I.
«Me siento feliz de vivir en la época en que vivo».

Lejos, es la frase que más me gusta de Angelelli. Bien de «más acá» y de aquí y ahora.
Contemporáneo lo siento, justo ahí. En esa expresión y en la medida en que esa expresión expresa todo su ahora, su tiempo presente. La verticalidad de su espiritualidad y la radicalidad de su propuesta. Ahí mismo en esa frase es que es poeta el hombre. Eso es lo que me gusta. De la misma manera que comulgo poco con los que se arremolinan en torno al relato de su muerte cruenta, en un sacrificialismo piadoso o profético del que, desde hace tiempo, paso. Hace tiempo lo planteo: ni las versiones martiriales de la memoria, ni las coacciones sacrificiales del martirio. En palabra y contenido, en implicancias y significado: paso de esas propuestas.

II.
Hace poco más de un año, en un análisis sobre «el kirchnerismo», señalaba que una tarea desafiante y pendiente, y probablemente un déficit central, era «subir cuadros», además de «bajarlos». Considerando que «bajar los cuadros» –emblemáticamente lo de Videla y Bignone en su momento– equivalía a un enfrentamiento con el conjunto de los poderes fácticos. Una marcada de cancha, a la Iglesia, a los organismos multilaterales, a un sector del empresariado, a la corporación periodística y a los medios de comunicación concentrada. Y a las fuerzas armadas, claro.

Unos días después del Bicentenario, caí en la cuenta de que en el hermoso «Salón de los patriotas latinoamericanos» estaban subiendo cuadros. (Al mismo tiempo, en la 9 de julio, cual acto sacramental, desfilaron los «cuadros» de la historia de Fuerza Bruta). Ambas cosas, básicamente, me conmovieron.

III.
Y hoy a la mañana, me encuentro con la foto de Cristina Fernández frente al cuadro de Angelelli en ese salón. Aplaudiendo.
Me recordó el cartel allá en los llanos, azotado por los vientos y el sol. Donde mataron a Angelelli.
Me trajo la memoria del cuadro bajado de Videla.
Se suman el afiche oficial del recordatorio de este año, con esa tan buena consigna: “CREER EN LA IGUALDAD”. Me acordé, de entre tantas, de esas fotos de Angelelli con la gente de La Rioja. Conmovedoras. Transparentes.

(Una digresión… Vengo pensando: ¿qué espiritualidad va a sostener los muchos años de construcción que nos quedan? Y digo espiritualidad, con todas las letras, de la misma manera que no digo Dios, y no digo religión. Aunque recuerdo lo que alguien dijo: «la religión es casi siempre nefasta, pero mejor tener una religión que no tener ninguna espiritualidad…» Fin de la digresión, que no lo es tanto.)

IV.
En este tiempo, he podido sentir como te miran mal poniéndote el mote de «oficialista». Desde el vamos, están los que, si nomás analizas al kirchnerismo, ya te suponen vendido. Para ellos, el kirchnerismo puede ser sólo objeto de desprecio y no amerita más gramática que la que cabe en un zócalo de pantalla televisiva.
En términos colectivos, a la institución en la que trabajo y a los proyectos que llevamos adelante, nos han tachado de claudicantes, vendidos.
Muchos. Y de manera particular los sectores más puritanos, provenientes de una progresía bienpensante comprometida. De manera particular es un modo de decir, porque cuántos pero cuántos son. Los puritanos, digamos. Los que creen que el único lugar es la periferia; el único punto de vista, la base; el único discurso, la denuncia; la única posibilidad, la resistencia; el único destino, ser víctimas. Y que encuentran, en el discurso religioso, aun en lo mejorcito de este, una legitimación e incluso unas instrucciones, en fin, un repertorio. Un repertorio de frases y prácticas, de recorridos y de enunciados que los vuelven solidarios con la antipolítica, y –en el mismo camino y como es lógico– con los poderes concentrados que fabrican víctimas en masa. Y peor: encuentran mérito, retribución, y placer en no ver los avances, en seguir siendo víctimas. Y allí mismo encuentran… superioridad. ¿Será demasiado llamar a eso fariseísmo? Quizás. Y, atención: lo puedo comprender. No mucho, pero lo puedo comprender. Lo que no puedo, éticamente, es justificarlo.

V.
Éste es un tiempo en que una generación se volvió adulta políticamente. En la historia. Que invita. La felicidad a la que estamos invitados tiene ese problema y esa gracia. Es una felicidad histórica, colectiva, generacional. Y lo más difícil y el más profundo: adulta.
Eso es lo que relumbra en estos días, reflejado en los cuadros. A los apóstoles del miedo y a los que prefieren ser víctimas no les gusta. Ser felices de vivir en la época en que vivimos. Ahí está lo difícil, el peligro y la gracia. De este tiempo, en que Angelelli, poeta y patriota es, quizás más que nunca, nuestro contemporáneo.