Algo en común: reflexiones en torno al cum de la comunidad (sobre el pensamiento de Roberto Esposito)

(Fragmento)

¿Qué es lo que tenemos en común? La respuesta de Esposito nos suena casi inconcebible: nada. Y es exactamente esta nada lo que se comparte en la comunidad. Pero para entender lo que esta nada significa quizás podamos pensarla en los términos en que Nancy la describe en el prefacio de Communitas: “ninguna sustancia, ningún en-sí-para-sí” (Esposito, 2003, 17), es antes bien el lugar mismo de reunión “la circulación de la proximidad en su alejamiento propio, y del alejamiento en su proximidad”, (Esposito, 2003, 17). La communitas viene a significar entonces este espacio de unión primitiva, el Mitsein que es mit-da-sein, donde “da” sería exactamente el munus mismo de la comunidad, lo compartido por sus miembros: “El ser-en-común más allá del ser pensado como identidad, como estado y como sujeto, el ser-en-común que afecta al ser mismo en lo más profundo de su textura ontológica: ésta fue la tarea que se puso en evidencia.”,
(Nancy en Esposito, 2003, 12) Quizás podemos hablar de “lo abierto” o de la apertura misma, para continuar con la herencia heideggeriana señalada, un lugar dispuesto que es el compartir mismo, lo común de todos sus miembros. Pero en cualquiera de las caracterizaciones, siempre deberá tenerse en cuenta como una condición extática, como el vacío mismo del subjectum, como el abismo de nuestra finitud compartida, (Esposito, 2003, 153, 155).

La comunidad entonces no es una propiedad de los sujetos sino antes bien la experiencia misma de la des-apropiación. Y en este sentido, es interesante ver la originalidad del pensamiento de este autor; ya que, contra esta tesis, uno podría pensar que, frente a la crisis de la modernidad y de categorías como la de sujeto, la comunidad quizás podría brindar la chance de retornar a un principio unificador, identitario, frente a la pérdida de un sujeto autosuficiente. Sin embargo, contra la posibilidad de mentar la comunidad como la institución de una subjetividad más basta (Esposito, 2003, 22), a partir de una propiedad en común que nos reúne y hace participar de una identidad desde siempre propia (arché) o a alcanzar (telos) (Esposito, 2003, 23), la communitas viene a representar lo que no es propio, lo que es común siendo no-propio. El reverso de esta nada sustancial es entonces el deber: “Por lo tanto, communitas, es el conjunto de personas a las que une, no una “propiedad” sino justamente un deber o una deuda”, (Esposito, 2003, 29). El punto de partida de esta condición es justamente la aceptación de la no-propiedad de uno mismo.

En la medida en que uno es siempre ser-con y no existe la posibilidad de deslindar dicha alteridad de la propia mismidad, no resulta tampoco posible mentar la propiedad de la propia subjetividad. ¿Pero por qué hablar de una deuda? Porque la existencia desde siempre comunitaria instaura entonces una obligación con el otro. Siendo el munus compartido el don mismo, Esposito señala que “don” y “deber” pertenecen a una misma semántica en tanto que el deber representaría el contra-don: “Un tono de deber tan neto que modifica, y hasta interrumpe, la biunivocidad del vínculo entre donador y donatario: aunque generado por un beneficio precedentemente, el munus indica sólo el don que se da, no el que se recibe. Se proyecta por completo en el acto transitivo del dar”, (Esposito, 2003, 28).

De esta manera, el munus de esta comunidad, este cum-munus comporta un doble aspecto: por un lado, es el don que se da porque se debe dar, es un tributo que se paga obligatoriamente. Por otra parte, esta obligación, lejos de representar una ganancia, una adquisición, constituye una pérdida. El munus es la obligación que se ha contraído con el otro, (Esposito, 2003, 28). ¿Y quién es este otro que desde siempre es con-migo?: la alteridad se presenta como un espacio que habita la propia subjetividad y que no puede distinguirse clara y distintamente de ella (y, en este sentido, toda caracterización del otro representaría un mecanismo de des-alterización). Frente a las opciones clásicas de un otro como alter-ego7, de origen moderno aunque permaneciendo en autores neokantianos como Habermas y otros; y el otro como un Otro radical (desde una perspectiva levinasiana8), la presencia del otro, se presenta en la forma de la asedia: una presencia que no es un mero existir (quizás la Vorhandene heideggeriana) sino un habitar no-identificable, no deslindable de mi propia subjetividad. Volviendo entonces al cum de esta comunidad, podemos ahora resumir sus dos caracteres a partir de dos elementos principales: la pura carencia, la falta y, por otra parte, la deuda, la carga, que nos reduce a una situación determinada: la de no ser dueños de nosotros mismos. La otra cara del ser-con no es el individuo sino la expropiación. Y esta expropiación no es de cualquier propiedad sino justamente o fundamentalmente de su presunta propiedad básica o inicial: su subjetividad. Siendo de este modo la comunidad el compartir de una carencia, este compartir puede ser caracterizado como la desapropiación común que no se recompone en una propiedad o unidad superior: “En la comunidad, los sujetos no hallan un principio de identificación, ni tampoco un recinto aséptico (…) en cuyo interior se establezca una comunicación transparente o cuando menos el contenido a comunicar. No encuentran sino ese vacío, la distancia, ese extrañamiento que los hace ausentes de sí mismos: ‘donantes a’, en tanto ellos mismos ‘donados por’, (Esposito, 2003, 31). Lo que nos une en este cum nos revela al mismo tiempo, como sujetos desapropiados que se ven en la imposibilidad en forma definitiva y plena de realizar una reapropiación derivada. Los miembros de ella están desde siempre des-apropiados. Por lo tanto, la propiedad es una situación posterior e indeficiente. Y esta imposibilidad de perpetuar una apropiación se da justamente por el sello de su origen, a saber, esta nada originaria: “Conjunto de personas unidas no por un “más”, sino por un “menos”, una falta.”, (Esposito, 2003, 29). Lo otro no es algo exterior, -aun manteniendo las antiguas categorías y la chance de hablar de un adentro o afuera -sino que yo soy afuera y otro-: lo trascendente que no es reabsorbible en una interioridad, ni deslindable de la otredad. De esta manera, la deuda inicial con todo otro, que no puede ser saldada de una vez y para siempre, es la deuda que me constituye. Deuda y carencia reúnen entonces el munus que me encuentra con el otro, el munus que es el cum de la comunidad.

Gabriela Balcarce

 

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25 de mayo 1810-2015