nadie su misteriosa e infinita soledad. En definitiva, un Dios que nos dejara en paz, que no se acercara pidiendo ser hospedado en nuestro espacio humano… Pero la divinidad, desde el acontecimiento Jesucristo, ya no puede ser contemplada ni entendida como absoluta lejanía, sino como Presencia que viene y nos considera suyos: familiares y amigos.

En definitiva, si queremos experimentar a Dios en aquello que vivimos cada día, debemos dejarnos afectar de otro modo por la realidad misma, abandonando muchas veces lo que consideramos “nuestra” privacidad más irrenunciable, que puede confundirse con nuestra comodidad más egocéntrica. La “experiencia de Dios” en el día a día es una invitación a abandonar el espacio seguro de nuestros propios criterios, para lanzarnos a vivir el proyecto de un Dios que se “exilia” de su gloria para hacerse experiencia encarnada en nuestra propia historia. Con todo lo que ella tiene de gozo y sufrimiento, triunfo y fracaso, vida y muerte.

Dios, memoria del deseo “exiliado” y llamada a la “interioridad”

Al anhelo que experimentamos quienes a lo largo del día, de una manera más o menos consciente, buscamos a Dios, podemos llamarle deseo. Un deseo que está hecho de infinito, dentro de nuestra finitud, de grandeza en nuestra pequeñez, de certeza dentro de nuestras dudas, de gozo en medio de sufrimientos… El deseo de Dios supone tensión entre lo que creemos de Él y lo que llegamos a experimentar verdaderamente de esa Realidad que nos abraza y nos transciende…

Y la tensión puede convertírsenos en angustia, hasta el punto de hacernos desear no desear que Dios exista, ni se nos haga presente. Porque esta presencia divina no nos garantiza que todo lo que vivimos en el día a día sea algo satisfactorio, sino que, por el contrario, puede ser algo frustrante y desalentador. Dios no se deja manipular ni dirigir por nuestros deseos, por “santos” que éstos sean. De hecho, lo que sentimos es que Dios se ha adueñado de nuestra vida para después dejarla inmersa en una búsqueda que hacemos a tientas, con muy poca o ninguna certeza. Nuestro deseo de experimentar a Dios se queda como “exiliado”, en la más profunda indigencia. A veces, cuando Dios parece estar al alcance de nuestra mano le sucede la noche de los sentidos y del espíritu, en que la experiencia de Dios se nos convierte en trascendencia y lejanía. Es la “kénosis” o anonadamiento de lo divino en nuestro “exilio” humano.

La experiencia de Dios como experiencia abismal

Cuesta creer que “Dios” sea esa realidad infinita dispuesta a dejar su espacio (esté donde esté y sea lo que sea…) para venir a habitar en medio de nosotros; que Dios sea precisamente Presencia implicada en la cotidianidad de nuestra existencia exiliada y la única manera de llegar a este lugar perdido que llamamos “cielo”, el lugar-seno acogedor donde experimentar a Dios es sencillamente vivirse en Dios.

Exilio y regreso son los dos polos de este binomio tensional entre el mundo material y el mundo espiritual que reclama nuestra atención, porque somos seres llamados a existir en Él y desde Él. El exilio es salir del recinto superficial de nuestros intereses materiales y regresar a la profundidad en la que se afirma lo mejor de nuestra existencia cotidiana. Sin embargo, la interioridad que nos abre a nuestra propia transcendencia, como seres abiertos a la transcendencia divina, produce vértigo, y no siempre estamos dispuestos a sufrirlo. Experimentar a Dios en la vida cotidiana exige navegar con fuerza cada momento, en cada acontecimiento, firmes ante los embates y oleadas de todo tipo de sentimientos y vivencias que pueden hacernos zozobrar y que, no obstante, encierran el secreto de la verdadera sabiduría, porque nos lanzan a la profundidad, a lo más íntimo y verdadero.

Realizar esa inmersión puede ser el camino de sanación de muchas heridas que la vida nos va produciendo, y también camino de encuentro con ese abismo sin fondo que es Dios y que somos cada ser humano en Dios.

Pero el recogimiento en sí no es, ni mucho menos, una llamada al aislamiento, sino a la autenticidad que se enraíza en el conocimiento de sí mismo. La interioridad no es una evasión, sino optar por la vida real con todas sus consecuencias. Una opción que lleva al creyente a descubrir la Presencia que lo habita y lo lleva en ella hacia Ella. De ahí que lo que venimos llamando interioridad se asemeje mucho a la experiencia que tiene lugar en lo más auténtico de nuestro ser y que se descubre a través del reconocimiento personal de Dios en los otros. Este esfuerzo que supone el ahondar en sí está orientado a vaciar el propio interior, a tomar conciencia de sí frente a la realidad que nos rodea tal cual es, con sosiego, profundidad y, sobre todo, con verdad.

La experiencia de Dios como despojo de la superficialidad en lo cotidiano

Lo que llamamos experiencia de Dios en el día a día acarrea mucho dolor y, por lo mismo, exige de la persona mucho valor. No es demasiado común que alguien quiera hacer experiencia de la divinidad en profundidad y verdad; sentir la realidad del mundo y la trascendencia quedándose a la intemperie de la vida, desde su propia fragilidad interior.

