El primer trabajador en la tradición judeocristiana es, nada más y nada menos, el mismo Dios. La metáfora peronista cuadra perfectamente con la imagen de Dios que nos ofrece el Génesis, primer libro de la Biblia: “Y dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera” (Gen 2, 7). Es decir, lisa y llanamente, Dios concluyó su “laburo”.

El tema del trabajo no es ajeno a la teología cristiana. La imagen del Dios-trabajador desactiva las típicas imágenes “teístas”, que tienden a poner a Dios siempre por encima de la actividad humana. Las representaciones clásicas del teísmo muestran a un Dios más bien ocioso, para quien el trabajo es una suerte de impureza metafísica, vinculada con una de las cuestiones medulares de la vida humana: su deber de reproducirse desde los niveles materiales más básicos para poder prolongar su existencia. El Dios del teísmo tiene garantizada su existencia por eterno e inmutable. ¿Para qué debería trabajar entonces?

Pero Dios aparece en la Biblia como el “primer trabajador”. Tan importantes han sido las primeras páginas del Génesis y la semana laboral de Dios, que se las ha trasladado a la secuencia de nuestros ritmos de trabajo en Occidente. La metáfora del trabajo/trabajador se aplica de modo significativo al mismo Dios de la revelación bíblica.

Esta lectura exige deconstruir una imagen deformada de la realidad del trabajo que se ha trasladado en el imaginario cristiano a través de los siglos y que proviene de una comprensión miope del Génesis: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste sacado” (Gen 4, 19). Frase que se ha interpretado como si el trabajo en sí mismo fuera un castigo divino, algo que hay que realizar porque “no queda otra”. La sentencia bíblica es dura, pero corresponde a la realidad que se le presenta al hombre luego de que se introduce en la historia la dinámica opresora del pecado. Antes del episodio de la transgresión, la invitación de Dios al trabajo se expresa en términos positivos como invitación a “cultivar y cuidar” (Gen 2, 15) la tierra.

Por eso el trabajo es una bendición, es el bien que Dios le da al ser humano para la construcción de su historia. La dinámica histórica del pecado no produce trabajo, sino formas de trabajo alienadas por la opresión que es consecuencia de la injusticia. Esto lo vemos claramente en uno de los últimos libros de la Biblia, la Carta de Santiago: “Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo” (Sant 5, 4). Tan escandalosa es la injusticia de la explotación laboral que el mismo salario clama junto a los cosechadores.

El trabajo es, probablemente, la realización más concreta de la esperanza. La tradición peronista en Argentina vincula trabajo y esperanza en la figura de los trabajadores al decir que los “hombres que vienen del trabajo son la esperanza más cara de la Patria”. La esperanza tiene un objeto, un horizonte. El evangelio de Jesús ensancha ese horizonte hasta la vida eterna. Durante muchos siglos la teología de la esperanza cristiana ha sido –y es– una teología de la vida después de la muerte. Sin embargo, así como la esperanza tiene horizontes anchos, también los necesita cercanos, concretos, para continuar el día a día, para la (re)producción material de la existencia. El trabajo es la mediación por la cual la esperanza logra su cometido en estos niveles fundamentales. Sin trabajo, la esperanza decae, el corazón afloja, el aliento se va perdiendo. El trabajo ensancha la esperaza desde la cercanía de la acción. Al mismo tiempo, la esperanza pulsante desencadena la imaginación creadora, las apuestas, los sueños y proyectos.