Transcripción de la participación de nuestro compañero Fortunato Mallimaci junto a Rubén Dri y Francisco García Bazán en el programa «La Historia en Debate», trasmitido el martes 16 de marzo por CN23:

Eduardo Anguita: –Esta sorpresiva renuncia de Joseph Ratzinger como jefe del Estado Vaticano da para muchísimo. En particular, en la Argentina, por la tradición católica cruzada por la complicidad de la jerarquía con los crímenes de la dictadura. Quiero preguntarles primero cómo creen que se vive esta novedad en el católico de a pie, si se inclina ante la autoridad y el dogma católicos o se replantea la liturgia y las supuestas verdades indiscutibles. No hay otras religiones que tengan un Estado propio. En el resto de las religiones no hay una autoridad central de la importancia del vicario de dios en la Tierra. Por eso, y por la crisis en el llamado Primer Mundo, ¿cómo tomaron la renuncia?
Fortunato Mallimaci: Argentina, América latina, el mundo entero muestra, por un lado, diversidad y pluralidad de religiones: Islamismo, Budismo, Cristianismo, Catolicismo –con gravísimos problemas en poder reproducirse–. En América latina se vive desde hace algunos años un proceso interesante. Hay una porción significativa de la sociedad que ha adoptado el evangelismo u otra manera de ser cristiano. Hay otra porción, muchísimo más significativa –el triple o el cuádruple de ésa–, que son los católicos o cristianos que creen por su cuenta, que no tienen en cuenta el dogma o lo que dice su autoridad y que viven felices y contentos, y hay otra porción que viene creciendo mucho en América latina que es la gente que se dice sin religión. Según el último censo de Brasil, el 60% son católicos y casi 15% dice que no tiene ninguna religión, pero que no son ateos porque buscan espiritualidad. Algo como lo que pasó en la Ciudad de Buenos Aires hace poco (N. de R.: la visita de Sri Sri Ravi Shankar, fundador del Arte del Buen Vivir), que hubo una gran expresión. Hay gente que busca en el hinduismo, en los pueblos originarios o en las religiones místicas. Eso me parece interesante tenerlo como telón de fondo, porque lo que pasa en la Argentina pasa en América latina, en África, en Asia, en Estados Unidos. Ese proceso de secularización está muy presente en las sociedades, lo cual no significa que las creencias religiosas dejen de estar. Por el contrario, la religiosidad, la espiritualidad, están presentes. Esto me parece importante para entender el siglo XXI.
Francisco García Bazán: –Un panorama de primera vista nos da una coexistencia de religiones en todo el mundo. Esto tiene que ver con la actualidad y también con la historia y el proceso de las religiones. Lo que es muy interesante y no es nuevo, sino que se viene cumpliendo desde casi los comienzos del cristianismo, es la presencia de religiones y religiosidades que son muy amplias y provienen del Oriente, el Budismo, el Hinduismo y ahora también de una fuerte presencia e influencia –incluso cultural– de religiones que vienen de China. Lo interesante ha sido cómo esto se enfocó en el pasado y cómo se enfoca ahora, en gran medida por la presencia de los medios de comunicación. Lo que en un tiempo fue campos de misión para religiones estrictamente monoteístas que buscaban ampliar su base de creyentes, hoy día está modificado. Lo que era una experiencia de misioneros, está cambiado. Ahora, a través de los medios de comunicación, aparecen otros grupos religiosos. Para el pensamiento cristiano, en particular para el católico, eso ha exigido la necesidad del diálogo.
Además, están las otras religiosidades –esto nos toca más al Hemisferio Sur y a nuestra América española–, de los pueblos que sostienen una religiosidad popular, ancestral, tradicional y que son un poco dejados en la sombra.
