«No se trata, mi amigo, de un problema religioso. Es socioeconómico y político», decía el obispo Enrique Angelelli a un periodista de Revista Esquiú Color que lo entrevistaba en 1973. El motivo del reportaje: conflictos en Anillaco, La Rioja, generados por las acciones del obispado entre los más humildes. Las palabras de Angelelli no eran una finta, asumían las cosas.

Por su trabajo pastoral y sus opciones se ganó impugnadores y enemigos. Muchos de ellos con saña. Comprendía el riesgo de poner siempre las cartas sobre la mesa. «No vengo con un mazo bajo la manga», dijo en otra entrevista, de las muchas que le hacían. Algunos periodistas, desorientados: acostrubrandos a que las figuras de la Iglesia Católica se manejaran preferencialmente con el secreto y se desmarcaran de las cuestiones terrenales.

Por ahí iba la conocida provocación de Angelelli: «no tengan miedo a meterse en el barro». El barro de la historia, del tiempo, de las propias vidas, de lo real. Las contradicciones de la lucha por el bien común, donde no hay pureza ni milagros. Orlando Yorio -compañero, miembro y referente del Centro Nueva Tierra que recordamos este 9 agosto a 12 años de su muerte- se refería en esos términos al martirio de Enrique Angelelli.

Para Orlando, los mártires eran fuentes presentes de testimonio de vida y proyecto. En un Seminario de Formación Teológica en La Rioja, un caluroso verano, habló de Angelelli con pasión, reconociendo en su huella la invitación a jugarse por los más pobres y a asumir el corazón político, conflictivo, de esa decisión. Lo decía más o menos así: Cuando el barro es más crudo e incierto, «estamos siendo protagonistas de algo nuevo».

-¿No hay, entonces, conflicto religioso?-Insistía el periodista a Monseñor Angelelli.

-En absoluto -afirmaba el obispo riojano-. Salvo que quiera vérselo entre quienes amamos evangélicamente a los pobres… y quienes no lo hacen.