Podemos estar, cotidianamente, ante la tentación de sucumbir en la vorágine de la superficialidad, dejarnos llevar por lo que no compromete de forma definitiva, ni nos toca realmente la vida. La búsqueda de la gratificación inmediata condiciona la continuidad de toda verdadera experiencia, mucho más de la experiencia de “Dios”. Nos atrae todo aquello que esté apoyado en un fuerte sentido de independencia personal y de respuesta inmediata a nuestras necesidades, reales o no.

Con el paso del tiempo y con la experiencia que vamos acumulando, se va relativizando lo que cada día conlleva de banal y asumiendo lo que tiene un cierto sabor a imperecedero, aunque no sepamos exactamente lo que sea esto, porque todo lo que somos tiende a convertirse en caduco y transitorio, incluso nuestra propia vida y la de los seres que amamos. Pero, precisamente ahí, podemos encontrarnos con “Dios”.

En la experiencia de la vida interior el hombre creyente descubre lo extraordinario de la propia finitud: miseria y grandeza irremediablemente unidas. Toda la grandeza y dignidad del ser humano radica aquí: en su aspiración a Dios. Somos seres complejos y misteriosos; fuente de incalculables riquezas y de carencias abismales. El ser humano es un ser incomprensible para sí mismo y a veces desesperante.

Experimentar a Dios en la vida cotidiana es aferrarse a aquello que se nos escapa: el futuro, la felicidad, la realización personal… Pero, sobre todo, es dejar paso a la fe, una fe transmitida que se nos ha quedado, con frecuencia, ridículamente corta. Por eso, y concluimos:

1. La experiencia cotidiana de Dios no es un simple saber acerca de Dios, sino que consiste en una disposición del pensamiento que reflexiona lo cotidiano. Nuestra mente es como un pozo profundo, lugar de encuentro con Dios, del cual podemos extraer el agua viva, es decir: las buenas opciones, los planes y proyectos válidos que llenan de sentido divino la existencia humana. La persona que quiera ver a Dios en los acontecimientos de la vida, tal como Él se suele mostrar, dentro del misterio, de lo no-predecible, de lo no abarcable con nuestra lógica, tiene que estar concentrada, tiene que saber vivir en la clara obscuridad de la fe y en la disponibilidad del compromiso que lleva, con frecuencia, a la cruz.

2. El encuentro con Dios en la vida cotidiana supone la madurez humana de alguien que se vive, como criatura, orientado hacia dentro y volcado a los otros, hacia toda la creación que Dios ama. Porque ese Dios, a nuestro pesar, hace acepción de personas (se fija en lo más miserable), no se hace visible a una mirada superficial ni al alboroto que distrae de la intimidad y de la pasión del mundo.

3. El silencio, que a muchos atrae y a otros aterra, es elemento indispensable para vivir la experiencia cotidiana de Dios. Es necesario saber pasar del ruido ensordecedor al silencio dialogante, de la dispersión a la concentración, de la superficialidad a la hondura, del individualismo a la relación que hace comunión. Se trata de un silencio que es disposición para la escucha de la voz de Dios en la propia existencia.

En el silencio interior, a veces obligado, se fragua la vida en el Espíritu. Este silencio es también condición indispensable para que se dé el diálogo con el huésped interior y con los seres humanos que lo hacen visible: los marginados y silenciados, “rostro visible del Dios invisible” (Mt 25,31-46).

Intentando una conclusión de lo siempre abierto

La experiencia de Dios en la vida cotidiana es acercamiento apasionado al mundo de Dios en las cosas que nos pasan cada día: relaciones familiares, vecinos, amigos, trabajo, acontecimientos que nos superan de manera absoluta. Esta es la forma peculiar en que la vida va poniendo la realidad en nuestras manos. Viene a ser algo así como la existencia de un campo visual, dentro del cual son posibles múltiples perspectivas, según el punto desde el cual nos situemos ante la realidad y sus manifestaciones.

El problema es que precisamente lo cotidiano de nuestra vida personal puede llegar a convertir ese campo visual, más que en un balcón abierto hacia el Horizonte Infinito, en una cada vez más estrecha rendija a través de la cual pretendemos ver y conocer todo lo que acontece en la inmensidad del universo y de la historia. Y algo que vemos cada vez con un margen de apertura más limitado es nuestra relación con la Transcendencia Divina. Por muchas razones: 1) por la influencia de lo que podríamos llamar la cultura de la tecnocracia pragmática; 2) por las incoherencias entre lo que la religión predica acerca de la Divinidad y lo que la comunidad creyente olvida vivir en relación a esa Divinidad; 3) por ese afán de globalizarlo todo e incluir en ese todo incluso la “experiencia de Dios”, como si Dios fuera un producto más de la sociedad humana y de los sistemas de convivencia o de intolerancia que creamos a todos los niveles.

Porque, ¿quién nos puede impedir sentir que experimentar a Dios en la vida de cada día es como salir de la realidad para entrar más profundamente en ella, de una manera que no podemos imaginar ni mucho menos programar? La “experiencia de Dios” es el cada instante en el que vivimos llenos de una luz que se nos da tan gratuitamente como el nuevo día que siempre amanece.

Fuente: “Experiencias de Dios” en la vida cotidiana, Revista Proyección, Teología y Mundo Actual Nº 52 159-173. Facultad de Teología de Granada. Granada, España.