Rubén Dri: –A veces se piensa que la religión está en crisis. Muchas veces, las preguntas son en ese sentido. Yo siempre respondo que la religión nunca está en crisis. No conozco pueblos que no sean religiosos; es decir, con diversas corrientes, diversas maneras de expresar la religión. Pero la religión está siempre presente porque expresa fundamentalmente la búsqueda de orientaciones en la vida, la respuesta a los grandes problemas que se plantea continuamente el ser humano, del sentido de la vida y de la muerte, del sufrimiento, de la felicidad, de la lucha, de la opresión. Lo que está sucediendo, sobre todo en este momento, es precisamente que grandes instituciones –como la Iglesia católica– hoy no dan respuestas a las necesidades de las sociedades y de los pueblos. Entonces, los pueblos van buscando su propia respuesta religiosa. Y esto me parece muy alentador, porque ya la religión no es algo propuesto desde arriba, no se encajona en determinados dogmas, sino que surge de la misma necesidad del sujeto popular. Y, en este sentido, lo que se está viviendo en América latina, lo que estamos comprobando en la Argentina, es el surgimiento de religiones populares, que surgen del mismo pueblo, no tienen dogma y tienen una gran vitalidad. A veces, son consideradas como fetichismos; en realidad, toda religión tiene un aspecto simbólico y fetichista, el ser humano siempre tiene un aspecto fetichista, y eso de ninguna manera puede causar escándalo. Lo que se está expresando en este momento con la renuncia de Benedicto XVI es la crisis de una institución, pero de ninguna manera se trata de la crisis de la religión. En todo caso, de una determinada expresión de la religión. Pero siempre los pueblos van a mostrar otras alternativas que respondan a necesidades profundas de los sujetos.
F. M.: –De todas maneras hay un tema, porque los pueblos eligen pero los pueblos tienen Estados, hay sectores dominantes, hay hegemonías. El pueblo de la Unión Soviética “eligió” el comunismo durante 70 años. Sin embargo, hoy Rusia es el lugar de más fervor de la ortodoxia cristiana que existe en el mundo…
F. G. B.: –Pero eso siempre fue así…
E. A.: –Es interesante ver cómo funcionan, como dice Mallimaci, los Estados, las hegemonías y los consensos, para entender los cambios y lo que después resulta claro: las historias ocultas. El caso de Polonia tal vez sea el más emblemático.
R. D.: –Polonia nunca dejó de ser católica…
E. A.: –Por eso fue el eslabón más débil para la Unión Soviética. La caída del Muro puso en evidencia cómo pesaba en Alemania el orgullo Alemán, la identidad de una Nación, de una patria. En Polonia había un catolicismo vivo: dio un presidente (Lech Valesa) y también un Papa (Karol Wojtyla)…
R.D.: –Rosa Luxemburgo se había dado cuenta de eso. Por eso escribió El socialismo y las iglesias, precisamente para convencer al pueblo de que en realidad el comunismo no estaba en contra de la religión.
F. G. B.: –La existencia de las religiones y de los pueblos religiosos han precedido a esta historia de las religiones parciales. Eso ha permitido un fenómeno extraordinario, como fue el de la antigüedad tardía. En Occidente se dan condiciones rituales que permiten la presencia de las religiones de Oriente. A eso, que desde la perspectiva del pensamiento cristiano y del pensamiento judío, se le llama sincretismo, es en realidad la presencia de la vida religiosa, que entra naturalmente en diálogo y en conflicto. El fondo es religioso. Y sobre ese fondo se pueden entender los conflictos que tienen que ver estrictamente con lo profano.
R. D.: –Ese sincretismo está siempre presente. No hay religiones puras.
F. G. B.: –Exacto. Pero debemos distinguir muy bien lo que es sincrético de lo que es ecléctico. El sincretismo viene a ser como una armada de fuerzas religiosas; el sincretismo hace más fuertes a las orientaciones religiosas.
