Por: Marta Dillon, en Página/12

Otra vez, por cuarta vez, volvimos a tomar la calle. Otra vez, por cuarta vez, con la fuerza de una marea, un desmadre que inunda el lecho por el que las aguas se conducen y se desbordan, llenando las grietas, los huecos,  los accidentes, las diferencias que a veces parecen abismos pero ahora no. Porque ahora éramos todas, las madres, las que no quieren serlo, las jóvenes y las viejas, las que llegaron con sus amigas, las que llegaron con sus compañeras de organización, las que habían discutido dentro de sus sindicatos, las sindicalistas que habían llamado al paro, las que fueron empujadas por las bases, las que se creen buenas, las que tienen orgullo de ser malas, las que venían por primera vez, las que temían que la fiesta no se fuera a repetir, las que convirtieron el duelo por las que nos faltan en un evento de resistencia vital, rebelde, memoriosa. Tuvimos conciencia de estar caminando sobre huellas, sobre esas que dejaron los pies pequeños de Nora Cortiñas, la Madre de Plaza de Mayo que cerró el acto reclamando que “nunca más nos invisibilicen”. Nunca Más, sí, Nunca Más, esa declaración popular por los Derechos Humanos, la que cierra como en un círculo perfecto todo lo que condenamos, lo que despreciamos, lo que nos obliga a un deber de Justicia siempre perseguida en ese mismo trayecto que recorrimos ayer, las mujeres de todos los colores, las mujeres de las muchas lenguas, en diálogo con geografías lejanas, en una complicidad insólita por su transversalidad, por su decisión, por su persistencia. No es la primera vez, es la cuarta, y cada vez se creyó que tal vez no sería igual, que faltarían las autoconvocadas, que la calle estaba exhausta después de dos marchas multitudinarias. Pero volvimos a hacerla, volvimos a poner en el espacio abierto una idea de cobijo, una encuentro con una comunidad de la que es posible formar parte, capaz de derrumbar la casa del amo, aunque quede a la intemperie, aunque no sepa todavía cabalmente cuál es su morada, esa en la que la organización patriarcal no tenga sitio ni aun agazapado, enmascarado en ese “yo te apoyo”, “yo te cuido los nenes”, “yo te saco la basura”. A tantos niveles estimula y conmueve lo que ayer hicimos juntas que provoca tanto a la risa como a esa emoción que mezcla las lágrimas con la marea en la que todas nos hamacamos, nos dejamos acunar, consolar, nos dejamos insuflar más rebeldía. “Nosotras pusimos fecha, la puta que te paró”, se cantó con una vibración que movía nervios internos, contestatarios, por tantas veces que nos dijeron putas, por tantas veces que temimos que nos dijeran putas. Nosotras nos arrogamos el desafío a esa estructura jerárquica y masculina, o mejor, patriarcal, que el martes mismo había sido desafiada y que ayer fue directamente provocada, porque no habían querido vernos, porque creyeron que la política era su monopolio igual que reclamaron hasta último momento la propiedad privada de la herramienta del paro. Nosotras sí paramos, del brazo, llorando en muchos casos, muertas de risa en otros, celebrando nuestros cuerpos, nuestras trayectorias vitales, nuestros territorios diversos, heterogéneos, nuestras convicciones políticas o estrategias que supimos aplazar para encontrar los acuerdos comunes. Parar, sí, parar, en muchas lenguas, con los cientos de colores de la piel de este pueblo que excede las fronteras nacionales, que se hace latinoamericano y dialoga con Europa y con Asia y con América del Norte. Parar para tomar conciencia, parar para decir basta, parar para defender nuestras muchas corporalidad, nuestras formas de amar, nuestras formas de diseñar el mundo en el que queremos vivir, de asomarnos al abismo que aunque ahora estuvo cubierto por la marea de nuestros cuerpos, sabemos que está ahí, con toda la incertidumbre que da el vacío, animándonos al riesgo de no saber cómo es esa casa en la que no vive un amo sino que habita nuestra complicidad feminista, rebelde, amorosa, emocionada. Debemos ser tantas ahora mismo, en este  instante que es ayer para quien lee, pero que se hace eterno de saber que hay cientos, miles de palabras tratando de dar cuenta de esta marea que desborda al mundo, que nos permite diseñar utopías, que moja nuestras emociones y no nos deja volver a casa iguales, ni al trabajo ni a circular por el espacio público. Otra vez, por cuarta vez, la calle fue nuestra y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven, como decía el canto que más se repitió, ya no podrán ocultarnos detrás de un incidente que no hablan de nosotras sino de las operaciones que se intentan para disciplinarnos, sin suerte. Porque esta tenacidad en derrumbar el sistema de opresión que es el patriarcado, una palabra que se democratizó al ritmo acelerado en que tomamos las calles, esa tenacidad es nuestra fuerza, nuestra revolución sensible, la mejor forma de oponernos a la mercantilización de nuestras emociones que nos propone el neoliberalismo, que ya no nos convencen, que no ocultan la injusticia, ni el hambre al que nos someten, que no entienden de sinceramientos, porque la única sinceridad que está puesta en la calle, en esta fiesta a cielo abierto, en este cobijo colectivo en la manada feminista es el deseo de un mundo otro, el que nos mueve, el que propone que otra vez, la próxima vez, volveremos a ser cientos de miles, millones si nos contamos en cada rincón del mundo donde se paró y se marchó, hasta que se cumpla nuestra promesa: el patriarcado va a caer. Y entonces demos juntas el siguiente paso, el que inaugure la huella fresca por la que andaremos en esta forma otra de ser comunidad, de dar y de recibir, de hacer verdad de una vez la utopía feminista en la que todos los cuerpos cuenten.

Escribo y el cielo se cae a pedazos, no puedo dejar de anotarlo, no sólo la tierra tembló, el cielo también se estremece ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven.

 

Fotos: Centro Nueva Tierra

 

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