Compartimos el artículo publicado el domingo 29 de junio pasado por Miradas al Sur con un adelanto del libro Las religiosas desaparecidas, de Diana Viñoles, que próximamente podrá adquirirse en el Centro Nueva Tierra.

Alicia Ana María Juana Domon llegó de Francia en 1967 como integrante de la Congregación de las Sœurs des Missions Etrangères, dedicada a la atención de los más necesitados en distintos puntos de la Argentina y el mundo. En abril de 1977 se instaló en Buenos Aires, donde conoció la incesante búsqueda de madres y familiares de desaparecidos, causa que hizo suya hasta su secuestro el 8 de diciembre de 1977. Ese día, hacia las 20.30, un Grupo de Tareas de la Marina la detuvo cuando estaba saliendo de la Iglesia de la Santa Cruz y se sabe que fue trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada, donde fue víctima del terrorismo de Estado. (…) Reconstruir las acciones de Alice Domon en el marco de una biografía que dé cuenta de ellas desafía la investigación filosófica habitual. El discurso filosófico-biográfico intenta presentar el itinerario de las elecciones vitales y del proyecto existencial de una subjetividad que se coloca como responsable por el Otro y los otros en un ámbito de violencias constantes y eliminaciones genocidas.
En un recorrido lineal por los capítulos aparecen los espacios de Francia y Argentina habitados por los otros y las otras de Alice Domon. El interés latente en las páginas de esta historia fue la respuesta a la pregunta por la intención de la habitación, de la entrada o de la salida de los espacios. Así, en el primer capítulo, la casa familiar –en una zona de frontera del hexágono que conforma su país de origen– es el hogar de sus afectos más íntimos, pero el Doubs también fue una región de emigrantes por razones comerciales, religiosas o políticas, ya que las fronteras invitan a ser atravesadas. En el año del nacimiento de Domon, el pueblo de Charquemont expresa la vulnerabilidad del momento previo a la Segunda Guerra. El avance en la mímesis, esto es, del cuerpo narrado de Domon, condujo en el capítulo “Al Suroeste de Francia” con el comienzo de su proyecto de vida consagrada en Toulouse. La formación religiosa inicial fue una “preparación para”, con superposición de espacios: la clausura del noviciado y la amplitud de “mirada hacia” el lugar de misión. La práctica ascética del silencio del noviciado coincidía temporalmente con una historia de ocultamiento en Argentina, con el mandato de no hablar, no nombrar y ni siquiera sugerir simbólicamente el gobierno de Juan Domingo Perón y la figura de su esposa María Eva Duarte luego del derrocamiento. La filosofía, la inteligibilidad de la escritura narrativa y la metodología cualitativa que recoge testimonios pueden constituir maneras de desandar olvidos. El gran edificio de la casa religiosa (La Motte) que había ocultado partidarios de la France Libre, por un lado, y los destrozos de la Plaza de Mayo de Argentina, bombardeada en 1955, por otro, habían transcurrido contemporáneamente. En la narración se vuelve a descender ahora hacia los caídos de la Plaza y hacia los muertos de la resistencia francesa, con la esperanza de resucitar sentidos y palabras.
En el tercer capítulo, los crímenes aludidos en Pau, primer destino de la H. Caty (así llamada luego de su profesión religiosa), fueron los de la tortura, ya que en esa localidad también estuvo detenida Djamila Boupacha. La década de 1960 parecería poder lograr una redistribución de los espacios de poder y por eso fue revolucionaria. Si bien para la conciencia de Alice Domon, que va creciendo procesualmente, los cambios sólo se esbozaban por entonces a nivel eclesial, en la liturgia que permitía la lengua vernácula y el uso de la guitarra en las celebraciones eucarísticas.
“Cuando Caty cruza el océano para llegar a América del Sur”, el capítulo IV se inserta, a través de su trabajo junto a integrantes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, en una corriente de la naciente Teología de la Liberación. Los dos espacios de despliegue de su personalidad ya adulta son, principalmente, la villa de Lugano (capítulo V) y el ambiente rural de Perugorría (capítulo VI), ambos son para ella más que heterotopías, utopías paradojalmente situadas. Domon llega a Buenos Aires luego del golpe de Estado que derrocó al presidente Arturo Illia y desaparece en Argentina en medio del más cruento golpe, el que derrocó a Isabel Perón. En los diez años que separan uno de otro, el juego de espacios que puja por una distribución más igualitaria de los recursos indispensables para la vida, especialmente la tierra y el acceso al trabajo, alcanza configuraciones dramáticas. Literalmente se elimina a muchos, por la apropiación de recursos para unos pocos. De ello hablan los capítulos VII al X, referidos a Francia, Buenos Aires, la iglesia Santa Cruz y la ESMA.