R. D.: –De acuerdo, pero hoy no hay un cristianismo puro, un judaísmo puro, un islamismo puro.
F. M.: –Es el tema de fondo: los que quieren buscar purezas. El problema de Benedicto XVI es el mismo problema que están teniendo las distintas modernidades a nivel planetario. Cada una cree que tiene que plantear una serie de verdades y enfrentarse al resto como amenaza. Esa modernidad soviética o la de América latina han fracasado; esta modernidad católica, a mi modesto entender, también ha fracasado. Porque no es posible poner verdades absolutas en sociedades democráticas, con diversidad, en donde los individuos y las comunidades quieren crear sus pertenencias. Lo está padeciendo también la China o India, no me hablen de que hay lugares tranquilos. Ahí hay matanzas que aparecen poco y nada. En China manda un partido (N. de R: Comunista) que tiene el control. En esto se debe tener en cuenta la existencia de los Estados, que han buscado legitimarse también desde el punto de vista de ciertos credos sagrados, creados por las religiones, por los partidos o por la propia experiencia histórica.
E. A.: –Me parece que ustedes coinciden en que no hay una crisis de la religiosidad en el mundo actual sino más bien todo lo contrario. Pero les pongo un ejemplo de Europa, porque es ahí donde se produjo esta crisis. El año pasado, en Bruselas, alguien me dijo una cosa muy reveladora: el nombre de varón que más inscriptos tuvo fue Mohamed; es decir, en Bruselas nacen más Mohamed que José o Pablo. Y la convivencia entre laicos –católicos o no– y musulmanes en Europa es de una tensión inmensa. Eso está muy vinculado a odios raciales. Me parece interesante vincular la renuncia de un Papa con lo que vive Europa. El Vaticano es un Estado que está en Europa. El Papa es el obispo de Roma…
R. D.: –Hay un problema que lo había detectado y analizado Benedicto XVI antes de ser Papa. En varias conferencias planteó precisamente el atractivo que tenía el Islamismo, y él interpretaba que respondía a que el islamismo no había cedido ante el mundo moderno, sino que se había afirmado en sus propios principios. Entonces, planteaba que la Iglesia Católica había cedido al mundo moderno; o sea, no había dado respuestas a los problemas sino que había cedido. Lo que había que hacer entonces, decía Benedicto XVI, era volver a estos principios fundamentales del cristianismo; en principio, seguramente dogmáticos. Y él interpretaba que volviendo ahí, con minorías creativas, aunque perdiera fieles, la Iglesia Católica luego los iba a recuperar porque iba a proponer un proyecto atractivo. El problema es que ese proyecto atractivo tenía que ver precisamente con afirmaciones dogmáticas que de ninguna manera podían ser atractivas. Entonces se cumple la primera parte de su proyecto; o sea, la Iglesia pierde fieles, pero luego no se cumple la segunda parte, en que los recupera. Yo creo que él tiene una especie de trauma con el Islamismo; precisamente por este tipo de análisis que hacía, y planteó un proyecto que ahora siente profundamente fracasado. Creo que su renuncia tiene que ver con eso. Por eso se siente sin fuerza, porque nadie renuncia cuando el proyecto es triunfante, quien lidera un proyecto triunfante no puede renunciar.
F. G. B.: –Yo lo veo de otra manera. Creo que el Cardenal Ratzinger lo que de alguna forma vio –y hasta sentía envidia de eso– fue el crecimiento vital que tenía el Islamismo; que, en relación con la familia, logra un desarrollo demográfica extraordinario.
F. M.: –Hay una crisis fenomenal del Islam. Terrible. La efervescencia que está mostrando, por abajo, esta modernidad capitalista se extiende por todos lados. Hay que ir a Irán, hay que ir a Marruecos, a Libia, a Túnez, donde la mayoría de las personas quieren vivir de otra manera.
E. A.: –Muchas veces se tiene envidia al vecino sin saber que el vecino no tiene tampoco potencia y capacidad. Volvemos a lo del principio: quizá la crisis no se expresa en la religiosidad, o al menos no se expresa de la misma manera en quienes tienen liderazgos religiosos, responsabilidades institucionales o, directamente, poder a través de la religión.
