Democracia, infortunio, globalización

… príncipe amargo del escollo
Mallarmé

Un fantasma ronda la época democrática, que no suele ser fácilmente reconocido por el político. Que nunca es posible que se realice todo a lo que aspiramos. Precisamente, el acertijo mayor de la política es que todo político sabe profundamente que esto es así, que el tiempo y la letra nunca alcanzan, pero tiene la certeza de que si lo dice perderá vigencia, revelará la falla de una débil u oscura conciencia. En algún momento, Alfonsín supo asomarse a este pensamiento después de fijar su programa máximo: con la democracia se educa, se come y se cura. Era un intento de reabsorber en la teoría democrática todas las acciones que en la sociología corriente se llamaban políticas sociales y en la política revolucionaria se consideraban ámbitos autónomos, esferas de carencia, a ser rescatadas por el cambio revolucionario. Semejante “cambio de ejes” –para emplear terminología arcaica– precisaba un suplemento anímico mayor que el de por sí las antiguas pasiones revolucionarias ya contenían. Entonces se llamó “utopía” a la democracia así concebida, pues era la fórmula capaz de insuflarle vida y plenipotencia social a una palabra que el elenco de frases anteriores consideraba banal. Pero están las concesiones que tuvo que hacer ante diversos infortunios, desde ya económicos, pero, notoriamente, por las manifestaciones de fuerzas armadas del viejo orden militar. Las llamó así, “concesiones”, según el vocabulario corriente, sin llegar a decir –porque quizá no lo sabía– que más no se podía hacer. Atinó a sugerir que había límites inesperados, bien o mal definidos –…“estos hombres, héroes de Malvinas”–, límites que era problemático definir con cualquier frase que fuese, aunque esa notoriamente tenía el sabor desagradable de ser parte de una difícil negociación. La frase era también una frontera, frente a la cual no se pudo decir algo que sonar más claro: lo hago aunque no me gusta. Es el fastidio amargo del escollo, esas secretas obligaciones que son típicas de los bruscos cambios no analizados. Ese es el infortunio, tejido interno que atenta contra las posibilidades del político, su naufragio momentáneo, que vacila en admitir, a veces tomado con humor, pero que es indisoluble de la democracia. En la tradición peronista existe este reconocimiento en forma de boutade: tragar un sapo todos los días. Las páginas que Perón dedica a esta circunstancia batraciofágica presentan el tema como un acatamiento indispensable a la astucia, como un remedio frente al azar o la fortuna, que obliga a una sagaz resignación del activista, tragando en silencio la pócima amarga de lo real. ¿Debe decirlo o no? El caso del senador Pichetto puede parecer poco relevante, pero ilustra severamente sobre una de las características de estos treinta años borrascosos. El político “no debería” decir que hace una cosa diferente de la que piensa. Pero el hecho de que esto haya ocurrido, ¿no habla a favor de que lo que llamamos democracia debe ser una reflexión más profunda sobre la distancia entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad? En vez de vituperar al senador, deben bucearse allí largos síntomas de irresolución de lo que es la relación del ser político con la veracidad íntima de los convencimientos que albergamos y nos albergan. Hay que acercarlos a las cambiantes coyunturas, no alejarlos de ellas. Son el “príncipe democrático” bajo la forma de escollo declarable, sincerable, revelable. Podríamos así definir las modulaciones de estos treinta años de democracia como una continuidad salutífera aunque problemática, definida en realidad por sus muchas discontinuidades y tropiezos. Especialmente en el tema de los estilos políticos respecto de cómo reconocer la debilidad de fuerzas ante la operación de los “factores” adversos internacionales. Pululan los adversarios encubiertos, grandes empresas, fuerzas económicas mundiales, organismos financieros planetarios. El mundo está “globalizado” (la palabra encierra tanta trivialidad como capacidad de impregnar la época entera) y eso supone una velocidad de circulación de mercancías, flujos financieros, ilegalidades, imágenes universales coactivas en triple play, teoría de la información, experiencias manipuladoras de clonación, proyectos de vigilancia total, cárteles entrelazados con policías y organizaciones políticas, desconocimiento del carácter no renovable de la naturaleza por parte de capitalismos depredadores, modelos humanos producidos por una fábrica homogenizadora de sensibilidades, vulgares hedonismos, mercantilización de los placeres, la fruición cultural industrializada, el cautiverio invisible de la experiencia humana. ¿Qué deben hacer los gobiernos democráticos frente a ello? ¿Podemos ya tener una respuesta madura en nuestro país? En primer lugar, habría que reconocer más específicamente esas fuerzas ciclópeas, con nuevas cautelas aunque no con ausencia de decisiones. Es preciso introducir mayores virtudes filosóficas extraídas de las viejas raíces humanistas en el horizonte neodesarrollista que abruma incluso los momentos de cambio más decididos. La cautela lleva a una suerte de realismo crítico, que permite que las necesarias readecuaciones se constituyan en una plástica conversacional y discursiva de los gobiernos, para evitar que la política parezca ser un desfile de “etapas o segmentos” que emergerían por decreto. Las mutaciones o renovaciones deben ser explicadas estoicamente, con el sentimiento de que no nos hubiera gustado que ocurrieran, que se hubiera preferido no hacerlo, que no se esperaba la aparición de contradictores tan vigorosos que insinuarían su perdón si ahora nos asociamos a ellos. El sentimiento que debe generarse es un actuar en medio del escollo, el atascadero. El reconocimiento de las fuerzas antagónicas debe ser descripto y tratado como una tensión dramática que las haga popularmente visibles. Son muy importantes los gestos silenciosos –todos los entendemos–, pero más importante es el habla del político que debe mostrar su valiente congoja y, como recomendaba el maestro Max Weber, saber decir “a pesar de todo”. Explicitar las mudanzas no como un adosamiento automático a nuevas etapas, sino con un soplo de disconformidad que la sociedad perciba. La democracia no es una ninfa permanente sino un trato crítico con una época, aunque sin dejar de invocarla o considerarla en sus límites. En estos treinta años, no hicimos sino debatir sobre si actuar como vástagos de una etapa (modernizadores globalizantes que disimulan su infortunio) o en intersticios abrumados que aún permiten que nos movamos con autonomía ante poderes mundiales que colisionan entre sí. ¿No es hora de definir este debate?

Horacio González

Patria Promesa / Patria Poesía / Patria Pensamiento / Patria Práctica
25 de mayo 1810-2015