En la plasmación de un compromiso para la totalidad de la existencia, Alice Domon encarnó una fórmula programática de su época –“la opción preferencial por los pobres”– transitada en su vida y en este trabajo como dialéctica descendente, que transcurre en leprosarios, campamentos con discapacitados de Morón, en la Villa 20 de Lugano, en los tabacales de Perugorría, en la liberación del vínculo institucional, en el trabajo con prostitutas, en las rondas de la Plaza de Mayo, en la sala de tortura de la ESMA, en el lugar no localizable de su desaparición física. Los cronotopos del camino, del campo y de la ciudad guiaron la trama para pensar y expresar esta biografía, para moldear e intentar sentidos en el relato. Los tiempos y los lugares de la trayectoria de la H. Caty han sido unidades de significación, para que lo concreto de la existencia se identifique con la narración filosófico-biográfica. Narración que ha sido una de las tantas posibles, ya que en esta exposición histórico-filosófica ha aparecido Alice Domon, pero también el valor biográfico (en lenguaje bajtiano) descubierto y asignado a la vez por quien la escribe.
“El que fue, no puede no haber sido”, repite Paul Ricoeur en La mémoire, l’ histoire, l’oubli. En este trabajo, se intentó dar un paso más, mediante la narración biográfica del itinerario existencial de Alice Domon: la que fue no puede haber desaparecido; aparece en los otros que la testimonian y en la sociedad que la proyecta. Se dijo en la introducción que se esperaba demostrar cómo el hablar de la identidad de una desaparecida puede ser un vector para llegar al colectivo de aquellos y aquellas que desaparecieron en la Argentina, porque la identidad nunca es singular. Los temas teóricos planteados a lo largo de los capítulos propiamente narrativos: entre otros, la noción de cronotopo, la relación entre sagrado y profano, la misión en la concepción certeauniana, la Teología de la Liberación, el exilio, la responsabilidad, la tortura, las desapariciones, los crímenes de lesa humanidad, el genocidio, y especialmente el amor social, exceden a un individuo singular, porque al tratarlos, lo particular deviene humano.
Para Alice Domon, que descubrió que los otros y las otras estaban en ella misma, no hay muerte sino ampliación de identidad. La identidad “perdida” de los desaparecidos no lo está totalmente, mientras alguien se incline hacia ellos, con un gesto biográfico, con la práctica política o, en suma, con el espacio y el tiempo vital concebidos como misterio compartido y poder que circula. La mímesis puede ampliarse desde el escritor a la sociedad toda, lo cual sería especialmente deseable en el proceso de duelo de los argentinos y las argentinas, innegablemente traumatizados con la faceta represiva y militarizada del capitalismo neoliberal devenido terrorismo de Estado.
Ver el tiempo en el espacio implica no considerar los lugares referidos como reliquias del pasado sino como germen, metamorfosis, figura de futuro, como sucede con el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada, hoy Espacio de Memoria y Defensa de los Derechos Humanos en Buenos Aires. La inserción de Alice Domon en los ambientes pobres que eligió para vivir su compromiso, por un lado, y la “infiltración” del marino entrenado para matar en el grupo de la Santa Cruz, por otro, son acciones deliberadas en las que el lugar es parte de lo efectuado. Ante la pregunta concerniente a la motivación para ingresar en el espacio de otros, se puede responder ahora: que es para compartir dicho espacio de modo que los otros amplíen el suyo, como en la inserción en medios populares. O, con distinto signo, para traer al otro al espacio propio y eliminarlo, como en el caso de la infiltración. Los procesos históricos de la Filosofía y la Teología de la Liberación, por un lado, y de la aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, por otro, se inscribieron en espacios determinados que no fueron simples marcos de los mismos sino paisajes-históricos.
El duro conocimiento de los hechos de la última dictadura cívico-militar que los argentinos nos hemos propuesto en los últimos años, en un marco de democracia, verdad y justicia, pone delante de los ojos del filósofo la deshumanización y la muerte, pero también la novedad que trae cada vida humana y la grandeza de lo aparentemente pequeño, como la vida de una “monja”. Una hermenéutica de algunos acontecimientos de la historia argentina durante la última dictadura cívico-militar, entendida como la lucha por la redistribución de los bienes que posibilitan el espacio de la vida, fue uno de los objetos de estudio de esta reflexión. Los poderes fácticos ocultan sus rostros en una microfísica del poder que se convierte en filigrana; compartimentan sus responsabilidades, para que sea muy difícil imputar a una voluntad particular, aquello que es una flagrante fábrica de muerte que conduce hacia una insensata acumulación. Se intentó aquí representar estéticamente la dialéctica humanidad-reificación, al comprender la existencia de personas humanas concretas que firmaron con sus nombres las acciones cotidianas de las que se hicieron responsables. Alice Domon, protagonista de esta biografía, muestra en ella un digno y valioso sujeto plural: los negros de alma blanca (como dice una famosa cumbia villera), el pueblo, el pobrerío, los descamisados, los marginados, entre otras denominaciones identitarias, cada una de ellas susceptible de mayores desarrollos. Esta biografía podría repensarse y volver a escribirse desde estas categorías y recogiendo en su marco teórico, en mayor medida, la fecundidad de la reflexión filosófica de nuestra América, la del Sur.