F. G. M.: –El cardenal Ratzinger ve muy claro esto en sus primeros libros. Quiso hacer hincapié en los dogmas y sostuvo que la dogmática tenía que ser una buena normativa para los cristianos. Yo creo que eso fue un error de perspectiva. Un error porque eso lo llevó a afianzarlo cuando fue cardenal pero que lo llevó después a decir “con esto no voy a ninguna parte”. Y la transformación de Joseph Ratzinger en Benedicto XVI ha sido extraordinaria, ha sido casi una conversión.
E. A.: –Pero entre los dogmas que debía seguir, Ratzinger tenía la obligación de ser Papa hasta la muerte.
F. M.: –¡Hasta que la muerte nos separe!
E. A.: –Es así. ¡Si al Papa lo eligen entre muy poquitos! Pero, ¿si hubiera roto algunos otros dogmas…? En esta renuncia hubo filtraciones que hablan abiertamente de grupos gay de poder, de corrupción… Cuando se rompe un eslabón, se corre el riesgo de que se abra una crisis mayor ¿O la sabiduría vaticana y el poder vaticano harán que esto pueda taparse, silenciarse, acallarse? Cuánto daría por poder entrar en esos momentos en los cuales una persona que está al frente del Vaticano tiene que tomar una decisión. ¿Con quién consulta, realmente habla con Dios?
F. M.: –Sí, Benedicto XVI dijo “Dios y mi conciencia individual”. A mí me pareció fantástico, que en el seno de ese modelo católico haya dicho yo consulto con Dios y con mi conciencia individual y tomé la decisión.
E. A.: –Pero rompió con la institución.
F. M.: –No tanto. Todos los obispos a los 75 años renuncian.
E. A.: –Salvo el obispo de Roma (N. de R.: El Papa es el obispo de Roma)
F.M.: –Salvo el obispo de Roma, ya que el Papa se quedó con ese cargo y ahora, qué interesante, el proceso de secularización llega hasta esa investidura. Tuvo que decir “me voy, no puedo seguir”. Y no puede seguir no por problemas físicos sino por problemas del proyecto que lleva adelante y que no va más. Y no va más porque hoy las sociedades se han hecho mucho más transparentes, se conocen. Apareció el Vatileaks… y todos los casos de pedofilia, que cuando Benedicto era Ratzinger decía: no se hagan problema, mandalo a otro lado, encarpetalo. Y también sus amigos, los legionarios de Cristo, que cuando rascaste un poco, aparecían vinculados al abuso sexual y la pedofilia. Obvio que los escándalos en el Vaticano son de toda la vida, no es nuevo, pero si vos ponés en tu banco a tus amigos –el Opus Dei– y son esos mismos tipos los hacen malversación de fondos, cuentas fraudulentas, dinero que va para un lado y para otro… Si a su vez decís: “Vamos a hacer un proyecto social y político”, que en el Vaticano existe y es de larga data, y ponés a quien termina hoy apoyando a Silvio Berlusconi, te pegás un tiro.
E. A.: –Ése es el resumen de la gestión Ratzinger en el Vaticano…
F. M.: –Obvio. Los casos de pedofilia se empiezan a hacer públicos en Argentina, en Birmania, en Francia, en Estados Unidos, aquellos eran secretos que alguien pensaba que iba a poder guardar para toda la vida.
