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Celebrar la beatificación de Oscar Romero es celebrar su plena convicción de creer y encarnar el Evangelio de Jesús. Su indiscutida pertenencia al proyecto del Reino lo hicieron parte de las mismas alegrías, luchas, conquistas y suerte, que su Maestro, su vida y su muerte lo declaran. Para América Latina y el Caribe, Oscar Romero fue, en vida, un profeta y, después de ser asesinado, un mártir. Desde este continente nunca se dudó de la valentía de su vida y de las feroces causas e intereses para acallarlo. ¿Por qué entonces es una buena noticia su beatificación? En verdad, la alegría y celebración es que el Papa Francisco haya decidido hacer este reconocimiento público y eclesial al compromiso social y pastoral de Monseñor Romero, y a su lucha contra la injusticia y desigualdad de su pueblo: El Salvador. Según la raíz hebrea YS´ (salvar) tiene que ver con “ser espacioso, ser amplio”, lo contrario de ser estrecho, oprimir. Salvar equivale a “llevar a un lugar espacioso”: si alguien, si el pueblo está afligido, acorralado y encuentra un interlocutor, una abertura, una brecha, ahí mismo experimenta la acción salvadora de Dios: “Respóndeme cuando te invoco, oh Dios, mi salvador, tú que en el aprieto me diste anchura” (Sal 4,2), Romero entendió esta lógica de amor, de compasión y de compromiso de Dios con su pueblo y se sumó con toda la fuerza de su vida fiel. Desde esta mirada, la beatificación de Oscar Romero es una señal clara y contundente que confirma el caminar profético de la Iglesia pueblo en el Continente, y una invitación a seguir haciendo suyos los sueños de liberación de los pobres y excluidos, para quienes el 4 testimonio martirial y el grito de justicia sigue siendo práctica y promesa. Y junto a Romero hay una nube de testigos: las monjas Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kazel y la misionera laica Jean Donovan, todas ellas de El Salvador; Carlos Mugica, Alice y Leonie, Wenceslao, Carlos y Gabriel; Monseñor Angelelli, los cinco Palotinos, Ignacio Ellacuria; Dorothy Stang, y podríamos seguir… Todos ellos y todas ellas mártires por confesar la fe hecha práctica de justicia, defensa de los derechos humanos, solidaridad y compasión. Muchas de las opciones que hoy apreciamos y valoramos como pasos y acciones concretas de justicia y dignidad, son las que heredamos de estos hombres y mujeres con espíritu y compromiso, y son las mismas que hoy nos desafían y tensionan como sociedad, como pueblos y como cristianos de la Patria Grande Por todo lo que queda por hacer, con la palabra clara y el tono decidido; el compromiso urgente sigue latiendo, don Romero de Amé- rica, mientras va resucitando en opciones valientes, en proyectos inclusivos, en sueños emancipadores, en horizontes anchos donde nadie quede afuera.

Susana Ramos Equipo

CNT

http://www.nuevatierra.org.ar/wp-content/uploads/dossier-romero.pdf

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