Además, se ha profundizado un ámbito que no está suficientemente estudiado en los espacios académicos: la vida religiosa femenina radicada en medios populares, comprendida desde ella misma y no a partir de categorías patriarcales. Este colectivo de mujeres “insertas entre los pobres”, mediante su praxis, permite acceder a personas no consideradas habitualmente como ciudadanos y ciudadanas. Las prácticas de las religiosas insertas fueron un desafío al control de lo divino que la Iglesia se había arrogado como posesión exclusiva durante muchos siglos. A partir de su libertad y responsabilidad, nacida de un compromiso religioso, estas integrantes de un espacio institucional mucho mayor, atravesaron y superaron el mismo. El espacio metafórico del jardín, soñado por Alice Domon desde Toulouse y ampliado, con la misión realizada, hasta las dimensiones de un parque de estilo francés, mostró que entre los empobrecidos y humillados se está en presencia de lo sagrado, sin necesidad de mayores mediaciones institucionales. En la práctica, esto constituyó un desafío a la iglesia como forma del catolicismo jerárquico, concebida como un único espacio vaticano que pretende ser replicado en distintos lugares del mundo.
Por otro lado, este libro ha tenido la intencionalidad de contribuir en algo al proceso de reconstrucción identitaria de la sociedad argentina “desaparecida” por el terrorismo de Estado y “apropiada”, en cierto sentido, como los hijos y las hijas de las madres secuestradas que dieron a luz en cautiverio. La escritura, que hace hablar a los muertos, posibilita también la “restitución” de identidades. Las múltiples voces de esta biografía son procesos de memoria colectiva en la que los muertos ya no lo son. En el presente ejercicio narrativo, los sitios habitados por la H. Caty han devenido “lugares de memoria”. De este modo, el genocidio no se consuma totalmente, porque los desaparecidos, en cierto sentido, aparecen.
Es posible leer en los cronotopos (como indica Bajtin) las ideas más complejas de los hombres y las mujeres, de las generaciones, de las épocas, de las naciones, de los pueblos. El ojo del filósofo o la filósofa no podrá, entonces, dejar de ver otros espacios-tiempo del presente y del futuro, además de los aludidos en este texto como memoria histórica y social. Éstos son cronotopos de esperanza. Entre los diversos posibles, se señalan dos que pertenecen al presente: la práctica política juvenil y las nuevas familias de los nietos restituidos por la tarea de las Abuelas de Plaza de Mayo. En cuanto al primero, el derecho a la vida humana ampliado en una concepción solidaria de la misma, vuelve a ser tematizado en las clases de filosofía, en las prácticas educativas y en la militancia política, con lo que el punto de mira se desplaza desde el ayer hasta un presente-futuro con fuerte convicción para no dejarse fácilmente disciplinar en espacios subordinados. El diálogo, la reflexión y la crítica estuvieron presentes desde los comienzos de la academia y de la praxis filosófica. Es sabido que para Aristóteles, la educación consistía en la formación de buenos ciudadanos. El ser humano es más que un ser social, es un ser político, zoon politikón. La violencia de la apolítica es deshumanización reificante. El segundo cronotopo está conformado por padres y madres que, al recuperar su origen y su propio nombre y apellido, impiden que la tercera generación sufra los efectos de la desaparición. Ya los hijos apropiados de desaparecidos, hoy recuperados, han entretejido tramas que ponen a la luz pública la complejidad de identidades que no son sólo particulares ni privadas –no son sólo las familias directamente implicadas las que “reciben” a cada nieto restituido–. En sus historias, ellos y ellas reconstruyen los aspectos desaparecidos de la identidad social del espacio argentino. Una palabra puesta en circulación por el dictador Videla y retomada por las Madres de Plaza de Mayo (“desaparecido”) se ha convertido en estas líneas en un espacio susceptible de ser transcrito en un texto. Los desaparecidos no son muertos, sino espacios que dan cuenta de lo real y, para la Argentina actual, sobreviven en lugares de memoria colectiva. En cuanto a Alice Domon, otra vez, un gran agradecimiento para ella, tejido con voces que vienen desde Morón, Lugano, Corrientes, Buenos Aires y que, coralmente, celebran el espacio y el tiempo compartidos.

*Las religiosas francesas desaparecidas: Biografía de Alice Domon (1937–1977), editado por Patria Grande, está basado en la tesis doctoral Espacio–tiempo en la existencia de Alice Domon (1937–1977): Una biografía filosófica, Facultad de Filosofía y Letras (UBA), 2013, dirigida por Alcira B. Bonilla (UBA) y Pierre–Antoine Fabre (EHSS, París).