R. D.: –Quiero reflexionar un poco sobre la importancia que tiene la renuncia. Porque no es lo mismo que si él hubiese decidido casarse o si hubiese roto con cualquier otra disposición que se considera dogmática. Porque la permanencia del Papa en su cargo tiene un sentido profundo, es el vicario de Dios, es alguien que entró en un ámbito superior, en la infalibilidad. Este Papa renuncia a la infalibilidad, a ese espacio superior y pasa a ser un mortal más. Me parece que tiene un significado muy profundo que lleva necesariamente a la Iglesia a la discusión de la democratización. Yo no quiero decir que con esto la Iglesia se va a democratizar, quiero decir que esta renuncia replantea precisamente esta monarquía absoluta. A mi modo de ver, es lo único bueno que hizo Benedicto XVI: renunciar. Creo que con esto le da a la Iglesia un beneficio, cuyas consecuencias habrá que ver.
E. A.: –Efectivamente están los escándalos, que revelan las crisis profundas, como los casos de pedofilia. Pero además hay problemas institucionales que derivan de nombrar a personas en ámbitos de máxima responsabilidad de Estado y le fallan. ¿No revela también cierta incapacidad? Y algo curioso interesante es que hubo críticas al Papa, pero también esa aceptación de “bueno, lo comprendemos”. De aquí en más, ¿el Papa seguirá siendo el vicario de dios?
F. G. B.: –Está el aspecto claramente profano, todos estos elementos en relación con la institución. Y está el otro, que le da realmente potencia y fuerza al hecho de la renuncia, que es el aspecto espiritual. Cuando él había dicho que no se sentía con el vigor suficiente de carácter físico, dijo también el de carácter espiritual. En realidad, el espíritu es el que da vida y, desde esta perspectiva –y ahí está San Juan–, la carne no sirve para nada, son las palabras evangélicas estrictas. La renuncia nos lleva de alguna forma a la conversión de los corazones. Y sobre esa base es posible el otro cambio. Yo no creo que Benedicto XVI haya sido un fracasado, él ha entendido claramente el doble sentido del misterio en la historia, el misterio de la presencia del bien a través de la caridad, y el misterio del mal.
R. D.: –Está bien, ésa es su interpretación…
F. G. B.: –Una interpretación que tiene que ver con las palabras de él…
R. D.: –No, cuando se tiene un proyecto realmente que camina, quien está al frente de ese proyecto no renuncia y tiene fuerza para seguir adelante. Benedicto XVI se siente cansado, sin fuerza, porque su proyecto de Iglesia –que significaba la destrucción de la Iglesia construida en el concilio Vaticano Segundo, esto expresado por Benedicto XVI en varias de sus obras, de sus intervenciones– siente que es un proyecto que no camina y por lo tanto se siente fracasado. Respecto de si es realmente una conversión, esto se lo dejo a Benedicto XVI; puede ser. Lo que me interesa en esta renuncia es lo que puede significar en este momento para la Iglesia. Y quien se creía que tenía que estar hasta el final porque era eterno, porque era infalible, ha descendido. Esto me parece muy importante.
F. G. B.: –Yo creo que ésa es una interpretación subjetiva que no tiene que ver con la figura y los conflictos que el mismo Benedicto XVI ha suscitado en la Iglesia.
E. A.: –Entremos en una cuestión de orden más política: los territorios y comunidades colonizados por imperios europeos que tomaron el catolicismo –y en el caso de América latina es clarísimo– se habían apropiado de esa religión. El Concilio Vaticano Segundo en Latinoamérica dio un Carlos Mujica, dio un Frei Betto. La pregunta es si hoy ese mundo católico, que evidentemente para todos los que lo miramos desde afuera es diverso, podrá convivir con este Vaticano.
F. M.: –Se lo puede analizar desde muchos puntos de vista. Intento verlo desde las ciencias sociales. Hay personas y estructuras, y no se puede dejar de reconocerse que existe esa estructura llamada Iglesia Católica, que a su vez es un Estado. Y que en las últimas décadas es la que más ha acaparado estados en el mundo. Hace 30 años, de América latina, en el Vaticano no estaba Cuba, no estaba México; tampoco estaba Rusia. El arzobispo de Milán, Carlo Martín, se muere y antes escribe que la Iglesia tiene 200 años de atraso, lo que nos retrotrae al Concilio Vaticano Primero. Todos los grupos, tarde o temprano, se quieren estructurar, quieren hacer memoria, quieren seguir teniendo sucesores, nombrando especialistas, sean profetas o sacerdotes. Si no no siguen; sólo la organización vence al tiempo. El problema de fondo es: ¿van a seguir con esa estructura, que es un Estado que tiene una serie de problemas fenomenales, de hace 200 años? Este arzobispo decía: o se elimina ya toda esta burocracia o nuestros templos van a seguir vacíos. En la Argentina, los colegios católicos son el 38%; ahora, ¿cuántos curas y cuántas monjas tenés que tener ahí? Él dice, son 200 años que nos hemos encerrado y hay que romperlo.
R. D.: Algo que no hay que dejar pasar: la renuncia de Benedicto XVI está conectada con la debacle del neoliberalismo, con la debacle europea. No olvidemos el compromiso que tuvieron tanto Juan Pablo II, cuando se implanta el neoliberalismo con Ronald Reagan, así como Benedicto XVI con George Bush hijo.
F. G. B.: –La renuncia de Benedicto XVI tiene fundamentalmente una importancia eclesial, y con esto me proyecto hasta los orígenes cristianos. A partir de este proyecto eclesial, que puede y debe dar transformaciones y cambios, deriva todo lo institucional. La renuncia de Benedicto es profundamente de inspiración espiritual. Es un acto de humildad, de valentía, de libertad e, insisto, es un acto de conversión.
E. A.: –Pero también es de desafío. Está desafiando un compromiso que asumió no sólo frente a sus creencias religiosas, sino ante una institución.
F. G. B.: –Exacto. Y que tiene sus etapas que hay que comprender. Unas son las etapas del profesor, otras las del cardenal y otras las del Papa.
F. M.: –Y otras son las del profeta, otras las del sacerdote y otras son las del burócrata.
F. G. B.: –No, no. No me refiero a eso.
F. M.: –Otra etapa es la de la religiosidad popular, otra de la religión instituida, y otra etapa es cuando se quiere expandir.
F. G. B.: –No, yo me refiero al personaje.
F. M.: –Pero fijate Francisco, con respecto al personaje, todo lo que dijo después de que renunció: “Acaben con las luchas internas”. Y yo le preguntaría: ¿Y vos qué fuiste, qué hiciste?
F. G. B.: –Pero eso ya estaba antes.
F. M.: –Yo entiendo que hay que tratarlo con delicadeza, pero también quiero tratarlo como sociólogo. Si hubiera sido cualquier otro personaje en cualquier otra institución, se diría: éste es corrupto, éste es un sátrapa, a éste hay que echarlo, está lleno de lobos, así no se puede seguir…Pero fue Papa ocho años. ¿No le pedimos verdad, transparencia, que nos digan quiénes son los que van a votar ahora? ¿Quiénes son los lobos? Nombres y apellidos. ¿No se puede hacer eso?
F. G. B.: –No. Porque eso funciona en las instituciones de carácter profano. En las de carácter religioso tenemos una ambigüedad, porque no es meramente obra de hombres.
R. D.: –Comprender a Benedicto XVI interiormente, a mí realmente no me interesa. Lo que sí me interesa es que se destruyó el proyecto de Iglesia del Concilio Vaticano Segundo. Y este proyecto de Iglesia ha fracasado. Benedicto XVI siente ese fracaso y renuncia. Y esto me parece muy importante. Después, si es una conversión interior suya, que eso lo vea él.
F. G. B.: –Pero esa conversión interior no implica exclusivamente al individuo, tiene un sentido colectivo, tiene un sentido para la Iglesia.
E. A.: –Acá se produjo una ruptura muy fuerte, porque si alguien toma el compromiso de asumir la jefatura de uno de los Estados más antiguos de la Tierra, y en algún momento lo rompe, para los que no formamos parte de esa comunidad religiosa o institucional, decimos: si se rompe esto, ¿cuántas otras cosas se pueden romper? Pasó con otros que no eran comunistas cuando un buen día el socialismo real dijo “esto no va más”. Yo no quiero comparar el derrumbe del socialismo real y la implosión de la Unión Soviética con esto que pasa en el Vaticano, pero me parece que en este siglo XXI se están terminando muchas cosas y esto es muy angustioso para un universo que vive en crisis de todo tipo, que no sabe ni en qué moneda va a seguir, no con qué energía va a seguir, ni cómo van a ser las religiones en este próximo tiempo.
R. D.: –Todos los electores del próximo Papa han sido elegidos por Juan Pablo II y por Benedicto XVI, por lo tanto se supone que el nuevo Papa va a seguir la misma línea. Coincido con Fortunato, pero creo que hay que introducir también otro análisis: qué es lo que pasa en el cuerpo de la Iglesia, en la Argentina, que son los curas que están en contacto con los sectores populares. La renuncia de Benedicto XVI pone a la Iglesia como pueblo, que es la verdadera Iglesia. Las contradicciones que hay en el seno de la Iglesia ahora se potencian. Esto es un beneficio de la renuncia. Se va a abrir el debate. Por eso, yo abriría una rendija para ver cómo estas discusiones pueden repercutir, incluso en los cardenales que van a elegir al Papa. Juan XXIII asumió en un momento donde nadie esperaba que asumiera; no digo que va a asumir un Juan XXIII, digo que a lo mejor algo puede surgir, pero en la medida en que el cuerpo de la Iglesia hoy entre en debate.
F. G. B.: –La Iglesia argentina es una Iglesia muy conservadora. Y no creo que esto vaya a producir ningún cambio importante en la jerarquía de la Iglesia argentina. Pero sí creo que en aquellos estamentos que tienen que ver con la vida propia de la Iglesia y con su espiritualidad hay un despertar para que puedan aparecer cambios. Yo insisto siempre en esto: la institución eclesiástica no es movida por los elementos profanos, debe ser movida por los elementos espirituales, y de ser posible, de mística y de santidad.
F. M.: –Mística y santidad nos hace falta a todos. Conservadora es lo menos que podemos decir de una Iglesia que fue cómplice de los campos de concentración, de la dictadura, de la desaparición de personas. El caso argentino la compromete de acá a cien años más, si no es capaz de preguntarse dónde estábamos cuando se torturaba, mataba. Eso no pasó sólo en Auschwitz, pasó acá, y acá cerquita. Y viene una pregunta mucho más compleja: ¿qué pasó con la experiencia de efervescencia de la década del ’60 y del ’70, en la Iglesia, en la sociedad y en aquellos que creían que se transformaba esto. Respecto del significado del Concilio Vaticano II fue respuesta al hombre burgués europeo que quería ciertas libertades individuales. Si había que hacer algo desde América latina, era responder desde las víctimas, los pobres, los olvidados. Esa respuesta fue cortada de cuajo por el actual catolicismo a nivel mundial. Ni Juan Pablo II ni los amigos franceses ni los amigos alemanes aceptaron todo lo que se llamó ese mundo de los pobres como corazón de una nueva teología que tenía algo que ver con el Concilio Vaticano II. Todos se pusieron de acuerdo con que había que eliminar esa doctrina, y así les fue a la mayoría de esos teólogos y a la mayoría de esas experiencias. Yo me tomé el trabajo de ver a qué obispos argentinos mandaron a aquel Concilio: eran unos reaccionarios de arriba abajo. Y hay que leer los documentos. Lo mismo con los documentos del encuentro de obispos de Medellín de 1968, donde dice que los militares son importantes para una transformación social, y también dice que los comunistas y los liberales son los enemigos.
Fuente:MiradasalSur